Capítulo 11. Peluquero de perros.

1296 Words
La ciudad se veía distinta bajo las luces de los faroles y la neblina. Eran las tres de la mañana cuando Elías divisó el sedán oscuro sin matrículas zigzagueando por la avenida principal. Con un movimiento experto, encendió las sirenas, el auto se orilló a escasos metros. En cuanto Elías bajó de la patrulla, el conductor no esperó. Abrió la puerta y salió disparado hacia un callejón oscuro. Elías no lo dudó, tomo su radio y presionó un botón. —“¡Unidad 14 en persecución a pie!”, sospechoso caucásico, camisa blanca y pantalones azules. Corrió con el peso del cinturón golpeándole la cadera, sintiendo la adrenalina quemar. —¡Deténgase ahora!. Lo alcanzó justo antes de una reja metálica. El forcejeo fue sucio. El tipo era joven, fuerte y estaba desesperado. En el intercambio de golpes, el sospechoso lanzó un codazo ciego que impactó de lleno en la ceja de Elías. Él lo tacleó contra el pavimento y lo mantuvo allí hasta que llegaron los refuerzos. Otros dos policías lo ayudaron a someterlo. Cuando la ambulancia llegó, el sospechoso estaba aturdido tras recibir una descarga eléctrica necesaria para calmarlo. —¿Por qué huyó?. —Lo siento oficial, estaba asustado. —¿Tiene drogas en el auto?. —Tengo una orden de arresto. Un paramédico se acercó a Elías, quien tenía el rostro manchado de rojo y el pulso acelerado. —Oficial, tiene un corte en la ceja, ¿Quiere atención médica?. —Estoy bien —dijo Elías. —Parece una herida profunda. —No es nada— Afirmó Elías. Se limpió la sangre como pudo y regresó a la comisaría para el papeleo. Tres horas después, Elías subía las escaleras de su edificio. El lugar estaba en silencio, pero al llegar a su piso, escuchó el canto de Emma, estaba regando sus plantas de la entrada. Estaba ahí, con una camiseta manchada de pintura y el cabello revuelto; al parecer, el insomnio creativo la mantenía despierta. —Oficial ya esta a…— se quedó muda al verlo y se acercó a él como una ráfaga de viento, impactando contra su pecho. —¿Estas herido?. Elías frunció el ceño y llevó su mano a su ceja, un dolor agudo le hizo fruncir el ceño, casi había olvidado el golpe que le habían dado. —No es nada— respondió él. —Estás sangrando— dijo ella apartando su mano al ver que la herida estaba fresca. —Tenemos que curarte— dijo tomándolo de la mano y jalándolo a su departamento. Sus dedos pequeños y cálidos contrastaban con la frialdad del uniforme. Elías quiso protestar, pero la determinación de Emma lo desarmó. Entró en el apartamento de ella, sintiéndose un gigante torpe en medio de plantas y pinceles. Ella lo obligó a sentarse en el sofá y sacó un botiquín. Mientras limpiaba la herida con cuidado, Elías notó que a Emma le temblaban las manos y que sus ojos se humedecían. —¿Estás llorando? —preguntó él, extrañado por esa reacción. —Es que…casi olvido lo peligroso que es, mientras yo duermo tú…tú estas ahí afuera haciendo quien sabe que.—dijo ella, secándose una lágrima con el dorso de la mano—. ¿Y si hubiera sido peor?. Elías soltó una risa seca, aunque por dentro algo se removió. —No pasa nada, Emma. Esto no es la primera vez, para mí es solo un raspón. Alguien tiene que atrapar a los malos, ¿Recuerdas?