El Gigante de Tierra no era simplemente una criatura; era una montaña que había cobrado una conciencia maligna. Cada uno de sus pasos abría grietas en el suelo del valle de los vampiros, enviando ondas de choque que hacían que los dientes de los viajeros castañearan. Su piel, una costra de roca volcánica y basalto, supuraba una energía oscura que sabía a tumba y a raíces muertas.
Era un coloso de las eras del caos, cuya voluntad había sido suplantada por los hilos invisibles de Valerius y el odio de las Furias.
Júpiter se plantó frente a la bestia, su arma de acero n***o pareciendo un simple juguete de madera frente a las dimensiones ciclópeas del enemigo; A su lado, Sebastián mantenía una postura baja, casi animal, con los músculos de sus muslos tensos y listos para un salto que desafiara la gravedad.
—Es demasiado grande para nuestras espadas, hermano —gruñó Sebastián, mientras Asura rascaba las paredes de su conciencia, ansioso por desgarrar algo que no fuera humo o sombras.
—No necesitamos cortarlo —respondió Júpiter, su voz resonando con la gravedad de Fenrir. Sin embargo, por dentro, Júpiter luchaba contra un fantasma más pesado que el gigante.
La visión de la mole de piedra levantando su puño le devolvió una imagen aterradora: la de un techo derrumbándose, la de Lyra gritando su nombre mientras la tierra la reclamaba desangrando*e, completamente sola. No otra vez, pensó Júpiter, su agarre en la espada volviéndose blanco. Esta vez no dejaré que la tierra aplaste lo que amo.—
Necesitamos darle tiempo a ella.
Kaelin se adelantó, ignorando el temblor de sus rodillas y el dolor punzante que todavía recorría sus venas tras la batalla con las Furias. El esfuerzo anterior la había dejado al borde del desmayo, pero la presencia del Gigante activó un resorte en lo más profundo de su ADN elemental.
No fue la vibración fluida y eléctrica de la estrella de agua lo que respondió; fue algo más denso, más cálido y profundamente antiguo, una sensación que conocía bien.
Era la Primera Estrella, la esencia de los bosques esmeralda que los gemelos habían visto brillar con una luz sobrenatural en la arena de combate.
Aquella energía, que Kaelin ya había asimilado, empezó a ascender desde su núcleo como una savia luminosa.
—Elowen —llamó Kaelin, su voz cortando el estruendo de los pasos del coloso—. Esta estrella pertenecía a tu pueblo.
Siente su llamado, ayúdame a recordar cómo respira la tierra cuando no está herida.
El Rey Blanco cerró los ojos, y por primera vez en toda la travesía, una expresión de paz absoluta cruzó su rostro pálido. La luz de los bosques, la energía de la vida vegetal que el Gigante intentaba pisotear bajo su bota de granito, empezó a emanar de Kaelin.
Eran hilos de un verde esmeralda tan intenso que parecían joya pura, entrelazándose con los remanentes azul zafiro de la segunda estrella en una danza de luz cian.
El Gigante rugió, un sonido que era como el choque de dos placas tectónicas, y descargó su puño contra ellos.
—¡¡AHORA!! —rugió Júpiter, liberando todo el poder de Fenrir.
En un movimiento coordinado que solo dos hermanos destinados podrían lograr, Júpiter y Sebastián se lanzaron hacia adelante. Júpiter recibió el impacto indirecto de la onda de choque, clavando su espada en el suelo y usando su cuerpo como un escudo humano; Sintió cómo los huesos de sus brazos crujían y cómo sus dientes vibraban, pero no retrocedió ni un milímetro, Sebastián, usando la espalda de su hermano como una rampa, saltó hacia la rodilla del Gigante, hundiendo sus garras en las fisuras de la roca y trepando por el coloso con una agilidad suicida.
Kaelin, sintiendo el apoyo incondicional de sus compañeros, extendió sus manos hacia el suelo estéril.
—¡Raíces de la Redención! —gritó, y su voz fue un eco de mil bosques despertando al unísono.
El suelo yermo del reino de los vampiros, que no había visto una hoja verde en siglos, respondió con una violencia fértil.
Enormes raíces de madera de hierro, imbuidas con la luz de la Primera Estrella, brotaron de las grietas. No eran plantas normales; eran extensiones de la voluntad de Kaelin. Se enredaron en los tobillos de piedra del gigante, trepando por sus piernas con la velocidad de serpientes constrictoras, imposible de no asombrarse por tanta muestra de poder.
—¡Es la energía de los bosques! —exclamó Elowen, uniendo su propia magia a la de Kaelin. El Rey Blanco empezó a disparar flechas que no buscaban herir, sino sembrar. Cada impacto en la piel del Gigante se convertía en una expansión de musgo plateado que sellaba las articulaciones de roca, endureciéndose como el diamante—. ¡Kaelin, usa la fuerza de la tierra contra la tierra misma! ¡Haz que recuerde que es vida, no solo piedra inerte!
