Capítulo 24: El Eco del Vacío

1307 Words
El Reino de los Espíritus comenzó a disolverse tras nosotros como un sueño que se desmorona al despertar, dejando paso a la densa y embriagadora atmósfera de las tierras fronterizas del Reino de las Hadas. Sin embargo, para Kaelin, el mundo ya no tenía contornos definidos. La absorción de la cuarta estrella, la del Alma, había dejado su cuerpo físico como una cáscara vacía, drenada de cada gota de energía vital. Sus pies, que antes golpeaban el suelo con la fuerza de una depredadora, ahora arrastraban su peso. El brillo de sus ojos se había vuelto opaco, una neblina plateada que cubría sus iris dorados; No pasó mucho tiempo antes de que sus rodillas cedieran. Antes de que tocara el suelo, dos pares de manos poderosas la sujetaron con una sincronización nacida de la agonía compartida. —Te tengo, pequeña loba —susurró Sebastián, su voz cargada de una ronquera inusual. Sin mediar palabra, Júpiter y Sebastián establecieron un sistema de turnos. Mientras uno caminaba con la guardia en alto, el otro cargaba a Kaelin contra su pecho, sintiendo el calor errático que emanaba de su piel traslúcida. Era un peso que no les molestaba físicamente, pero que aplastaba sus espíritus. Sebastián, cargándola ahora, miró de reojo a Júpiter. Durante mucho tiempo, el Lobo de Sangr* había juzgado en silencio la melancolía de su hermano, esa sombra perpetua que Júpiter cargaba desde la muerte de Lyra. Sebastián siempre había creído que el dolor era algo que se podía morder, desgarrar y escupir. Pero ahora, con el cuerpo de Kaelin vibrando débilmente contra su corazón, lo entendió. Entendió que el verdadero dolor no es la herida, sino el silencio que queda cuando la luz se apaga. Por primera vez, el alma de Sebastián se inclinó ante la de Júpiter en una comprensión muda y sangrienta: el miedo a perder a Kaelin era una forma de muerte en vida. A unos metros, la comitiva de reyes avanzaba en un silencio tenso. Elowen, el Rey Blanco, se detuvo un momento, frotándose el centro del pecho con una expresión de desconcierto que rozaba la angustia. —Hay una nota discordante en el éter —murmuró Elowen, su sabiduría milenaria mostrándose insuficiente para explicar su malestar—. Siento un dejo de dolor punzante, una pérdida que no me pertenece. Yo soy eterno, soy el equilibrio... no tendría por qué sentir este vacío. Valerius, Caspian y Dracon se acercaron, formando un semicírculo de poder y confusión. —No eres el único, elfo —dijo Valerius, su palidez de vampiro acentuada por una sombra de humanidad que detestaba—. Mi sangre, que suele ser hielo, ardió con un lamento cuando ella tomó la estrella. Caspian, cuyos ojos no se despegaban de la figura inerte de Kaelin en brazos de Sebastián, asintió con gravedad. El Rey Tritón sentía una atracción física que lo empujaba hacia ella, una necesidad de protegerla que desafiaba su propia lógica. —Sentí como si el océano mismo se secara por un segundo —confesó Caspian—. Una sed que no se apaga con agua. ¿Qué es ella realmente para que su dolor nos alcance a todos? Sebastián no levantó la vista. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de estallar. —Es el vínculo —dijo con voz cortante—. Pero también es la maldición. La estación de la ceguera nasal está por terminar. Pronto, el invierno de los sentidos reclamará otra parte de nosotros, y con el cambio, el temor de que nuestras bestias nos dominen es inherente. El ambiente se volvió aún más pesado. Júpiter tomó el relevo, cargando a Kaelin. Sintió a Fenrir, su lobo Huargo, arañando las paredes de su conciencia. Fenrir y Asura, el lobo de sangre de Sebastián, estaban actuando de forma errática, puramente instintiva. Ya no sabían cómo interactuar con Galatéa, la loba interior de Kaelin. Sentían a su pareja más fuerte