El aire en las fronteras de las Tierras Volcánicas se enfrió de golpe, pero no era el frío reconfortante de una brisa nocturna, sino un frío etéreo, una exhalación del más allá que se filtraba bajo la piel y acariciaba los huesos con dedos de escarcha.
Nos dirigíamos hacia el Reino de los Espíritus, un lugar donde la realidad se volvía porosa, donde los pensamientos tenían el peso del plomo y los suspiros se convertían en niebla. Dracon se había quedado atrás, custodiando las puertas de su hogar con su aliento de fuego, pero el rastro de la Estrella del Alma ya empezaba a vibrar en el centro del pecho de Kaelin, compitiendo con el calor rugiente de la Estrella de Fuego que acababa de absorber.
El marcaje triple había estabilizado el poder de Kaelin, pero a un precio que ninguno de los tres había previsto: había abierto una puerta que nadie sabía cómo cerrar. La conexión subconsciente ahora era un puente de doble vía, un túnel sin peaje por donde fluían miedos, recuerdos y, sobre todo, un hambre física que rayaba en lo violento.
Esa noche, acampamos en el Bosque de los Lamentos. Los árboles aquí no eran de madera común; sus troncos eran de una plata opaca y sus hojas, translúcidas como el cristal, tintineaban entre sí con un sonido que imitaba el llanto humano.
Júpiter y Sebastián, movidos por el instinto de protección que ahora corría por sus venas como un veneno dulce, se turnaban para vigilar, pero el cansancio tras la absorción estelar era masivo.
Kaelin, agotada físicamente pero con el alma encendida, se quedó dormida casi al instante, acurrucada entre los cuerpos de sus dos lobos, buscando el calor que solo ellos podían proveer.
Pero el sueño no trajo el descanso del olvido. Trajo el fuego del reconocimiento.
En el reino de los sueños, Kaelin no era una loba fatigada por el viaje. Allí, ella era una tormenta de luz, una deidad de curvas y sombras que habitaba un plano donde la gravedad era un concepto olvidado.
El poder de las estrellas, ahora enlazado irreversiblemente a los gemelos a través de las marcas de sus cuellos, los arrastró a su sueño con una fuerza gravitacional implacable.
No fue una invitación; fue una abducción sensorial, de repente, Júpiter y Sebastián no estaban en un bosque frío y plateado.
Se encontraron en una versión distorsionada y lujuriosa del santuario volcánico. El suelo no era de roca, sino de un cristal oscuro que reflejaba sus deseos más profundos, y el aire olía a sándalo, sangre y a la piel de Kaelin.
Kaelin estaba allí, de pie en el centro del resplandor. Su túnica, hecha de una seda que parecía tejida con la oscuridad misma, se deslizaba por sus hombros con una lentitud tortuosa, revelando la extensión de su espalda y el inicio de sus caderas.
Sus ojos dorados brillaban con una lucidez que no tenía en el mundo real; aquí, sus inhibiciones se habían quemado en el altar de la estrella.
—Están aquí —susurró ella, y su voz no fue un sonido, sino una caricia directa en la base del cerebro de los gemelos.
En la realidad, sus cuerpos físicos permanecían quietos bajo las mantas, pero en el plano astral de sus mentes conectadas, la entrega fue absoluta.
Kaelin se lanzó sobre ellos con un hambre que en la vigilia todavía intentaba domesticar con lógica y deber.
Pero aquí, en el suelo de cristal de su mente, no había "mañana", no había "Rey Hechicero", ni "misiones de salvación".
Solo existía el sabor de la sangre de Júpiter y la firmeza de las manos de Sebastián sobre su carne.
Kaelin se arrodilló en el suelo de cristal, tirando de Júpiter por el jubón hasta que él colapsó sobre ella. La descripción de sus movimientos era lenta, casi coreografiada por el deseo.
