Plantada. 2

2667 Words
Sophie solo se abrazó a si misma sintiendo la suave tela que cubría sus brazos y se froto los brazos buscando guardar el calor, el frio de esa noche parecía que solo iba en aumento, la noche ideal para ser abandonada por su esposo. – ¿Está bien señorita? – pregunto uno de los hombres que la rodeo. – Si, muchas gracias por ayudarme con esos imbéciles, no sé qué me hubieran hecho si no hubieran intervenido. – asintió entrando en razón sobre que aún seguía rodeada y fue consiente en el peligro que estuvo. – Sé que París es una de las ciudades más seguras para visitar, pero no creo que sea bueno que una dama ande sola a estas horas. – el hombre alto se acercó un poco más a ella. Tuvo que levantar la cabeza para poder ver su rostro, jamás había conocido a un hombre que fueran tan alto y fácilmente era más alto que su esposo, quizás alcanzaba los dos metros, en sus pensamientos, comenzó a retroceder porque se sintió un tanto intimidada y termino pisando mal en la orilla de la acera perdiendo el equilibrio, por suerte el hombre tenía muy buenos reflejos y logro tomarla de los brazos para dejarla segura arriba de la acera, pero él bajo a la calle intentando acortar su altura aunque era casi imposible por mas altos que fueran los tacones de Sophie. – La verdad ya me iba a mi casa, pero estaba un poco mareada y decidí tomar un poco de aire, gran error. – lo vio a los ojos y eran muy oscuros. – ¿Tiene a alguien que pase a recogerla? – pregunto viendo hacia la izquierda. – No, llamaré a un taxi para que pase por mí porque no pienso seguir caminando, no después de este susto. – saco de su cartera el celular. – Señorita, déjeme encargarme de que llegue con bien a su casa. – movió su mano dando una señal. – No hace falta señor, le agradezco mucho que me salvará y a sus amigos también, muchas gracias... – sonrió mientras los veía – Pero no quiero molestar más y han hecho mucho por mí, que pena de verdad. – le vio con desconfianza un poco disimulada. – No es ninguna molestia e insisto en que deje que mi chófer la lleve a su casa... – vio como una limosina se detuvo frente a ellos – Puede confiar plenamente en él porque es un hombre honorable y de mi entera confianza, no me gustaría que siga tan expuesta en la calle y los taxista no son de tanta confianza. – abrió la puerta. – No creo que sea buena idea, ni siquiera sé cómo se llama y menos quien es, sería bastante estúpido de mi parte confiar ciegamente en usted. – retrocedió con mucha más desconfianza porque el auto estaba demasiado cerca a ella. – Perdona, mi nombre es James y puede confiar plenamente en mi chófer, es más seguro que viajar en un taxi y además es más cómodo. – puso la mano sobre su abdomen inclinándose hacia adelante un poco. – Gracias señor James, pero de verdad, preferiría irme en taxi porque no causaría más molestias. – se comenzó a poner más nerviosa porque los hombres la estaban viendo. – Se lo suplico señorita Marshall, permita que mi chófer la lleve a su casa sana y salva, no me sentiría cómodo dejando que se vaya sola después de todo lo que paso. – extendió su mano hacia ella. – ¿Sabe quién soy? – le extraño mucho porque ese hombre no parecía ser francés, menos con el acento tan marcado que tenía. – Claro, soy italiano, pero llevo viviendo mucho tiempo en París y he tenido el placer de asistir a varios de sus conciertos, es una magnifica violinista... – le tomo la mano jalándola hacia él con suavidad – Le pido un voto de confianza, soy un empresario y no un asesino ni un secuestrador, quiero estar seguro que usted llegué a su casa con bien. – le ánimo a entrar a la limosina. – Gracias por ayudarme... – se quitó la bufanda de los hombros – Y por prestarme su transporte para que pueda volver a casa. – tembló por el frío que sintió. – No tiene nada que agradecer señorita Marshall, no todos pueden presumir que se toparon con su artista favorito y que la salvaron de una situación incómoda, no sabe toda la dicha que siente mi corazón solo de tener la oportunidad de tenerla frente a mí, el placer de poder tocar su mano. – James volvió a ponerle la bufanda en los hombros. – Se lo agradezco mucho, de verdad y espero un día poder devolverle este favor tan grande que me hizo. – le tomo las manos con suavidad, eran tan grandes que sus manitas parecían las de una infante en comparación con las del hombre. – Yo me conformo con poder verla una segunda vez y que me acepte la invitación formal a un café... – le dio un beso en el dorso de la mano – Espero que su esposo no sea celoso. – sonrió de lado antes de que ella pudiera decirle algo. – Veremos si se da el encuentro nuevamente, por