CAPÍTULO 4: EL SILENCIO DE LAS ESTRELLAS (Parte 2)

1291 Words
—Sé que puedes hablar —dijo Dorian con suavidad, dejando sus herramientas sobre una mesa metálica—. Y sé que lo que les hiciste allá afuera no fue a propósito. Tu energía está desbordada porque el invierno está bloqueando tus salidas naturales de poder. Kaelin lo observó desde la cama. Se sentaba con las piernas cruzadas, observando cómo Dorian se acercaba. Cuando él intentó tomar su mano para limpiar las quemaduras de las muñecas, ella la retiró con un movimiento felino. —No voy a lastimarte —insistió Dorian—. Soy el Gama. Mi labor es sanar a la manada, y aunque técnicamente eres nuestra prisionera, Júpiter ha dado órdenes de que seas tratada como una invitada de honor... con vigilancia. Kaelin soltó una risa seca, un sonido corto y carente de humor que fue la primera nota que salió de su garganta en horas. Luego, volvió a su silencio sepulcral. —Entiendo —suspiró Dorian—. El silencio es lo único que te protege por ahora. Pero ten cuidado, Loba. En esta temporada de pérdida de sentidos, el tacto se vuelve el lenguaje principal. Si cada vez que te tocan provocas una explosión de energía, Júpiter y Sebastián se obsesionarán contigo mucho antes de lo que imaginas. Los alfas son criaturas posesivas, y tú eres el misterio más grande que han encontrado desde la Gran Guerra. Dorian logró, esta vez con cuidado y usando guantes de cuero grueso, aplicar una pasta azulada sobre las heridas de la joven. Al contacto con la medicina, Kaelin cerró los ojos y su cuerpo se tensó. Una pequeña lágrima, solitaria y brillante como el mercurio, rodó por su mejilla, pero no emitió ni un solo suspiro. Mientras tanto, en el Gran Salón de la Ciudadela, la atmósfera era eléctrica. Júpiter y Sebastián estaban de pie frente a los ventanales que daban al patio, observando cómo la neblina terminaba de devorar la visibilidad. —Sentiste eso, ¿verdad? —preguntó Sebastián, frotándose la mano que aún le hormigueaba por el contacto con Kaelin. —Sentí que es peligrosa —respondió Júpiter con brusquedad—. Daemon no la tenía encadenada con plata solo por crueldad. Lo hacía porque es la única forma de contener a un elemental durante el solsticio. —No me mientas, Júpiter —Sebastián se giró, enfrentando a su hermano—. No fue solo una descarga de energía. Mi lobo de sangre reaccionó a ella de una forma que no había sentido desde... —se calló antes de mencionar a Lyra. Júpiter apretó los dientes. El nombre de su pareja fallecida flotaba en el aire, aunque ninguno de los dos podía oler el rastro de la tristeza en el otro debido a la estación. —Ella es la llave para entender por qué Daemon mató a Lyra —dijo Júpiter, tratando de convencerse a sí mismo—. No es una mujer, es un mapa de respuestas y hasta que no hable, no es nada más para nosotros. —Ella no va a hablar —sentenció Sebastián—. Nos mira como si fuéramos la misma basura que Daemon y si queremos romper ese silencio, vamos a tener que hacer algo más que encerrarla en una torre. Júpiter se acercó a su hermano, quedando a pocos centímetros de su rostro. En la Temporada de la Ceguera, la proximidad física era la única forma de leer las intenciones del otro. —¿Qué sugieres, Sebastián? ¿Qué la obliguemos? —Sugiero que uno de nosotros pase la noche con ella —soltó Sebastián con una sonrisa desafiante—. No para tocarla, sino para ver qué pasa cuando su energía se calme. Dorian dice que los elementales se estabilizan con la presencia de un Alfa fuerte, creo que calificamos para el puesto hermano. Júpiter sintió una punzada de celos tan violenta que su lobo Huargo arañó su control interno. La idea de Sebastián