Júpiter la sujetó contra la superficie fría mientras Sebastián, situándose detrás de ella, hundía sus dedos en el cabello rojo y n***o de Kaelin, tirando con una fuerza que la obligaba a exponer su garganta.
Los besos de Júpiter eran como lava ardiente, no buscaban consuelo, buscaban conquista.
Empezó en su boca, un encuentro de lenguas que luchaban por el dominio, un sabor metálico y dulce que hacía que Kaelin arqueara la espalda, buscando más contacto.
Sus manos, pequeñas pero cargadas de la energía de tres mundos, recorrieron el torso desnudo de Júpiter, delineando cada cicatriz, cada músculo tenso, antes de bajar hacia la hebilla de su cinturón con una urgencia que lo hizo gruñir.
—Mía... —gemía Júpiter contra sus labios, su respiración mezclándose con la de ella en un ciclo infinito.
Mientras tanto, Sebastián no se limitaba a observar, sus manos, grandes y expertas en el arte de la destrucción y el placer, recorrían los muslos de Kaelin, subiendo por la seda de su ropa hasta encontrar la piel desnuda de su cintura.
La piel de Kaelin en el sueño reaccionaba de forma exagerada; cada roce de Sebastián enviaba chispas de luz plateada que iluminaban la oscuridad del plano onírico.
Él la besaba detrás de la oreja, sus dientes rozando el lóbulo antes de bajar por la línea de su cuello, justo donde la marca del Alfa brillaba con una intensidad febril.
El s*x* en este mundo de sueños no conocía la fatiga. Era una colisión de esencias que se consumían y se regeneraban en el mismo acto.
Kaelin se encontraba atrapada entre ellos, deleitándose en la dualidad de sus amantes: la fuerza bruta y protectora de Júpiter frente a la audacia salvaje y juguetona de Sebastián.
Se sentía profundamente amada, pero sobre todo, se sentía dueña de ambos.
En el sueño, ella reclamaba sus cuerpos como territorios conquistados, sus uñas dejando surcos de luz en sus hombros mientras gritaba sus nombres en una frecuencia que vibraba en el vínculo real.
En el campamento, bajo los árboles de plata, los cuerpos dormidos de los tres se movían al unísono. La respiración de Kaelin era un jadeo constante que rompía el silencio del bosque.
Júpiter, con los ojos cerrados, apretaba los puños hasta que sus nudillos blanqueaban, y Sebastián soltaba gruñidos bajos que hacían que los espíritus del bosque se alejaran con temor.
El clímax en el sueño no fue solo físico; fue una explosión de sus tres almas fundiéndose en una sola nota de éxtasis.
El suelo de cristal pareció estallar en mil pedazos de luz, y por un momento, no supieron dónde terminaba Júpiter y dónde empezaba Sebastián, ni cómo Kaelin lograba sostener toda esa energía sin desintegrarse.
Fue una entrega total, sin pudor, sin barreras, donde se comieron el alma el uno al otro hasta quedar vacíos.
Cuando el primer rayo de sol, pálido y frío, filtró a través de las hojas de cristal del Bosque de los Lamentos, los tres despertaron al mismo tiempo.
Kaelin se incorporó de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas como un pájaro atrapado en una jaula de hueso.
Estaba empapada en sudor, su piel ardiendo con un calor que no pertenecía al clima del bosque, y sus labios estaban hinchados y sensibles, conservando la memoria táctil de los besos que acababa de recibir.
Se llevó una mano a la boca, tratando de procesar la intensidad de lo vivido. Miró a su izquierda y luego a su derecha.
Júpiter y Sebastián estaban sentados, sus respiraciones aún pesadas, sus ojos nublados por una lujuria residual que los hacía parecer peligrosos, como depredadores que han probado la sangre y no están dispuestos a conformarse con menos.
—¿Ustedes...? —empezó Kaelin, pero la voz se le quebró en un susurro ronco.
