CAPÍTULO 3: LA ARENA DE LOS PECADORES

1334 Words
El Coliseo de la Ciudadela de los Susurros de Plata no era un lugar de gloria; era un foso de desesperación esculpido en la roca madre. Sus gradas estaban abarrotadas por miles de lobos de la Manada Eclipse de Sangre, cuyos rostros estaban demacrados por la ceniza y la falta de olfato invernal. El aire vibraba con una sed de sangre colectiva, un hambre que solo la violencia pública podía saciar durante la maldición de las estaciones. En el centro de la arena, bajo un cielo que amenazaba con una tormenta de rayos violetas, Daemon Vane estaba de rodillas. Sus manos estaban sujetas por esposas de hierro pesado y su rostro, una vez arrogante, era una masa de hematomas y terror. A su lado, Krixus su Beta y su Gama, permanecían en un silencio sepulcral, observando cómo su mundo se desintegraba. Júpiter y Sebastián Craine aparecieron en el palco principal, sus figuras imponentes bañadas por la luz mortecina del solsticio. —¡Pueblo de la Eclipse de Sangre! —la voz de Júpiter tronó, amplificada por el eco del coliseo—. Hoy no solo ejecutamos a un traidor. Hoy cobramos la deuda por nuestra Luna caída. Daemon Vane nos robó la luz... y ahora, nosotros le arrancaremos la suya ante sus propios ojos. A una señal de Sebastián, dos guardias arrastraron a Kaelin hacia el centro de la arena. Seguía encadenada con la plata siseante y el alambre de púas, su túnica blanca ahora era un harapo empapado en su propia sangre divina. Su largo cabello n***o se arrastraba por la arena, pero su espalda permanecía recta, una columna de acero en medio de la tormenta. Daemon, al verla, soltó una carcajada histérica que erizó la piel de los presentes. —¡Mírenlos! —gritó Daemon, mirando a los gemelos con odio puro—. ¡Los grandes Alfas Craine, reducidos a torturar a una hembra que no vale nada! Creen que me están hiriendo, creen que me están quitando mi tesoro... ¡Pero esa perr* no es nada para mí! ¡Jamás la he amado! ¡Jamás he sentido un solo gramo de deseo por ella!. El silencio que siguió a sus palabras fue sepulcral. Júpiter frunció el ceño, su lobo huargo confundido por la falta de dolor en el aroma (aunque tenue) de Daemon. Se suponía que un Alfa moriría de agonía al ver a su pareja en ese estado. —Mientes para salvar tu orgullo —gruñó Júpiter desde el palco—. Ella es tu Luna. su marca está en tu cuello. —¡Esa marca es un amuleto! —escupió Daemon, riendo con locura—. La tomé porque su sangre elemental me daba poder, pero nunca la marqué a ella. ¿Creen que soy estúpido? todo lo que ella lleva dentro solo sería una maldición de fuego. Me eligieron al peor contrincante, gemelos, porque no me importa si la despedazan aquí mismo. ¡Mátenla! ¡Háganme el favor de librarme de su carga! Júpiter bajó a la arena con un salto descomunal, aterrizando frente a Kaelin. La desmejoría en su rostro era evidente; sus ojos estaban inyectados en sangre por el llanto acumulado de la pérdida de Lyra. Miró a Kaelin con desprecio, culpándola de ser la posesión de su enemigo. —Parece que te han hecho más débil de lo que ya eres —le dijo Júpiter a Kaelin, su voz cargada de una amargura venenosa—. Quería que él sintiera la pérdida que yo experimenté. Quería que se mataran entre ustedes... que el dolor de perderte lo consumiera. Pero eres un desperdicio de espacio, igual que él. Kaelin levantó la vista. Por primera vez, miró directamente a Júpiter. No había miedo. Había una furia gélida, una calma que precedía al cataclismo. —Tú no sabes nada del dolor, Alfa —susurró ella. Su voz, aunque baja, cortó el aire como un cuchillo—. Me llamas débil mientras llevas el luto de una mujer que murió amada. Yo he vivido en el infierno mientras tú jugabas a ser un rey. De repente, la marca púrpura en la mejilla