En algún rincón de Sudamérica, donde el calor pegaba distinto y los nombres se olvidaban con facilidad, Lucía Vásquez bebía ron blanco con hielo desde un vaso fino que no era suyo. Estaba recostada en un sillón de hotel cinco estrellas, con el cabello teñido de rojo y gafas oscuras cubriéndole la mirada de loba. Habían pasado ya cuatro meses desde que desapareció con los cinco millones de pesos. Parte del dinero lo usó para desaparecer. El resto, tres millones, se los dio a Espanto para un encargo fatal: matar a Cristóbal Ferrer. Pero el plan no salió como ella esperaba. Cristóbal no murió. Al menos no de inmediato. Y ahora Espanto también está desaparecido. Lucía creyó que estaba a salvo. Que su nuevo nombre, su nueva cara y su nueva vida la protegerían. Pero lo que no sabía era que

