Al día siguiente, la escena se repitió. Y a la siguiente también.
Era la tercera mañana consecutiva que Emma lo esperaba en el pasillo. Esta vez no había comida, solo ella, sentada en el suelo con la espalda contra la pared, mirando hacia el techo.
Elías se quedó mirándola, ella era todo un enigma. —¿Acaso tú no duermes? —preguntó Elías, deteniéndose frente a ella. Esta vez ni siquiera intentó sonar rudo; solo estaba genuinamente desconcertado—. Emma, son las seis de la mañana. ¿Por qué estás despierta tan temprano todos los días? Tú trabajas desde casa, podrías dormir hasta mediodía si quisieras, ¿Acaso te duermes muy temprano?.
Emma bajó la vista y lo miró. Por primera vez, Elías notó que las ojeras de ella no eran por el trabajo. Había una sombra en su mirada, una grieta en esa armadura de alegría constante que siempre llevaba puesta.
—Tengo problemas para conciliar el sueño —confesó ella en voz baja. Ya no había rastro del tono gracioso o de las quejas sobre el clima—. No es que no quiera dormir, es que, cuando el edificio se queda demasiado callado, el silencio empieza a hacer demasiado ruido, las pastillas para dormir, me alteran el ánimo, así que…no las he tomado.
Elías conocía esa sensación. Era la misma que lo obligaba a él a encender la televisión solo para tener ruido de fondo, la misma que le hacía preferir el caos de las patrullas nocturnas al vacío de su propia cama.
Por eso se había cambiado de turno, trabajar de noche, era mas fácil.
—El silencio es traicionero —dijo Elías, casi para sí mismo.
—Lo es —asintió ella, recuperando un poco de su sonrisa, aunque esta vez era más tenue—. Por eso espero a que llegues. El sonido de tus botas en el pasillo… no sé, me hace sentir que el mundo ha vuelto a arrancar. Es como una señal de que ya es seguro volver a la rutina, de seguro piensas que soy rara.
Elías la observó en silencio. No le parecía rara, solo era alguien que, al igual que él, estaba luchando contra sus propios fantasmas, solo que ella había elegido combatirlos con color y él con sombras. Por primera vez, no sintió que ella fuera una intrusa, sino una compañera de naufragio en ese edificio de Fontana.
—Entra —dijo él, abriendo la puerta—. No vamos a quedarnos aquí fuera analizando el insomnio, hagamos algo de café, ¿Ya desayunaste?.
—No, ¿Vas a cocinar?.
—Si, ayer compré unas cosas.
—¿Qué?, ¿Nuevos hábitos o qué?—Preguntó Emma muy sorprendida.
—Solo es comida— respondió él abriendo la puerta de su departamento y dejándola pasar.
Esa mañana, mientras el café se filtraba, Elías cocinaba como todo un experto, mientras que Emma lo observaba, tenía muchas ganas de preguntarle, ¿Qué le había pasado a alguien como él para terminar solo y amargado?, pero temía volver el momento incómodo, algunas cosas vuelven a doler cuándo se mencionan, ella lo sabía mas que nadie.
Elías dejó el desayuno sobre la mesa y le hizo una taza de café. No era un experto en refrigeración, pero años de vivir solo y de patrullar calles donde tienes que aprender a arreglar desde una patrulla hasta una cerradura forzada le habían dado manos hábiles y ciertos conocimientos.
—No es el silencio lo que no te deja dormir, Emma —dijo él, tratando de recuperar su tono pragmático—. Es ese horno que llamas apartamento. Nadie descansa con esta temperatura. Terminemos de desayunar y luego me enseñas dónde está la unidad de control de tu aire acondicionado.
Emma lo miró con sorpresa, sus ojos brillaron de inmediato. —Te lo agradezco.
Una vez que terminaron, ella lo guio hacia su “santuario”.
Cruzar el umbral del apartamento 3B fue, para Elías, como entrar en otra dimensión. Si su casa era un desierto de sombras, la de Emma era un jardín botánico en pleno apogeo. Había plantas colgando de las esquinas, estanterías repletas de libros con lomos coloridos y paredes cubiertas de bocetos, ilustraciones y fotos de paisajes. El aire olía a una mezcla de frutas, jazmín y ese aroma a melocotón que parecía emanar de la piel de ella.
—Entonces si lo arreglaste ¿No?— Preguntó él al ver que no había rastro de aquel departamento abandonado y tétrico.
—Hice lo que pude, perdona el desastre —dijo Emma, aunque no sonaba muy arrepentida—. Es un “caos organizado”, como dice mi madre.
—Te quedo bien.
—Gracias, solo necesitaba un poco de amor.
