Había tardado en conciliar el sueño y el golpe contra mi puerta me arrancó de mi descanso.
—Por favor… ayúdame —gritó una mujer del otro lado—. ¡Por favor!
Me quedé recostada, con el corazón acelerado y la mirada fija en el techo.
—No te involucres —me dije a mi misma.
No estaba en un lugar donde una mujer sola pudiera intervenir sin pagar el precio. Llevaba un mes viviendo en esta torre y ya sabía cuál era la regla no escrita. Pero otro golpe insistente me hizo finalmente levantarme.
—¡Sé que puedes escucharme! —la voz de la mujer temblaba—. Ayúdame porfavor, necesito hablar contigo.
Cerré los ojos. No era mi problema. No debía intervenir, pero imagine por un momento que tal si un día era yo.
—Por favor… —la voz se quebró.
Maldecí en silencio y me levanté. Caminé descalza y apoyé la frente contra la puerta.
—Tienes que obedecer —murmuré sin abrir—. No van a dejarte en paz hasta que lo hagas.
—Se encuentra frente a la Unidad 47-B —escuche otra voz femenina decir—. Gwen Harold estas alterando el orden necesitas regresar a tu unidad.
Giré el seguro manual y abrí apenas lo suficiente para asomarme.
—No quiero vincularme con ese clan —suplicó ella—. Por favor denme otra opción.
—Lo sabemos —respondió una de ellas intentando tranquilizar a Gwen—. Pero tu permanencia en la cuidad depende de que un clan te proteja y ese es el único compatible contigo.
La sujetaron de los brazos. No con violencia abierta, pero con la fuerza justa para que no pudiera resistirse.
—Regrese a su unidad —añadió otra de las guardias, dirigiéndose a mí—. Será mejor para usted.
—¡No, necesito hablar con ella! —gritó nuevamente Gwen, mirándome directamente a los ojos—. ¡Por favor! Quiero saber cómo es que obtuviste tantas opciones. Porque el sistema a mi solo me dio una opción y a ti más de diez. ¡No es justo!
Di un paso atrás y no dije nada. No pude. Después de firmar mi ingreso al programa de vinculación nacional de Neo Rusia y someterme a las pruebas que me pidieron ni yo misma sabia como es que había obtenido un nivel de compatibilidad tan alto con quince clanes diferentes.
Así que cuando se llevaron a Gwen y las puertas del ascensor se cerraron, el pasillo volvió a quedar en silencio. Como si nada hubiera ocurrido.
Cerré entonces la puerta y me apoyé contra ella. El pulso me latía con fuerza y ocupe de mucha fuerza para volver a la cama, era la tercera vez que sucedía desde que llegue.
Fue difícil pero cuando llegue a ella y termine abriendo el compartimiento oculto de mi mochila para sacar mi laptop.
La encendí sin conectarme a la red principal del edificio. Nunca lo hacía. Mis dedos se movieron casi solos mientras accedía a rutas cifradas y servidores secundarios.
Neo Rusia. Programa Nacional de Vinculación.
Los resultados aparecieron de inmediato.
Tecnología de primer nivel. Índices de criminalidad mínimos. Protocolos obligatorios de protección femenina.
Una fachada.
Seguí leyendo. Acuerdos con conglomerados privados. Control social disfrazado de estabilidad. Mujeres trasladadas bajo la etiqueta de voluntariedad. Un sistema diseñado para no parecer una prisión… aunque funcionara como tal.
Apreté la mandíbula.
—Fuiste una estúpida —me dije en voz baja—. ¿Cómo se te ocurrió creer que aquí serías libre?
Estaba a punto de apagar la laptop cuando la pantalla se volvió azul. No era un error común. Reconocía ese patrón.
Alguien intentaba contactarme.
El identificador apareció en la esquina inferior.
Ciervo.
Me quedé inmóvil, pero pensé no es una amenaza. Ciervo es solo otro hacker con el que llevaba años intercambiando información. No nos conocíamos ni hablábamos de cuestiones personales. Entre nosotros solo existía intercambios de datos.
El no sabía quién era yo realmente. Mucho menos que era mujer.
El mensaje apareció entonces en el centro de la pantalla.
—¿Estás bien?
Dejé los dedos suspendidos sobre el teclado. La pregunta seguía ahí, parpadeando en la pantalla como si pudiera atravesarla.
¿Podría confiar en él? ¿Podría ayudarme?
Negué para mí misma y cerré la laptop sin responder. La oscuridad volvió a envolver el departamento, y con ella regresó la certeza que llevaba días evitando.
No.
No podía confiar en nadie. Mucho menos ahora, cuando el tiempo se había vuelto un recurso escaso y ya había candidatos a los que estaba obligada a conocer.
Según el calendario que me había entregado Ekaterina, la funcionaria del programa de vinculación asignada a mi caso, al día siguiente conocería a los últimos tres clanes con los que, según el sistema, era extremadamente compatible. Entre ellos, había dicho con gran emoción, se encontraba uno de los clanes más poderosos del país.
Esa sola idea me tenía tensa.
No quería elegir a uno clan poderoso que intentara someterme y anularme por completo. Yo quería algo distinto. Una vida simple. La posibilidad de moverme sin que cada paso estuviera condicionado por jerarquías, reglas o expectativas que no había elegido. No entendía por qué el sistema no me había asignado a un clan de clase media, a alguien que no representara una jaula de oro con un nombre elegante.
—Soy una hacker, por Dios —murmuré para mí misma—. Si hubiera podido usar la laptop, habría evitado todo esto.
Pero la frustración no me llevaría a ningún lado. Lo sabía. Y, quizá por puro agotamiento, mi cuerpo terminó por rendirse ante esa idea. Me dormí entonces sin darme cuenta.
A la mañana siguiente desperté sintiendome como si hubiera estado en un maratón.
Ekaterina ya estaba afuera de mi puerta, esperando. No estaba sola. Dos guardias, ambas mujeres, se encontraban a su lado. Su postura dejaba claro que no estaban allí para platicar, sino para escoltarme.
Suspiré. No discutí. No tenía sentido hacerlo.
Las seguí en silencio hasta llegar a la sala de reuniones. Al entrar, supe de inmediato que ya me estaban esperando.
—Clan Petrov —anunció Ekaterina con tono formal—. Ella es Sarah Dupont.
Sentí cómo el peso de su presentación caía sobre mí antes de que pudiera reaccionar.
—Sarah —continuó—, frente a ti están Maxim, Antonio y Stephan. Los tres integran el clan Petrov.
Los miré, intentando disimular mi sorpresa.
No eran lo que esperaba. Los tres eran muy altos. Atractivos.
Y no hacía falta conocerlos para entender que también eran peligrosos, muy muy peligrosos…