La sala estaba en silencio.
Todos sabían que, en mi forma de trabajar, no había espacio para concesiones ni segundas oportunidades.
Tomé asiento en la cabecera de la mesa y, uno a uno, los miembros del Consejo me imitaron. Nadie habló mientras analizaba la información de la pantalla frente a nosotros, aquella que mostraba el estado general del conglomerado: cifras, proyecciones, contratos activos. Todo parecía estar en orden… en apariencia.
Pero entonces mi mirada se enfocó en el informe impreso frente a mí, y bastaron unos segundos para confirmar lo que Antonio me comentó durante el desayuno.
—Viktor —dije sin rodeos—, explícame por qué autorizaste la liberación de fondos del Proyecto Nexo si falta información.
Lo vi tensarse de inmediato. No necesitaba observarlo con atención para saberlo; la incomodidad siempre se manifiesta en gestos pequeños: un ajuste en la postura, un parpadeo más rápido de lo normal.
—Hubo retrasos en las validaciones finales, Maxim —respondió—. Y mi equipo…
—Tu equipo no firma —lo interrumpí—. Tú sí. Y tú firma habilitó un riesgo que ahora nos obliga a contener daños con tres aliados estratégicos.
Nadie intervino. El Consejo aprendió hace tiempo que es mejor no interponerse cuando algo no me parece. Las lealtades en esta mesa eran prácticas, no emocionales.
—Fue solo un error administrativo —confesó finalmente Viktor—. Te aseguro que todo estará corregido en cuestión de unos días.
—Los errores administrativos están sujetos a destitución inmediata —respondí—. Porque, aunque exista la incompetencia sin intención, el resultado sigue siendo el mismo. Y aquí, esta situación es imperdonable.
Viktor apretó la mandíbula. Su orgullo empezaba a imponerse al instinto de supervivencia, y eso siempre era error fatal.
—No pueden removerme de mi cargo solo por esto —dijo—. El clan al que pertenezco me respaldará. No soy prescindible para el conglomerado, Maxim.
Levanté la vista y lo miré con calma.
—Tu clan no te respaldará —contesté—. Todos sabemos que te han tolerado estos años únicamente por compromiso.
Soltó una risa tensa al escuchar mis palabras. Una reacción común cuando alguien intenta convencerse de que aún tiene poder.
—Eso crees tú.
—No —corregí—. Lo sé.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier argumento. Viktor miro al resto del Consejo, pero, ninguno sostuvo su mirada. Ninguno m*****o alzó la voz. Porque nadie estaba dispuesto a arriesgar su posición por él.
Siempre era así.
Cuando yo decidía algo, se hacía.
—Vamos, Maxim —dijo Viktor, incapaz ya de ocultar su desesperación—. Esta decisión es muy impulsiva.
Incliné apenas la cabeza.
—Créeme que no hago nada impulsivo —lo corté—. A partir de este momento quedas destituido del Consejo. Se revocan tus accesos, tus firmas y tu representación. Seguridad te acompañará para que entregues tus dispositivos y abandones el edificio.
Vi el segundo exacto en el que entendió que no había marcha atrás. El momento en el que el futuro que creía seguro se desmoronó frente a él.
—Esto no va a quedarse así —dijo al levantarse.
—Sí va a quedar así —respondí—. Y no pierdas tiempo buscando respaldo, porque si te fijas, todos ya están tomando distancia.
La puerta se abrió entonces y seguridad entró. Viktor lanzó una última mirada alrededor, buscando algo que no encontró: apoyo, duda, compasión. No había nada de eso en esa mesa.
Cuando salió, la junta continuó, mientras afuera comenzaba a reinar él caos. Nadie le dio importancia; era evidente que Viktor estaba haciendo un espectáculo.
Al concluir, me levanté y salí rumbo a mi oficina. No me importaba el drama que pudiera causar lo de Viktor o si se le ocurría usar sus habilidades sobrehumanas; seguridad se haría cargo de él.
En el camino, Dmitri me interceptó con cautela. Era mi asistente personal. Un joven bastante preciso y formal, siempre consciente de cuándo hablar y cuándo callar.
—Señor —dijo.
Me extendió una tablet. En la pantalla apareció la fotografía de una mujer.
Negué con un gesto seco. Ya había tenido suficiente de perfiles, entrevistas y citas concertadas para encontrar esposa. Todo ese proceso me resultaba mecánico, innecesario. Estaba fastidiado. Tenía que haber otra forma, pero entonces noté que Dmitri no retiró la tablet.
—Stephan me llamó directamente —dijo—. Me pidió que le entregara el perfil. Dijo que le agradó.
Aquello hizo que me detuviera. Extendí la mano y tomé la tablet sin decir nada. Sin embargo, cuando entré a mi oficina, solo la dejé sobre el escritorio. La mañana no me había dejado satisfecho. Demasiada incompetencia. Otra pieza más en el tablero que había que reemplazar.
Entonces, el mensaje de Stephan apareció en la pantalla de mi celular:
¿Ya viste el perfil?
Exhalé lentamente. Stephan era mi hermano de clan, junto con Antonio, y por su pasado llevaba años sin un interés real en ninguna mujer, así que su insistencia provocó que tomara la tablet y leyera con atención.
Sarah Dupont.
Una mujer extranjera que había obtenido un resultado de compatibilidad inusualmente alta entre distintos clanes de la élite. Era raro, muy raro, pero considerando que en todas las reuniones que habíamos tenido para evaluar candidatas ninguna había tenido realmente una compatibilidad completa con mis hermanos de clan y conmigo, esta mujer parecía una buena opción.
Deslicé la información nuevamente y con más calma para evaluar a esta tal Sarah, quien no tenía redes internas en el país, ni vínculos relevantes dentro del sistema, pero que, según la evaluación, tenía un carácter dulce, un grado alto de inteligencia y una capacidad de adaptación y resiliencia que, junto a su atractivo físico, no la hacía pasar desapercibida.
—Interesante —murmuré para mí mismo antes de activar el intercomunicador.
—Dmitri. Ven ahora.
Entró en segundos.
—Quiero que…
El sonido me interrumpió.
No fue cercano, pero sí claro. Disparos. Maldije en silencio sin sobresaltarme. Solo levanté una ceja. Dmitri se tensó de inmediato.
—Permítame revisar, señor.
Asentí, aunque no era necesario decir más.
Cuando regresó, su rostro lo dijo todo antes de que hablara.
—Viktor… —comenzó.
—Dejame adivinar seguridad le disparó —completé.
Asintío.
—Asegúrate de que limpien su oficina —dije sin darle importancia al asunto—. No entiendo cómo no fue capaz de manejar la situación. Es obvio que quien usan sus habilidades sin autorización tiene que ser contenido.
Dmitri bajó la cabeza.
—Sí, señor.
Salió.
Volví entonces al perfil de Sarah. Desde mi perspectiva, parecía que podía funcionar para los planes que habíamos mantenido ocultos durante años.
Después de todo, solo era una mujer
¿Qué tan difícil podría ser someterla?