El anochecer en las fronteras del Reino de las Hadas no trajo la oscuridad total, sino una penumbra violácea salpicada por el brillo de los hongos luminiscentes. La fogata que Sebastián había encendido crepitaba con una energía inusual, alimentada por ramas que olían a resina y magia antigua. Kaelin estaba sentada entre Júpiter y Sebastián, envuelta en una manta de piel que ambos se habían asegurado de acomodar sobre sus hombros. La debilidad de la cuarta estrella seguía allí, pero el encuentro con Dimitri en el plano de los sueños le había inyectado una adrenalina amarga que le impedía descansar. —¿Dimitri? —soltó Sebastián con un sarcasmo que cortaba más que sus dagas—. Es un nombre muy... refinado para un bastardo que intenta destruir la existencia. ¿Tenía también un castillo de cris

