Kaelin cruzó el umbral de su habitación y cerró la puerta de piedra con una desesperación que rozaba el pánico.
Apoyó la espalda contra la superficie fría, dejando que su cabeza cayera hacia atrás mientras sus pulmones buscaban un aire que ya no estuviera cargado con el rastro de los gemelos.
Aunque las semillas de Elowen habían disipado la niebla química de su celo, el deseo no se había ido, se había instalado en su mente como una marca de fuego.
Se llevó las manos a la cara, avergonzada por las imágenes que su propia mente había proyectado hacia ellos.
Podía sentir todavía el eco del cuello de Júpiter bajo sus dedos y la mirada oscura de Sebastián recorriendo su cuerpo.
El deseo era real, tangible y crecía con cada segundo de silencio. Necesitaba apagar el incendio, se despojó de la seda blanca con dedos temblorosos y entró en el cubículo de baño, abriendo la llave del agua a su máxima potencia.
El chorro de agua helada la golpeó, haciéndola soltar un grito ahogado, Kaelin se abrazó a sí misma bajo el frío castigador, intentando lavar no solo el sudor, sino el rastro mental de los dos alfas que ahora eran los dueños de sus fantasías.
A varios niveles de distancia, Júpiter entró en su recámara como un animal herido, el caos en su interior era absoluto. Se arrancó la camisa, lanzándola a un rincón, y golpeó la pared con una fuerza que agrietó el muro.
Estaba dividido, roto en mil pedazos, por un lado, la revelación de Kaelin sobre Lyra y su hijo no nacido le perforaba el pecho; la culpa de saber que su propia avaricia por ese "botín de guerra" había causado la tragedia lo estaba asfixiando.
Pero, por otro lado, las imágenes que Kaelin había plantado en su cabeza se negaban a borrarse, veía su piel, escuchaba sus jadeos, sentía la sumisión y el poder de la loba elemental mezclándose en una danza erótica que le hacía arder la sangre, rabia, tristeza, culpa y una lujuria animal se retorcían en su estómago. Se metió en la ducha sin quitarse el resto de la ropa, dejando que el agua fría empapara sus pantalones mientras se hundía en el suelo de la bañera, cubriéndose el rostro con las manos. Era un Alfa quebrado por su propio pasado y encendido por un futuro que no sabía cómo manejar.
Sebastián, a diferencia de su hermano, cerró la puerta de su habitación y soltó una carcajada vibrante y oscura que resonó en las paredes de piedra. No había culpa en él, solo una excitación maníaca.
Él era el Lobo de Sangre, una bestia cruel que disfrutaba del caos y el dolor, pero lo que acababa de experimentar en la sala del trono era superior a cualquier sed de sangre que hubiera sentido antes.
Nunca había tenido una pareja, nunca había sentido ese hilo invisible que conectaba su alma con la de otra persona, y mucho menos de una forma tan sugerente y explícita. Se desnudó con movimientos rápidos y descarados, admirando sus propias cicatrices frente al espejo mientras recordaba la imagen de Kaelin debajo de él.
—Vaya... —murmuró con una sonrisa depredadora mientras entraba en la ducha fría—. Esto va a ser mucho más divertido de lo que pensé.
El agua helada chocaba contra su piel caliente, pero él no buscaba castigo como Júpiter, sino simplemente bajar la temperatura lo suficiente para no volver a la torre de Kaelin esa misma noche y tomar lo que el vínculo le prometía.
Esa noche, sin embargo, la paz fue interrumpida por la sombra. El Príncipe Valerius no era alguien que aceptara un "no" por respuesta. Usando sus habilidades de desplazamiento sombrío, el vampiro se filtró por los conductos de ventilación de la Ciudadela, materializándose en el pasillo exterior de la habitación de Kaelin.
Los guardias lobos estaban "ciegos", incapaces de oler su presencia de muerto viviente. Valerius se acercó a la puerta, su mano de dedos largos y pálidos rozando la madera.
—Sé que estás despierta, pequeña luz —susurró Valerius a través de la rendija—. Esos perros no te merecen, solo te ven como un arma o como una hembra.
Yo... sin embargo, yo te veo como la salvación, siente mi sed, Kaelin, siente cómo el mundo se queda sin sabor mientras ellos juegan a ser reyes.
Kaelin, desde su cama, sintió un frío antinatural recorrer la estancia. No respondió, pero su corazón latía con fuerza. Valerius representaba el hambre eterna, una oscuridad que quería devorar la estrella en su interior.
Antes de que el vampiro pudiera intentar abrir la cerradura, un gruñido profundo en el extremo del pasillo lo obligó a desvanecerse en la oscuridad. Los gemelos no dormían, y su instinto de protección era lo único que mantenía a raya a la noche.
Finalmente, el agotamiento venció a Kaelin, pero no hubo descanso, en cuanto cerró los ojos, el sueño premonitorio la arrastró a las profundidades.
Vio el océano, pero no era el azul infinito que recordaba. El agua estaba burbujeante, hirviendo como si el núcleo de la tierra se hubiera roto bajo el mar.
Vio a los Tritones, seres de una belleza etérea, retorciéndose mientras sus escamas se desprendían por el calor abrasador. Cada gota de agua en el mundo se sentía cargada de muerte y desolación.
Escuchó los gritos de una r**a que se ahogaba en su propio elemento. La falta de la segunda estrella estaba cocinando el mar; Vio ciudades submarinas de coral colapsando en ceniza blanca y el rostro de un Rey Tritón suplicando con los ojos inyectados en sangre.
Kaelin despertó de golpe, bañada en sudor, con el sabor a sal y ceniza en la boca. Su pecho subía y bajaba con violencia.
—Tengo que hacerlo —susurró en la oscuridad, con las manos temblando—.
Tengo que absorber la segunda estrella ahora. Si no lo hago, el agua del mundo se convertirá en una tumba.
La urgencia ya no era solo un deseo de libertad; era una carrera contra la extinción. Los gemelos tenían que entender que su botín de guerra era, en realidad, el tapón que evitaba que el mundo se desangrara.