suerte no es celoso y creo que podrá entender que usted es mi salvador. – dejo sus manos sobre las de James aun tras haber recibido ese beso. Sophie entro al auto un tanto desconfiada todavía, pero no quería quedarse en medio de aquel lugar tan oscuro y menos con el frío que estaba haciendo, necesitaba llegar a casa lo antes posible y además el hombre parecía ser una buena persona aunque su presencia gritara en parlantes de aeropuerto que era peligro, que era uno de esos hombres de los que se debía escapar a toda costa, pero se sintió tan segura en sus manos que se concentró más en la apariencia de buena persona, al verla sentada cerró la puerta y le pidió al chófer que la llevara dónde ella quisiera, se despidió de Sophie moviendo su mano y así ella emprendió el viaje en aquella lujosa limosina que tenía calefacción. Le dijo al chofer el distrito y la residencial donde vía, no le iba a dar la información completa solo por precaución, podía confiar ligeramente en James porque la había salvado de aquellos tipos, pero eso no quería decir que confiaría ciegamente en el hombre que manejaba el vehículo y menos con esa cara de pocos amigos que tenía, el guardia de seguridad en la residencial dejo entrar la limosina cuando el chofer le dijo que la llevaba. – ¿Cuál es el número de su casa? – pregunto el hombre yendo lento por la calle. – Puede dejarme aquí, caminare a mi casa. – dijo Sophie quitándose la bufanda de los hombros. – El señor me va a matar si la dejo bajar en cualquier lugar, debo dejarla en la puerta de su casa. – el chofer la vio por el retrovisor. – No estoy en cualquier lugar, es la residencial donde vivo y a unas cuantas casas esta la mía. – vio por la ventanilla. – Señorita, no me haga ponerle los seguros a las puertas solo para que me diga cuál es su casa, me pidieron que la dejara en frente y que viera cuando usted entraba, yo voy a cumplir las órdenes. – especifico sin dejar de verla. – Casa ciento noventa y ocho. – susurro derrotada. Tal cual lo dijo, la dejo en frente de su casa y no se fue hasta que ella estuvo adentro, solo esperaba que no comenzaran a acosarla porque eso sería terrible, entro a la casa y toda aquella oscuridad comenzó a rodearla haciendo que Sophie se sintiera ser arrastrada al fondo de un profundo abismo del que sentia que no iba a poder salir tan fácilmente; se quitó los zapatos en la entrada y camino por la cerámica sintiendo como su piel se erizaba por lo fría que estaba, subió a su cuarto y dejo las prendas regadas por todo el suelo porque no le importaba nada de lo que fuera a reclamarle su esposo, sabía que le gustaba el orden en la casa y esa era una excelente forma de molestarlo. Ahora la idea de que Richard la estaba engañando se acababa de sentar en su interior y no parecía tan descabellada como en el primer momento en que escucho la teoría, volvió a la cocina solo para servirse un vaso de licor, quizás si se emborrachaba podría llegar a olvidarse de ese mal rato pasado, olvidarse por unas horas que su esposo la había dejado plantada en un bar. Dos vasos más de licor fueron su compañía hasta que escucho la puerta de enfrente ser abierta, desde la cocina tenia vista directa hacia la entrada y pudo ver a Richard llegar con el cabello húmedo, sin corbata y con el traje muy mal arreglado; Sophie se limitó a verlo dejar el maletín sobre uno de los sillones mientras alborotaba su cabello con la mano, termino lo que le quedaba de licor de un solo trago y bajo del taburete sintiéndose muy envalentonada para enfrentarlo cara a cara. – Sophie, no sabía que seguías despierta. – se sorprendió mucho al verla salir de la cocina. – Si, todavía sigo despierta pensando en si la velada con tu amante habrá sido mejor que la nuestra. – se cruzó de brazos manteniendo su distancia. – ¿De que estas hablando? – se sorprendió mucho con las palabras de su esposa. – Se supone que teníamos una cita hoy, a las siete de la noche y te estuve llamando porque quería saber si llegarías o no, de haber sabido que no, no hubiese perdido el tiempo arreglándome. – suspiro de forma pesada. – Sé que falle en eso, el trabajo se me complico mucho y no me quedo mucho tiempo para escribirte. – dejo caer sus hombros decepcionado. – Me gustaría que fueras sincero conmigo y me digas si tienes a otra persona, no me gusta mucho la idea de que me estés viendo la cara de idiota. – no se iba a andar con palabras rebuscadas para enfrentarlo. – No tengo una amante y me ofende mucho que me digas eso, me la he pasado trabajando y si ves mi cabello húmedo es porque me lo moje en el baño de mi oficina. – Richard se vio realmente ofendido. – Tus llegadas