Caspian, el Rey Tritón, no se quedó atrás, al ver que el Gigante intentaba arrancar las raíces con sus manos masivas, Caspian golpeó el suelo con su tridente.
El agua subterránea, que él controlaba con una maestría aterradora, brotó en chorros que lubricaron el terreno bajo los pies del coloso.
—¡Si quieres que caiga, loba, hay que quitarle el equilibrio! —gritó Caspian, su cabello perla ondeando con la energía del combate—. ¡Que la marea lo arrastre al suelo!
Con las raíces tirando hacia abajo y el suelo convertido en un lodo resbaladizo por Caspian, el coloso perdió el centro de gravedad. El Gigante de Tierra cayó de espaldas con un estruendo que sacudió los cimientos de las montañas circundantes. El impacto levantó una nube de polvo que ocultó el sol, pero en medio de la neblina, la luz verde de Kaelin seguía brillando.
Sebastián, que se había mantenido aferrado al torso del gigante durante la caída, saltó justo a tiempo, aterrizando junto a Kaelin con una voltereta perfecta, aunque su hombro sangraba por el ataque de una Furia rezagada.
Kaelin caminó hacia la cabeza del gigante, que yacía inmóvil, emitiendo un sonido que ya no era un rugido, sino un lamento profundo, casi humano.
Júpiter y Sebastián se colocaron a sus costados, como dos centinelas de guerra, sintiendo a través del vínculo la inmensa tristeza que Kaelin estaba absorbiendo del enemigo.
—No es un monstruo... —susurró Kaelin, con lágrimas rodando por sus mejillas—. Es un guardián de la tierra antigua que Valerius corrompió.
Siento su agonía en la Primera Estrella... extraña la luz del sol.
Kaelin puso su mano sobre la frente fría de la criatura. En ese momento, la energía de los bosques fluyó sin restricciones; La luz verde envolvió al coloso, extrayendo la oscuridad purpúrea que las Furias habían inyectado en sus vetas.
La roca volcánica empezó a transformarse, ablandándose, convirtiéndose en tierra negra y fértil, unida al mundo. En cuestión de segundos, flores silvestres de colores imposibles empezaron a brotar de lo que antes era un cuerpo de destrucción.
Cuando el gigante desapareció por completo, dejó tras de sí un túmulo de vida verde que contrastaba violentamente con el resto del valle muerto. Kaelin se tambaleó, y Júpiter la sostuvo antes de que sus rodillas tocaran el suelo.
—Lo hiciste, Kaelin —susurró Júpiter, apretándola contra su pecho, su lobo, Fenrir, estaba en calma, sintiendo que por primera vez había protegido algo con éxito absoluto.
Sebastián se acercó, mirando el nuevo oasis en medio de la desolación.
—Ese pez y el elfo no lo hicieron nada mal —admitió con una mueca que pretendía ser una sonrisa—. Pero tú... tú eres algo que el mundo no merece, Alfa Solaris.
Elowen y Caspian se acercaron, guardando sus armas. El respeto en sus rostros era ahora innegable. Habían visto a una mujer Alfa no solo destruir, sino restaurar. La atracción física que Caspian sentía por ella se había transformado en algo mucho más peligroso: devoción.
—Valerius ha huido —dijo Elowen, señalando hacia las torres oscuras de la capital vampírica que se vislumbraban al fondo—. El es el único que podría conocer el paradero de la Tercera Estrella, quizás si llegamos antes al corazón de su santuario, ganaríamos tiempo y ventaja. Él sabe que la Primera y Segunda Estrella han despertado, y sabe que ustedes tres son el único obstáculo para su inmortalidad.
Kaelin se enderezó, apoyándose en Júpiter y Sebastián. Sus venas estelares emitían un fulgor suave, y aunque estaba agotada, su mirada era de acero.
—Él no entiende que las estrellas no son un botín —dijo Kaelin—. Son un equilibrio, su valor es incalculable pero no de la manera que el cree, pero si tenemos que atravesar el infierno de su reino para recuperar la información de la tercera, lo haremos, pero esta vez, me aseguraré de no llegar como una prisionera.
Miró a sus cuatro compañeros. El Rey Huargo, el Lobo de Sangre, el Rey Tritón y el Rey Blanco. Todos unidos por un vínculo de sangre, destino y visiones compartidas.
—Mañana llegaremos a la capital —sentenció Júpiter, su voz resonando con una autoridad que no admitía réplicas—. Y Valerius aprenderá que no se le puede robar el fuego al sol sin quemarse las manos.