La cámara subterránea, ahora inundada hasta la cintura, se convirtió en una olla a presión de magia y hormonas.
Valerius sostenía el frasco de sangre negra sobre el orbe de agua, con una sonrisa que prometía la condenación eterna. Júpiter y Sebastián se tensaron, listos para saltar, mientras Caspian acumulaba el poder de la marea en sus manos.
—¡Atrás! —el grito de Kaelin no fue una súplica sutil, fue una orden que vibró en las paredes de la Ciudadela como un trueno.
Todos se detuvieron, sorprendidos por la autoridad en su voz. Kaelin caminó por el agua, que se abría a su paso como si le rindiera pleitesía.
Ignoró la mirada lasciva de Caspian y el gruñido posesivo de Sebastián y se detuvo frente a Valerius, cuyos ojos rojos vacilaron ante la frialdad de la loba.
—¿Creen que esto es un juego de niños que defienden sus tronos? —preguntó Kaelin, mirando a cada uno de los hombres presentes—. ¿Crees que puedes corromper un fragmento del universo con tu sangre podrida, Valerius?
¿Crees que puedes simplemente "poseerme", Caspian, porque te gusta lo que ves? ¿Y ustedes... —miró a Júpiter y Sebastián— creen que soy una propiedad que deben marcar para sentirse seguros en lugar de comprender el obsequio que representa un destinado?
Con un movimiento fluido, Kaelin apartó a Valerius de un manotazo cargado de energía estática que lo lanzó contra la pared inundada. Antes de que nadie pudiera reaccionar, ella hundió ambas manos en el orbe de agua.
—¡Kaelin, no! —rugió Júpiter, intentando alcanzarla—. ¡Todavía no estás lista!
pero fue demasiado tarde.
En el momento en que sus dedos cerraron el circuito con la Segunda Estrella, la realidad se fracturó.
No hubo una explosión de luz gloriosa; hubo un estallido de dolor puro y agónico.
Kaelin arqueó la espalda, su cabeza cayendo hacia atrás mientras un grito desgarrador escapaba de su garganta.
Pero no era solo ella, debido al vínculo de pareja que los gemelos sin saberlo, con la mera cercanía con ella, únicamente lo fortalecieron , la conexión se volvió un puente de doble sentido.
Júpiter y Sebastián cayeron de rodillas en el agua al mismo tiempo, sus rostros se contrajeron en una mueca de agonía absoluta. Sus lobos internos, esas bestias orgullosas y dominantes, empezaron a aullar de terror.
Por primera vez, los gemelos no solo veían su dolor, lo sentían. Sentían cómo sus huesos parecían astillarse bajo la presión del océano, cómo sus pulmones se llenaban de un fuego líquido y cómo su alma se rasgaba para dar espacio a la inmensidad de la estrella.
—¡Ahhhhh! —Sebastián golpeó el agua, sus garras enterrándose en su propio pecho, intentando arrancar el dolor que le llegaba desde Kaelin.
Caspian, el Rey Tritón, retrocedió, su rostro de porcelana palideciendo; Él, que la deseaba por su belleza y su cuerpo, ahora veía la carnicería interna que ese cuerpo estaba soportando. La piel de Kaelin empezó a agrietarse, dejando ver vetas de un azul eléctrico que corría por sus venas como lava fría.
Elowen, el Rey Elfo, observaba con horror nítido. Él conocía la teoría del sacrificio elemental, pero ver la ejecución era algo que su mente lógica no podía procesar, demasiado rudo y surrealista.
El vampiro Valerius, recuperándose del golpe, se quedó paralizado al ver cómo la luz de la estrella empezaba a consumir la materia física de la loba.
—Esto es lo que quieren, ¿verdad? —la voz de Kaelin salió distorsionada, como si miles de voces hablaran a través de ella—. Quieren el poder, quieren la luz, ¡Sientan el precio que hay que pagar!
A través del vínculo, Kaelin proyectó la agonía de los mares sobre todos ellos.
