El grupo avanzaba en un silencio sepulcral, roto solo por el crujido de las botas sobre la tierra yerma y agrietada del dominio vampírico. El paisaje aquí era una bofetada a los sentidos; no había rastro de la vitalidad que una vez, según las leyendas, bendijo estas tierras. El aire transportaba el hedor a sangre vieja, metal oxidado y flores marchitas, ese perfume dulzón y putrefacto que era el sello distintivo del reino de Valerius. El cielo se había teñido de un color violeta cenizo que parecía filtrar toda la esperanza del mundo, dejando a los viajeros en una penumbra perpetua que pesaba sobre los hombros como una capa de plomo. Kaelin caminaba en el centro, flanqueada por Júpiter y Sebastián tan solo a unos pasos, Elowen y Caspian mantenían una distancia prudencial, sus sentido