tarde, me has desplazado, no me escribes y no respondes mis llamadas ¿Qué esperas que piense con todo eso? – Sophie se molestó mucho porque algo le decía que estaba mintiendo. – Mi amor por favor, jamás te he dado motivos para que desconfíes de mí y te juro que he estado trabajando, sería incapaz de traicionar a la mujer que más amo en la vida. – le tomo las manos aun cuando ella se resistió un poco. – Júrame por tu vida que no me estas engañando. – lo vio a los ojos esperando que lo hiciera. – Te juro por ti, que eres lo que más amo, que no te estoy engañando, que sería incapaz de hacerlo porque te amo con la vida, por ti lo doy todo. – la sintió apretarle las manos con todas sus fuerzas. – No te creo una sola palabra. – sentencio alejándose del hombre. – ¿Qué quieres que haga para que me creas? – la siguió a la cocina – Me pondré de rodillas frente a ti para que me creas, no te estoy engañando. – la vio llevar el vaso al lavabo. – No hagas ridiculeces. – le vio de reojo comenzando a sentirse culpable. – ¡Te amo, te amo y si no lo hiciera no me hubiese casado contigo! – alzo la voz mientras la tomaba de las mejillas. – Te amo. – Sophie lo abrazo y en la garganta se le hizo un nudo. Sophie se paró de puntitas y atrapo los labios de su esposo en un beso pasional el cual lo tomo por sorpresa, pero aun así lo correspondió de la misma forma en que se le fue dado, ella dio un salto enrollando las piernas en la cadera de Richard mientras sus dedos se colaban en su cabello y es que Sophie quería sentir esa misma subida de deseo que sintió cuando ambos lo hicieron por primera vez, la misma adrenalina que sentia cada vez que él llegaba del trabajo y la buscaba desesperado por llevarla a la cama sin importarle que dejara la cena a medio cocinar, quería estar realmente segura de que su esposo no la estaba engañando y que solo eran días malos en la empresa que pronto iban a pasar. – Has estado bebiendo mucho. – comento él tras cortar el beso. – Deja eso, vamos al sofá y me haces el amor. – jadeo mientras repartía besos en el cuello del hombre. – ¿Cuántas veces tengo que decirte lo mismo? la cama se hizo para dormir y para hacerle el amor a la esposa, es ridículo que quieras hacerlo en la sala o en la cocina... – se alejó de ella – No me dejes marcas, eso es obsceno ¿Qué van a decir de mí en la empresa? – junto sus cejas. – Debería importarte más lo que yo piense y no la opinión de tus empleados. – Sophie se enojó de nuevo. – No te enojes mi vida, se paciente y vamos arriba. – rodeo sus brazos en la cintura de ella. – Sube las gradas rápido, te necesito. – no podía estar peleando todo el tiempo con él. Richard se dio media vuelta y subió al segundo piso disfrutando de los besos pasionales de su esposa, pero algo faltaba en esa ecuación de deseo y es que Sophie no sentía la erección de su esposo presionarse contra su intimidad como siempre que lo provocaba, cuando llegaron a la cama decidió tomar el mando quedándose arriba y comenzó a mover su cadera en busca de excitarlo, quería a Richard en esos momentos, pero nada de lo que hizo logró hacer que se animará y eso fue un duro golpe para el ego de Sophie porque en el pasado solo había necesitado de un buen beso para tener encima a su esposo quitándole la ropa. – Mi cielo, creo que el cansancio no me va a dejar actuar. – Richard se veía bastante avergonzado. – Descuida, yo entiendo que esto pase. – Sophie sonrió forzadamente para animarlo. – Te juro que cuando descanse lo suficiente te haré el amor como más te gusta. – se sentó y le dio un beso. – Te dejó descansar, iré al estudio a practicar un poco porque no tengo sueño. – bajo de la cama tratando de disimular su frustración. – Sophie por favor no te enojes conmigo, sabes que la edad también influirá mucho en nuestra relación, estoy más cerca de los cuarenta y con todo el estrés que estoy pasando se me es difícil. – dijo sosteniéndole la mano. – Sabía eso cuando me casé contigo y lo acepte porque te amo. – le dio un tierno beso antes de salir. Cerró la puerta tras ella y se quedó pegada a la madera sintiendo nuevamente un nudo en la garganta porque una jodida voz en su interior no dejaba de repetir que eso no era a causa de la edad, ni tampoco del cansancio por el trabajo, Richard ya no la estaba deseando como mujer y ella no podía hacer nada contra eso. La idea de que estaba perdiendo su matrimonio se le comenzó a hacer cada vez más palpable y eso le daba mucho miedo, por un lado porque no tenia a nadie en ese país, Richard era su única familia y si se divorciaba no tenia idea que iba a ser de su vida sola.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD