El silencio en el ala de aislamiento de Sereton ya no era el de una tumba, sino el de una cámara de combustión interna. Ante la insistencia de Kaelin y el estado crítico de sus heridas, que se negaban a cerrar bajo la interferencia artificial, Nox se vio obligado a realizar lo impensable para un soberano de su estirpe: con un comando de voz que tembló sutilmente, apagó los grilletes de nulidad. El zumbido azul desapareció de golpe, y por primera vez en siglos, el aire de la fortaleza se llenó de la vibración pura, casi eléctrica, del poder elemental. La reacción fue inmediata y visceral. Kaelin soltó un suspiro de alivio que fue casi un sollozo, mientras su cuerpo, sediento de energía, absorbía el éter del entorno para acelerar su regeneración. Sin embargo, el ambiente no se relajó.

