Escena 1: El Capo se entera
Lugar: Un almacén abandonado en las afueras de Santiago. De noche. Huele a pólvora y sudor seco. El Capo, con sus anillos de oro y mirada que corta como navaja, está frente al cuerpo moribundo de Sombra, que tiembla entre los brazos de sus hombres.
El Capo no era de los que perdonaban. Su voz era baja, pausada… pero cada palabra suya valía una bala.
—¿Quién te compró la mercancía que te trajo Cristóbal Ferrer? —preguntó, mientras se limpiaba los dedos con una servilleta de lino, como si no estuviera frente a un muerto en vida.
Sombra escupió sangre y bajó la cabeza. El miedo le colgaba del alma como una soga al cuello.
—un contacto mio... —murmuró—. . Me llamó desde un número privado. Dijo que Cristóbal no volvería a joder a nadie. Me vendió todo… y se largó.
Los hombres del Capo se miraron entre ellos. Uno de ellos le dio un golpe en el pecho para que soltara más, pero el tipo ya no podía hablar. Solo alcanzó a soltar un hilo de voz:
—Pagó en efectivo… con tu plata… Capo… fue ella.
Un disparo seco puso punto final a la confesión.
El Capo se quedó inmóvil unos segundos, mirando la sangre chorrear.
—Lucía… maldita zorra —dijo, casi con una sonrisa torcida—. Me robaste ocho millones y encima creíste que podías desaparecer así como así.
Encendió un habano, y con la primera bocanada dictó sentencia:
—¡La quiero viva! ¡Quiero que sienta el mismo miedo que yo le meto a medio país! ¡Búsquenla! No importa dónde esté. Esa mujer tiene mis malditos billetes… y mi nombre en la boca.
Uno de sus hombres, Javier, levantó la mirada.
—Dicen que está en Centroamérica… moviéndose como gringa con apellido falso.
—Entonces que se prepare —respondió El Capo—. Porque aunque se esconda en el fin del mundo… yo la voy a encontrar.
Me dejé caer en la cama de metal, los ojos fijos en el techo agrietado. La noche avanzaba, pero el sueño no llegaba. Las preguntas giraban en mi cabeza como un torbellino. Cristóbal, Lucía, el cuchillo, Pilar. Todo encajaba, pero nada tenía sentido.
Pilar. Su nombre resu sonaba en mi mente. Una mujer que no pedía confianza, sino que la exigía. Que no prometía salvación, sino justicia. ¿Podía permitirme creer en ella? ¿O sería otra traición, otra caída más profunda?
Me giré de lado, mirando la pared blanca, desnuda. No, no era su perfume lo que me inquietaba. Era su mirada. Esa mirada que parecía ver más allá de mis mentiras, de mis defectos, de mi pasado. Y si alguien podía ver eso, tal vez también podía ver la verdad.
Cer los ojos, intentando dejar de pensar. Pero la imagen de Lucía se coló, como siempre. Su sonrisa, su risa, su traición. ¿Qué me había gritado esa noche? ¿Qué había dicho antes de que todo se viniera abajo? Me dolía no poder recordarlo, como si el deseo de olvidar fuera más fuerte que mi necesidad de saber.
El viento golpeó la ventana, trayendo consigo el eco de voces lejanas. Voces que hablaban de mí, de "El Diablo". Pero yo ya no era el hombre que habían encerrado. Algo había cambiado. Algo pequeño, casi imperceptible, pero real.
Mañana sería otro día. Mañana Pilar volvería. Y esta vez, estaría listo. Listo para enfrentar la verdad, sin importar cuán oscura fuera. Porque si alguien quería jugar conmigo, estaba a punto de descubrir que el Diablo no perdona.
Y yo, aunque no lo admitiera, sabía que Pilar era mi única oportunidad. Mi último hilo de esperanza. Y por ella, estaba dispuesto a arriesgarlo todo. Incluso si eso significaba creer, aunque fuera por un instante.