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Corona de sangre

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intro-logo
Blurb

Victoria Moreau nació para heredar un imperio construido con dinero, poder y sangre. Su apellido abre puertas y provoca miedo, pero ella sabe que ser heredera no significa estar a salvo.El día que descubre que su prometido mantiene una relación con su hermanastra, algo dentro de ella cambia.La mujer que confiaba en su familia desaparece.En su lugar aparece una Victoria fría, calculadora y decidida a recuperar lo que le pertenece.Pero su venganza la llevará directamente hacia Adriano De Luca, el heredero de una familia rival.Dos imperios.Dos personas acostumbradas a mandar.Dos voluntades imposibles de doblegar.Y una atracción que podría convertirse en su mayor debilidad… o en el arma más poderosa que tengan.

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La heredera
En la familia Moreau, el poder se heredaba con sangre. Victoria lo sabía desde niña. Había crecido entre armas, guardaespaldas y secretos. A sus veintiséis años, era la heredera de uno de los imperios criminales más poderosos del país. Sabía disparar, pelear y detectar una mentira antes de que terminara de ser pronunciada. No necesitaba levantar la voz para hacerse notar. Bastaba con que entrara en una habitación. Victoria tenía una belleza serena, de rasgos definidos y expresión difícil de leer. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros y enmarcaba un rostro elegante, aunque rara vez parecía preocupada por resultar atractiva. Prefería la ropa sobria, los movimientos precisos y la comodidad de quien no necesitaba demostrar nada. Su cuerpo delgado y firme reflejaba años de entrenamiento, pero no era su apariencia lo que intimidaba a los demás. Era su mirada. Clara, atenta y siempre alerta, parecía detenerse en los detalles que otros pasaban por alto. Victoria observaba las manos, los silencios, las pausas antes de una respuesta. Sabía cuándo alguien estaba nervioso, cuándo ocultaba algo y cuándo una sonrisa no era más que una forma de ganar tiempo. Aquella noche, todos mentían. Victoria bajó la escalera de la mansión con un vestido n***o ceñido al cuerpo. Las conversaciones se apagaron a su paso. Un guardia cerró la puerta lateral. Otro escondió el teléfono cuando ella se acercó. Su padre, Alessandro Moreau, la esperaba junto a la chimenea. —Llegas tarde. —La cena aún no empieza. —Esta noche quiero que estés atenta. —¿A qué? Alessandro miró hacia los ventanales. —A todo. Victoria siguió su mirada, pero no vio nada extraño. Hasta que encontró a Gael Santoro. Su prometido se acercó con una sonrisa tensa y besó su mejilla. —Estás preciosa. —¿Solo preciosa? —Deslumbrante. Victoria sonrió, aunque percibió un perfume dulce en su camisa. Floral. Familiar. Gael le ofreció el brazo. —Ven. Quiero hablar contigo. —¿Sobre qué? —Sobre nosotros. Victoria lo observó. Tenía una forma elegante de moverse, una sonrisa fácil y una seguridad que, durante mucho tiempo, ella había confundido con sinceridad. Pero aquella noche algo no encajaba. Sus hombros estaban rígidos y evitaba sostenerle la mirada durante demasiado tiempo. —Eso suena peligroso. —Contigo, todo lo es. La frase habría parecido seductora en otro momento. Pero Gael estaba nervioso. Revisaba el teléfono cada pocos minutos y ocultaba la pantalla cuando ella miraba. Al otro extremo del salón, Renata, su hermanastra, también parecía inquieta. Vestía de rojo y apretaba la copa con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos. El teléfono de Gael vibró. —¿No vas a contestar? —preguntó Victoria. —No es importante. —Entonces, ¿por qué estás pálido? Gael guardó el teléfono. —Estoy cansado de tus interrogatorios. —Y yo de tus mentiras. Él se inclinó hacia ella, demasiado cerca. —No provoques una escena. Victoria sostuvo su mirada. —No necesito