Caspian sintió el hervor de su gente en su propia piel; Elowen vio los bosques volverse ceniza; Valerius sintió un hambre que ningún tipo de sangre podría saciar jamás.
Pero el impacto más fuerte fue para Júpiter y Sebastián, ellos estaban experimentando la fragmentación de Kaelin, vieron, en sus mentes compartidas, que cada estrella que ella absorbía la acercaba más a convertirse en polvo, vieron el vacío que quedaría cuando ella terminara su misión.
—Kaelin... para... —suplicó Júpiter, con lágrimas de sangre rodando por sus mejillas—. Nos está matando... te está matando a ti...
—No soy una mujer —sentenció ella, sus ojos ahora totalmente convertidos en orbes de luz azul, sin pupila ni iris—. Soy el sacrificio que sus padres olvidaron ofrecer.
Si quieren reclamarme, tendrán que reclamar también mi muerte, la perdida de mi alma unida a la suya.
Kaelin cerró los puños y el orbe de agua desapareció, integrándose en su pecho con un estruendo que hizo que la Ciudadela temblara desde sus cimientos hasta la torre más alta.
El agua que inundaba la sala se calmó de golpe, volviéndose cristalina y pura.
El silencio que siguió fue sepulcral. Kaelin se mantuvo en pie, pero su cuerpo emitía un tenue vapor azulado.
Sus manos temblaban violentamente y un hilo de sangre estelar, brillante como el mercurio, corría por su nariz.
Miró a Caspian, quien ya no tenía esa sonrisa arrogante. El Rey Tritón la miraba con un respeto que rayaba en el pavor religioso, había visto a una diosa rompiéndose por ellos.
—¿Sigue pareciéndote hermoso mi cuerpo, Caspian? —preguntó ella con una debilidad que dolía más que su grito—. ¿O solo ves el ataúd en el que estoy encerrada?
Caspian bajó la cabeza, su orgullo de mar hundido, resonó en cada centímetro de las paredes, no supo qué responder.
La atracción física seguía allí, pero ahora estaba mezclada con una culpa que nunca había sentido.
Júpiter y Sebastián seguían en el suelo, jadeando, sus lobos sumisos y heridos por la conexión, oor primera vez, entendieron que su deseo de "poseerla" era una crueldad.
Marcarla significaría condenarse a sentir su extinción paso a paso.
Sebastián, el Lobo de Sangre, el hombre que solo conocía el placer en el caos, se levantó con dificultad y se acercó a ella.
No intentó tocarla con el fin de sentir su cercanía, sino una manera de afrontar la realidad con ella, simplemente colocó su capa sobre sus hombros, cubriendo su piel agrietada y adolorida.
—No sabíamos... —susurró Sebastián, su voz rota—. No sabíamos que dolía así.
Kaelin lo miró, y por un segundo, la frialdad de la estrella se suavizó, pero entonces, el suelo volvió a temblar.
—La estrella de agua ha sido restaurada en mi interior —dijo Kaelin, mirando hacia el techo—. Pero el equilibrio ha despertado algo peor.
La tercera estrella, la de la tierra... está en movimiento y no soy la única que la busca.
Valerius, viendo que su oportunidad de traición se desvanecía en ese momento, se desvaneció en las sombras, pero su voz quedó flotando en el aire:
—Esto no ha terminado, elemental. Disfruta de tu agonía mientras dure. Los gigantes han despertado, y ellos no tienen alma que tú puedas herir con tus visiones, ni las furias agonía de la que te puedas alimentar.
Júpiter se puso de pie, su instinto de Alfa recuperando el control, pero su mirada hacia Kaelin había cambiado para siempre ya no era una prisionera, no podría serlo nunca.
Era su reina, y su sentencia de muerte.
—Preparen las monturas —ordenó Júpiter a un Dorian que observaba desde la entrada, estupefacto—. Nos vamos al territorio de los Gigantes, si el mundo va a morir, que sea peleando al lado de la portadora de estrellas que nos está matando a todos.