de Kaelin estalló en un brillo cegador. —¿Qué está haciendo? —gritó Sebastián, saltando a la arena junto a su hermano. Kaelin no necesitó transformarse. El alambre de púas empezó a brillar con un tono azul y violeta eléctrico. Sus manos, aún sujetas por la plata, empezaron a emitir pulsos de energía cósmica que hicieron que las cadenas se fundieran como cera. El aire alrededor de ella comenzó a arder, no con fuego naranja, sino con una llama estelar que consumía el oxígeno. Con un grito desgarrador que no era de dolor, sino de liberación, Kaelin rompió sus ataduras. La energía se expandió en una onda de choque que mandó a Júpiter y Sebastián varios metros hacia atrás. Kaelin no miró a los gemelos. Sus ojos, ahora completamente púrpuras, se fijaron en Daemon. Sin tocarlo físicamente, levantó su mano. Latigazos de energía pura, fríos como el vacío del espacio, empezaron a desgarrar la piel de Daemon. El Alfa de la Ónix de Hierro empezó a gritar, pero no era un grito de guerrero; era el chillido de un cobarde siendo desollado por una fuerza divina. Kaelin lo desangró a la vista de todos, cada latigazo arrancando un pedazo de su arrogancia. Y entonces, el momento final. Kaelin caminó hacia el cuerpo moribundo de Daemon. Sin transformarse en Galatéa, con su forma humana imbuida de un poder ancestral, se arrodilló sobre él. Sus manos brillaban con la fuerza de la primera estrella que habitaba en su pecho. —Dijiste que no sentías nada por mí, Daemon —susurró ella al oído del hombre que se asfixiaba en su propia sangre—. Ahora, no sentirás nada en absoluto. Con un movimiento brutal y salvaje, Kaelin clavó sus dedos en el cuello de Daemon, justo donde estaba la marca de compañero robada. En un acto de ferocidad que dejó a toda la Manada Eclipse en un silencio de terror, Kaelin arrancó la marca del cuello de Daemon con sus propios dientes y manos, sin siquiera transformarse, rompiendo el vínculo forzado de una forma tan violenta que el alma de Daemon pareció astillarse antes de que su cuerpo quedara inerte en la arena. Kaelin se puso en pie, con la sangre de su verdugo manchando su rostro y su pecho. Estaba exhausta. La estrella dentro de ella estaba consumiendo sus últimas fuerzas, reclamando el precio del despliegue de poder. Se tambaleó. Júpiter y Sebastián, que se habían levantado, estaban paralizados. Jamás, en sus siglos de vida como Alfas, habían visto tal despliegue de poder elemental ni una venganza tan visceral y violenta. Kaelin levantó la vista hacia ellos. Por un segundo, el velo de odio y ceniza desapareció. Los olió... A pesar del invierno, a pesar de la maldición, el aroma de los gemelos la golpeó como un rayo. Madera de sándalo, tormenta eléctrica, sangre antigua y algo... algo que olía a "hogar". Un aroma que era el balance perfecto para su propio fuego. Júpiter y Sebastián se tensaron al mismo tiempo. Sus lobos, el Huargo y el de Sangre, aullaron en un unísono que les desgarró el pecho. El aroma de Kaelin —fresias bajo el sol, ozono y poder puro— inundó sus sentidos atrofiados, devolviéndoles la capacidad de oler por encima de la maldición estacional. —Compañera —susurró Sebastián, su voz llena de un asombro horrorizado. —Mía —gruñó Júpiter, dando un paso adelante, su corazón latiendo por primera vez con algo que no era odio. Kaelin los miró con un reconocimiento indescifrable. Había odio en sus ojos, pero también una atracción magnética que la asustaba. —Ustedes... —logró decir ella, antes de que sus piernas cedieran. Kaelin Astres Solaris Blackvane se desmayó en la arena, dejando tras de sí el cadáver de su opresor y a dos Alfas confundidos, posesivos y ahora, irremediablemente atados a la mujer que planeaban destruir.
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