compartiendo el mismo espacio que Kaelin, observándola dormir, sintiendo esa electricidad vibrar en el aire, le resultaba intolerable. —Yo iré —dijo Júpiter en un tono que no admitía discusión—. Yo soy el Alfa de esta manada. Mi deber es asegurar que la prisionera no destruya la torre. —Si... Claro "Alfa" —murmuró Sebastián, dándose la vuelta—. Tu deber... convéncete de eso si quieres, hermano. Pero recuerda que yo también sentí esa chispa y mi sangre no olvida tan fácil. Al caer la medianoche, Júpiter subió los escalones de la Torre del Este. Los guardias se apartaron sin decir palabra. El silencio en el pasillo era absoluto; incluso los ruidos de la ciudadela parecían amortiguados por la nieve y la falta de estímulos sensoriales. Al entrar en la habitación, encontró a Kaelin de pie frente al ventanal. La luna, aunque oculta tras las nubes, parecía proyectar un resplandor tenue sobre su cabello n***o. Ella no se giró cuando él entró. Sabía que era él; tal vez los elementales no necesitaban el olfato para reconocer la pesada carga de autoridad de un Alfa Huargo pensó él. Júpiter se quedó en el umbral de la puerta, observándola. Quería odiarla, quería ver en ella la sombra de Daemon, el hombre que le había arrebatado todo. Pero lo único que veía era una mujer que parecía hecha de luz de estrellas y cicatrices. Caminó lentamente hacia ella. La falta de olor lo obligaba a concentrarse en los sonidos: el roce de sus botas contra el suelo, la respiración rítmica de Kaelin, el latido acelerado de su propio corazón. Cuando estuvo a menos de un metro, ella finalmente se movió. No para hablar, sino para encararlo. Sus ojos azules estaban cargados de una fatiga milenaria. Júpiter extendió una mano, con la palma hacia arriba, sin tocarla. Un desafío silencioso. —Dime tu nombre real —susurró él, su voz vibrando en el espacio reducido—. No el que Daemon te puso. No el que los archivos dicen. Dime quién eres. Kaelin mantuvo sus labios apretados. Su negativa a hablar era un muro infranqueable. Pero en lugar de hablar, ella hizo algo que Júpiter no esperaba. Dio un paso adelante, acortando la distancia hasta que su pecho casi tocaba el del Alfa. Lentamente, ella levantó su propia mano y, con una delicadeza que contrastaba con su frialdad anterior, rozó con las yemas de sus dedos la mejilla de Júpiter. El contacto fue devastador. No hubo una chispa violenta esta vez. Fue algo mucho más profundo. Júpiter sintió una oleada de visiones: estrellas colapsando, el frío del espacio exterior, y un dolor tan puro que lo dejó sin aliento. Era el dolor de una especie que había sido cazada hasta la extinción, el dolor de ser un objeto en un mundo de lobos hambrientos. Sus ojos se cerraron por la intensidad del contacto. Por un segundo, a pesar de la Ceguera Nasal, juró que podía olerla: olía a ozono antes de una tormenta de nieve y a flores que solo crecen en el lado oscuro de la luna. Cuando abrió los ojos, Kaelin ya había retirado la mano y se había alejado hacia el rincón más oscuro de la habitación. Ella lo miraba con una advertencia clara en sus pupilas: Si entras en mi mundo, te quemarás. Júpiter se quedó allí, en medio de la habitación, sintiendo que el silencio de esa mujer era más ruidoso que cualquier batalla que hubiera librado. No sabía si quería matarla, protegerla o simplemente arrodillarse ante ella. Lo único que sabía era que la Temporada de la Pérdida de Sentidos acababa de volverse mucho más peligrosa. Porque ahora, sin el olfato para guiarlo, solo le quedaba el tacto y el tacto de Kaelin era una adicción que lo destruiría.
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