Elías no respondió; estaba demasiado ocupado asimilando lo acogedor que se sentía aquel lugar. Era un hogar, no solo una caja donde guardar cosas. Ella lo llevó hasta un pequeño armario en el pasillo donde se encontraba el sistema central.
—Lleva dos días haciendo un ruido como si hubiera un gato atrapado dentro, y luego simplemente deja de soplar aire frío —explicó ella, pasándole una linterna pequeña—. He probado a hablarle con cariño, pero no ha funcionado.
Elías soltó un bufido mientras se quitaba la parte superior del uniforme, quedándose solo con la camiseta gris de algodón que se ajustaba a su espalda.
Emma trago saliva al ver como se le marcaban los músculos.
Él se arrodilló frente a la rejilla, sus hombros anchos llenando casi todo el espacio del pasillo. Emma se quedó de pie justo detrás de él, observando cómo movía las manos con seguridad.
—Tengo curiosidad— dijo ella. —Tú debes ser muy popular entre las chicas, pero nunca te he visto con una, acaso, acaso tú eres…
—Ni siquiera lo digas— la interrumpió Elías. —Por ahora no me interesa una relación, eso es todo.
—Aaaa, si, lo supuse.
—Es el filtro —sentenció Elías tras unos minutos, sacando una rejilla completamente obstruida por el polvo y la pelusa—. Y parece que el condensador está congelado porque intentaste forzarlo a 16 grados.
—Tenía calor —se defendió ella, aunque estaba fascinada viendo cómo él desarmaba la pieza con una herramienta que había traído de su propio apartamento.
—Ahora yo te tengo una pregunta—Dijo él sin mirarla a la cara. —El chico del otro día, ¿Es tu novio o algo parecido?.
—¿El del otro día?, a, no, es solo un amigo, no tengo novio, soy demasiado fea como para gustarle a los hombres.
Elías entonces si la miró. —¿Estas siendo modesta?.
—Es que no tengo pretendientes—Confesó ella.
—En serio no sé si bromeas o no.
—No entiendo— dijo ella.
—El otro día, el tipo del cable te estaba coqueteando, ¿Acaso no te diste cuenta?.
—¿Qué?, claro que no, solo estaba siendo amable.
—Debes de poner mas atención, los hombres no son amables con las mujeres sin otra intención oculta.
—Tú estas siendo amable justo ahora.
—Si…pero, es diferente.
—¿Cómo?.
—Yo estoy siendo amable porque tú eres amable conmigo, es recíproco, no es que haya otras intenciones— explicó él volviendo a trabajar.
—A, entiendo.
—No importa, solo, no seas tan despistada.
—Okey.
Elías se movía con una eficiencia silenciosa. No se quejaba del calor, ni del polvo. Había algo en su forma de trabajar, concentrada y decidida, que proyectaba una seguridad absoluta. Era el “hombre que resuelve”, ese que no necesita muchas palabras porque sus acciones hablan por él.
Emma lo miraba en silencio. Desde esa distancia, podía ver la tensión en sus antebrazos y la cicatriz antigua que cruzaba uno de sus codos. Elías no solo estaba arreglando un aire acondicionado; estaba, por primera vez, cuidando de ella.
—Listo —dijo él, volviendo a colocar la tapa con un golpe seco—. En diez minutos esto empezará a enfriar. Pero no lo bajes de 22, Emma. Dale un respiro a la máquina.
—Entiendo.
Se puso de pie y se giró. La cercanía fue repentina. El pasillo de Emma era estrecho, y Elías era un hombre imponente. Sus miradas se cruzaron a escasos centímetros. Él podía ver el brillo del sudor en la frente de ella y Emma podía sentir el calor que desprendía el cuerpo de él tras el esfuerzo.
—Eres muy alto— Murmuró ella.
—O este lugar es muy pequeño.
—Gracias, Elías —susurró ella, y por una vez, su voz no tenía ese tono bromista, sino una gratitud genuina que lo desarmó—. De verdad.
Elías asintió, sintiéndose extrañamente expuesto en aquel apartamento tan lleno de vida.
—Ahora podrás dormir —dijo él, aunque una parte de él se preguntaba si ahora que ella descansaría, dejaría de esperarlo en el pasillo a las seis de la mañana.
Caminó hacia la salida, pero se detuvo frente a la mesa donde Emma tenía sus dibujos. Allí, entre varios papeles, vio un boceto rápido de un hombre de perfil, con mandíbula firme y mirada dura, vestido con un uniforme de policía. No era una caricatura; era él, dibujado con una suavidad que nunca creyó poseer.
No dijo nada. Salió del apartamento sintiendo que el aire frío empezaba a fluir, pero que algo dentro de él se estaba calentando de una manera que no podía arreglar con herramientas.