Capítulo 25: EL NOMBRE DEL ABISMO

1219 Words
El frío de la cámara de cristal no era físico, era un vacío que se filtraba en los huesos de Kaelin, recordándole una vida que ella misma había intentado enterrar bajo capas de arena y sangre. Se quedó paralizada, observando la figura frente a ella. La belleza de aquel hombre era una trampa perfecta, la misma que la había mantenido cautiva durante su adolescencia en los pasillos de una ciudad de piedra y secretos. —Dimitri... —susurró Kaelin. El nombre salió de sus labios como un cristal roto, cargado de un dolor que nadie, ni siquiera Júpiter o Sebastián, conocían. Hasta ese momento, el mundo creía que la historia de la Loba Elemental había comenzado en el desierto, cuando Daemon Vane la encontró. Pero la verdad era mucho más oscura. El Rey Hechicero arqueó una ceja, su sonrisa ensanchándose. —Aún recuerdas mi nombre. Me halagas, mi pequeña llama. Pensé que tus lobos habrían lamido tus recuerdos hasta borrarlos, con lo buenos que fueron, hubiera sido una tristeza enorme... —Nunca podría olvidar al hombre que me enseñó que el amor es solo otra palabra para la esclavitud —replicó ella, su voz ganando fuerza aunque sus manos temblaran—. ¿Cómo me has encontrado, y cómo me trajiste aquí? —Nunca te perdí, Kaelin. Estás unida a mí por los hilos del destino que mi estirpe tejió hace siglos —Dimitri caminó lentamente, rodeándola como un depredador que admira a su presa —Eres un Mentiroso y un asesino, además de ladrón, dijo Kaelin con actitud defensiva. —. Si, mi linaje orquestó el robo de Selene. Nosotros fuimos quienes susurramos a los oídos de los reyes, y fuimos quienes convencimos a los lobos de que el poder de la diosa les pertenecía. Creamos la maldición para que el mundo se debilitara, para que la desesperación nos entregara el control y luego... luego te encontramos a ti. Kaelin cerró los ojos, y por un segundo, ya no estaba en la cámara de cristal. Se vio a sí misma años atrás, caminando por el castillo de Dimitri. Ella había crecido allí, protegida en una jaula de oro, creyendo que Dimitri era su salvador, su mentor... su primer amor. Recordaba la calidez de sus manos, las promesas de un futuro donde ellos dos reinarían sobre el caos. Había amado a ese monstruo con la pureza de quien no conoce el mal. —Te amé —soltó ella, y la palabra dolió más que una herida física—. Te creí cada palabra, por demasiado tiempo. —Y fuiste una herramienta deliciosa Kaelin—rió Dimitri, deteniéndose frente a ella—. Todavía recuerdo el eco de tu voz en el salón del trono, confesándome tu lealtad, nuestros besos y promesas, esa mirada tuya llena de esperanza y afecto, el sonrojo de tus mejillas... — Más mentiras Dimitri, nada de eso fue real para ti, yo era una mera pieza en tu juego enfermo de poder, ¿Creíste que permanecería ingenua y ciega por ti? — Lo cierto es que si lo pensé, crei que crecer a mi lado nos daría la oportunidad de crear un vínculo más fuerte, tu me entiendes... Pero te escapaste... —Te escuché Dimitri, escuché tu retorcido he insensible plan, dime ¿pensabas decirme que era tu juguete antes o después de absorber, las estrellas? —Probablemente al momento de que murieras.. —esbozo con una sonrisa fría y triunfal— Mi aliado tenía razón: estabas tan cegada por el afecto que habrías absorbido las estrellas solo para ponerme el universo a los pies. Te quería como mi sirviente suprema, mi canalizadora. Pero te volviste rebelde. Kaelin sintió de nuevo la bilis en su garganta al recordar aquella noche. La noche en que, escondida tras las cortinas de seda, escuchó a Dimitri burlarse de ella con un aliado. "Está completamente a mis pies", había dicho él con desprecio, "la loba elemental no es más que una batería que cargaré con poder antes de drenarla para mi propia gloria". Esa noche, Kaelin no solo perdió su esperanza y su corazón; recuperó su instinto. Escapó con el mapa que Dimitri guardaba bajo llave, el mapa que marcaba el primer rastro de las estrellas. Huyó a través del desierto, quemándose los pies, hasta que encontró la Estrella del Bosque. En el instante en que la tocó, no solo obtuvo poder; el conocimiento ancestral de su linaje entero, el dolor de miles de lobos cazados hasta la extinción por la estirpe de Dimitri, estalló en su mente. Fue entonces cuando Daemon Vane la encontró. No fue un encuentro fortuito; fue el inicio de su huida desesperada. —Daemon te salvó del desierto, pero no pudo salvarte de mí —dijo Dimitri, rompiendo sus pensamientos. Se acercó tanto que Kaelin pudo oler el aroma a sándalo y muerte que emanaba de su piel—. Ahora tienes cuatro estrellas; Estás casi lista. El dolor que sientes ahora, esa fatiga que te rompe, es la señal de que tu cuerpo ya no es tuyo; Es una ofrenda para mí. —Nunca —gruñó Kaelin, intentando invocar el poder de la Estrella del Alma, pero en este plano de los sentidos, Dimitri parecía tener el control total. —Mírate, Kaelin, estás sola. Tus nuevos amantes no pueden entrar aquí; Júpiter y Sebastián son solo sombras comparados con lo que nosotros compartimos. Ellos aman a la loba; yo amé a la joven que se conozco como la palma de mi mano. —Tu no me conoces, y esa niña, esa joven ya no existe, murió en el desierto. Dimitri extendió una mano para acariciar su mejilla. Kaelin sintió una descarga eléctrica, un rechazo visceral que chocaba con la memoria de su antiguo deseo. —Despierta, pequeña loba —susurró él al oído de ella—. Corre hacia el Reino de las Hadas; Busca la estrella del éter. Haz todo el trabajo por mí... porque al final, cuando tengas las cinco, no serás una diosa. Serás el puente por el que yo caminaré para reclamar el trono de Selene y ese día, volverás a mis pies, como siempre debió ser. La cámara de cristal empezó a fracturarse. El rostro de Dimitri se distorsionó, pero sus ojos oscuros quedaron grabados en la mente de Kaelin mientras el mundo de los sueños se hacía pedazos. Kaelin abrió los ojos de golpe en el mundo real, ahogando un grito. Júpiter la sostenía contra su pecho, su respiración agitada contra su nuca. Sebastián estaba a su lado, con una mano en su frente, su rostro descompuesto por la preocupación. —¡Kaelin! —exclamó Sebastián—. Por los dioses, estabas gritando, que pasa ... Júpiter se acercó lentamente al rostro de Kaelin, levanto la barbilla de la loba y preguntó ¿Quien es Dimitri". ¿Quién es él, Kaelin? ¿Qué quiere contigo?, mientras sus ojos eran una tormenta de confusión y celos. Kaelin miró a sus dos compañeros, a los hombres que realmente la amaban, y sintió un terror nuevo. Si les decía la verdad, si les decía que ella era la razón por la que el Rey Hechicero estaba tan cerca de ganar, el vínculo que los unía podría no ser suficiente para salvarlos de la sombra que ella misma había traído consigo.
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