—Sí —respondió Júpiter. Su voz era una vibración baja que hizo que el vientre de Kaelin se contrajera en una respuesta involuntaria—. Estuvimos allí, Kaelin.
Lo sentimos todo, tu olor, tu sabor, tu calor... la forma en que gritaste mi nombre cuando te sujeté.
Sebastián se pasó una mano por el rostro, tratando de recuperar una compostura que ya no existía, sus ojos ámbar seguían fijos en Kaelin, bajando por la línea de su cuello hacia el inicio de su pecho, donde la seda de su túnica se pegaba a su piel sudada.
—Esto es una maldición —gruñó Sebastián, su tono cargado de una frustración dolorosa—. En ese sueño, has sido mía de formas que ni el Rey Hechicero podría soñar con poseer.
Te he sentido tan mía que ahora, al estar despierto y ver que hay centímetros de aire entre nosotros, siento que me estoy desangrando.
No sé cuál es el límite ahora, Kaelin, si nos comemos el alma en sueños con esa intensidad, ¿cómo se supone que respiremos en la realidad sin devorarnos la piel?
Kaelin se abrazó a sus rodillas, temblando, —No lo se...—. La fragmentación era insoportable.
En su mente, ellos ya eran sus Esposos, sus amantes, sus mitades perfectas con las que acababa de compartir la unión más explícita y sagrada posible.
Pero al mirar sus manos limpias y ver las mantas del campamento, la desconexión la hacía sentir incompleta.
Habían sido muy, muy suyos en el plano espiritual, pero sus cuerpos físicos, privados de esa consumación real, estaban empezando a gritar por el contacto.
Elowen se acercó al pequeño grupo, observándolos con una mirada que mezclaba la sabiduría milenaria con una lástima profunda. El elfo sabía que el Reino de los Espíritus no hacía concesiones.
—El Reino de los Espíritus ha detectado el marcaje —dijo Elowen, su voz cortando la tensión s****l como un cuchillo—.
Aquí, los deseos no son secretos guardados; son realidades que cobran vida. El pacto de sangre que firmaron ha fundido sus subconscientes en uno solo.
Tengan cuidado, Kaelin y ambos... si se pierden demasiado en el placer del sueño, sus cuerpos físicos empezarán a marchitarse para alimentar la ilusión.
El alma puede alimentarse de deseo, pero el cuerpo necesita la verdad de la carne.
Valerius, que se encontraba a unos metros afilando su espada, soltó una risa seca y carente de humor.
—Es una forma poética de morir —comentó el vampiro—. Consumidos por su propia lujuria en un bucle eterno. Pero dudo que el Rey Hechicero les permita ese lujo.
Él no quiere que se amen en sueños; él quiere la cabeza de ustedes en una pica y a ella en sus cadenas.
Kaelin se puso en pie, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que sus piernas no temblaran.
La Estrella del Alma la llamaba desde lo profundo de la niebla plateada, prometiendo la clave para unir lo que estaba roto, para darle sentido a esa hambre que ahora compartían.
Pero sabía que cada noche sería una batalla nueva, una tentación donde la línea entre el amor y la locura se volvería cada vez más delgada.
—En marcha —ordenó Kaelin, aunque sus ojos buscaron los de Júpiter y Sebastián por un segundo más. En esa mirada no había órdenes de Alfa, sino la promesa silenciosa de una mujer que sabía que el sueño ya no sería suficiente por mucho tiempo—.
El Reino de los Espíritus nos espera, y yo necesito saber qué es real antes de que mi propio deseo me convierta en ceniza.
Caminaron hacia la niebla plateada, con el eco de sus propios gemidos oníricos todavía vibrando en el vínculo que los unía. El territorio de los espíritus se abría ante ellos como una boca hambrienta, y Kaelin sabía que para obtener la cuarta estrella, tendría que enfrentarse no solo a fantasmas externos, sino a la verdad desnuda de lo que sentía por los dos hombres que caminaban a su lado, marcados para siempre con su fuego y su sangre.