— Preguntó con ganas de abrazarla y consolarla, era raro verla llorar. Emma terminó de limpiar la herida y lo miró con una seriedad que le robó el aliento. —Pues mejor búscate un empleo como peluquero de perros. Es mucho más seguro, en la veterinaria de la esquina están buscando uno. Elías soltó una carcajada auténtica, la primera en semanas. —No creo que haya nacido para eso, Emma. Los perros me muerden más que los delincuentes. Ella sonrió levemente, guardando las cosas. Por un momento, el silencio en la cocina fue distinto. —Estarás bien, ¿verdad? —preguntó ella mirándolo fijamente, el era un tipo alto y fornido, pero eso no lo hacía inmune. —Estaré bien —le aseguró él. Y desde hacía mucho tiempo, sintió que tenía una razón para que esa promesa fuera cierta. Los días siguientes, Emma lo esperaba con un rostro preocupado, pero él estaba cumpliendo su promesa y siempre volvía sano y salvo. A veces tomaban café, otras solo hablaban de cualquier cosa y otras desayunaban en silencio mirándose el uno al otro. Hasta que un viernes por la tarde, cuando el sol en Fontana caía con un peso anaranjado sobre el edificio. Elías salía de su departamento, ajustándose el reloj de pulsera. Había dormido bien, y estaba listo para ir a trabajar, al mismo tiempo, el sonido de la cerradura del 3B resonó en el pasillo. Emma salió como si acabara de escapar de un anuncio de moda. Llevaba un vestido ajustado de color terracota que resaltaba sus curvas y el cabello cayendo en ondas suaves sobre sus hombros. Al verlo, sus ojos se iluminaron y su sonrisa habitual apareció, aunque esta vez tenía un toque de nerviosismo. —Oficial— dijo ella. —¿Listo para atrapar a los malos?. Elías solo asintió, deteniéndose a mitad del pasillo. Sus ojos recorrieron a Emma de arriba abajo antes de que pudiera frenarse —. Te vez…diferente. —¿Me veo bien?, ¿Es exagerado?. Elías negó, ella se veía hermosa. —Te vez bien, ¿Vas a una cita o algo parecido?—Preguntó deseando una respuesta negativa de su parte. Caminaron juntos hacia el elevador, el sonido de las botas de él y los tacones de ella creando un ritmo extraño en el silencio del edificio. —Algo parecido —admitió ella, jugando con su bolso—. Una de mis amigas, organizó una cita doble. Dice que paso demasiado tiempo hablando con mis plantas y dibujando hombres imaginarios. No quería ir, de verdad, pero tengo que apoyarla. Ella no tiene mucha suerte en el amor y me rogó que la acompañara, al parecer tiene miedo o algo parecido. El elevador llegó y las puertas se abrieron. Elías entró primero y se apoyó contra la pared metálica, observando a Emma bajo la luz amarillenta de la cabina. —Pobre hombre —se burló él, aunque su tono tenía un filo que intentaba ocultar—. Intenta no volverlo loco con tus teorías sobre el clima o el Feng Shui. Deja que el tipo hable un poco, ¿quieres?. Emma le dio un empujoncito juguetón en el brazo y entró al elevador. —¿Qué dices?, Soy una excelente conversadora. Además, si se asusta con un poco de alegría, entonces no es el tipo de persona que me interesa. —Creí que dijiste que eras fea. —Si bueno, es una cita a ciegas, el pobre no tendrá a donde huir así que…tengo que aprovechar supongo. Elías soltó una risa seca, pero por dentro, el estómago se le revolvió. La idea de Emma sentada frente a un extraño, sonriéndole de esa forma que desarmaba a cualquiera, le resultaba insoportable. En absoluto era fea. —Entonces…¿Estas buscando a alguien?. —No precisamente—Respondió ella. —Pero puede que sea mi príncipe azul, ¿No crees?. —O puede que no—Murmuró él. —Estoy un poco nerviosa, ¿En serio me veo bien?—Preguntó ella mirándose en el reflejo del elevador. —Te vez hermosa. —Gracias. Se despidieron en el estacionamiento; ella se subió a su pequeño coche con un gesto de despedida y él se montó en su auto, apretando el volante con más fuerza de la necesaria.
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