provocarla. Solo necesito esperar. Gael se apartó y se dirigió hacia el pasillo privado. Minutos después, Renata hizo lo mismo. Victoria no los siguió. Todavía. ⸻ La cena terminó cerca de la medianoche. Los invitados comenzaron a marcharse, pero Gael no apareció. Victoria llamó una vez. Luego otra. Nada. Encontró a Renata en la terraza. —¿Has visto a Gael? —No. —Mientes mal. Renata palideció. Su teléfono vibró. Victoria alcanzó a ver un mensaje de un número desconocido. La habitación del ala este. Ahora. Renata bloqueó la pantalla. —Tengo que irme. —¿A dónde? —No es asunto tuyo. Victoria dio un paso hacia ella. —Todo lo que ocurre en esta casa es asunto mío. Renata retrocedió. —No sabes nada. —Entonces explícame. Renata no respondió. Se marchó rápidamente hacia el ala este. Victoria esperó unos segundos y la siguió. El pasillo estaba oscuro. Solo una luz escapaba por debajo de una puerta entreabierta. Victoria escuchó la voz de Gael. —No podemos seguir haciendo esto aquí. Renata respondió en un susurro: —Ella no sabe nada. —Después de esta noche, todo cambiará. —¿Y si nos descubre? —No lo hará. Victoria empujó la puerta. Gael y Renata estaban juntos en el sofá. Él tenía la camisa abierta; ella, el vestido desabrochado. Sus labios estaban hinchados por los besos y la respiración agitada Gael se levantó de golpe. —Victoria… Ella sacó el arma que llevaba oculta bajo el vestido y apuntó al suelo, entre ambos. —Ni un paso más. Renata se cubrió con una mano. —Puedo explicarlo. Victoria soltó una risa seca. —Claro. Explícame por qué mi prometido está en la cama con mi hermanastra. —No fue planeado —dijo Gael. —Pero sí repetido. El silencio confirmó la respuesta. Victoria miró las dos copas sobre la mesa. Luego, el teléfono de Gael. En la pantalla aún aparecía el último mensaje de Renata. Cuando ella muera, el imperio será nuestro. El aire se volvió pesado. Victoria levantó lentamente la mirada. —¿Qué significa esto? Gael perdió el color. Renata dio un paso atrás. —Victoria, escucha… —¿Querían matarme? —No era así —dijo Gael—. Solo necesitábamos apartarte. —¿Y después qué? ¿Casarte con ella? ¿Entregarle el imperio? Renata apretó los labios. —Siempre lo tuviste todo. Victoria avanzó hacia ella. Su rostro permanecía sereno, pero sus ojos se habían endurecido. —No. Lo que tuve fue un padre que me entrenó para sobrevivir mientras tú aprendías a sonreír y apuñalar por la espalda. Renata se lanzó contra ella. Victoria esquivó el golpe, la sujetó del brazo y la estrelló contra la pared. El arma quedó presionada contra su garganta. —Vuelve a tocarme y no habrá segunda oportunidad. Gael intentó acercarse. Victoria giró el arma hacia él. —Arrodíllate. —Victoria… —¡Arrodíllate! Gael obedeció. Por primera vez, el hombre que había amado parecía pequeño. Victoria tomó el teléfono y envió el mensaje al grupo de seguridad de su padre. Ala este. Ahora. Después miró a los dos traidores. —Creyeron que podían quitarme mi nombre, mi familia y mi imperio. Guardó el arma bajo el vestido. —Se equivocaron. Las puertas se abrieron de golpe. Los hombres de Alessandro entraron y apuntaron a Gael y Renata. Victoria pasó entre ellos sin mirar atrás. En el pasillo, su padre la esperaba. —¿Qué ocurrió? Victoria le entregó el teléfono. Alessandro leyó el mensaje y su expresión se endureció. —¿Qué quieres que haga con ellos? Victoria miró hacia la habitación. —Aún no los mates. —¿Aún? Ella se limpió con el pulgar una pequeña mancha de sangre en el labio. —Primero quiero saber quién más está involucrado. Alessandro sonrió con orgullo. —Ahora sí pareces una Moreau. Victoria volvió la mirada hacia la puerta. —No. Ahora parezco la mujer que va a quedarse con todo. Dentro de la habitación, Gael gritó su nombre. Victoria no se detuvo. La traición había comenzado aquella noche. La venganza también.

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