que nunca gracias a las cuatro estrellas, pero paradójicamente, la sentían más frágil, como un cristal fino que se rompería con el rugido más leve. —Posee cuatro estrellas —susurró Júpiter, besando la sien de Kaelin—. Y cada una la aleja un poco más de lo que conocíamos. Mi temor no es que el mundo se termine, Sebastián. Mi temor es que, al salvarlo, ella se convierta en algo tan divino que ya no pueda encontrarnos en la oscuridad. El tiempo se les escapaba entre los dedos. El camino hacia el reino de las hadas era un sendero de incertidumbre, donde el amor y el deber se retorcían en un nudo que amenazaba con asfixiarlos a todos. Kaelin despertó con la sensación de que el suelo se movía bajo ella. Sus ojos se abrieron con lentitud, esperando encontrar el pecho firme de Júpiter o el aroma metálico de Sebastián. Esperaba el calor del grupo, las discusiones de los reyes, la neblina plateada. Pero no había nada de eso. Se incorporó con dificultad, sintiendo sus extremidades pesadas como el plomo; No estaba en el sendero hacia el reino de las hadas. Se encontraba en una cámara vasta y circular, rodeada de cristales gigantescos que brotaban del suelo y el techo en tonos verdosos y azules eléctricos. La luz que emanaba de las piedras era fría, proyectando sombras largas que bailaban en las paredes de roca pulida. —¿Júpiter? —llamó ella, su voz apenas un susurro que rebotó infinitas veces contra los cristales—. ¿Sebastián? Pensó que era otro sueño lúcido, una prueba más de Selene o un efecto secundario de la Estrella del Alma. Caminó entre los pilares de cristal, llamando a sus compañeros, esperando que uno de ellos apareciera desde las sombras para burlarse de su miedo o para envolverla en un abrazo protector. Pero nadie contestó; El silencio era absoluto, una tumba de colores neón donde ella era el único ser vivo. La angustia empezó a trepar por su garganta. Los buscó desesperadamente, corriendo entre los reflejos distorsionados de los cristales, pero solo encontraba su propio rostro multiplicado y pálido. De repente, se detuvo en seco a unos metros de ella, dándole la espalda, se alzaba una figura que no pertenecía a ese lugar, y sin embargo, parecía dominarlo por completo. Era un hombre alto, de hombros anchos y una presencia que hacía que el aire vibrara con una energía antigua y corrupta. Vestía ropajes que parecían hechos de sombras tejidas con hilos de estrellas muertas. Su cabello caía como una cascada de seda oscura sobre sus hombros de forma elegante e imponente. Era hermoso, de una belleza etérea, casi divina, que hacía que Dracon o Caspian parecieran simples mortales a su lado. Pero era una belleza que ocultaba un abismo de maldad pura. —Hola, Kaelin —dijo el hombre. Su voz era una caricia de terciopelo que hizo que el vello de la nuca de la loba se erizara—. ¿Me extrañaste?... Kaelin retrocedió, sintiendo cómo las cuatro estrellas en su interior reaccionaban como fieras enjauladas, rugiendo ante la presencia del depredador definitivo. El Rey Hechicero se giró lentamente, revelando unos ojos que no contenían luz, sino el fin de todas las cosas. —Has crecido tanto desde la última vez que nos vimos en las sombras de tus ancestros —continuó él, dando un paso hacia ella con una elegancia depredadora—. Pero sigues cometiendo el mismo error: buscar refugio en lobos que solo pueden morir, cuando naciste para reinar entre dioses. Kaelin intentó invocar el fuego, el agua, el alma... pero el Rey Hechicero solo sonrió, una sonrisa que prometía un tormento eterno envuelto en seda. Kaelin se sentía atrapada en el reflejo de los ojos del hombre que había jurado destruirla, mientras el mundo exterior seguía su marcha hacia una salvación que quizá ya no llegaría a tiempo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD