(Unos días después…)
Elías subió las escaleras del edificio con un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con el cansancio del turno. Esa mañana, al llegar y ver el pasillo vacío, el silencio que tanto había amado se sintió como una bofetada. No estaba el olor a café, ni esa risa que mas que irritarlo, lo calmaba.
Apenas pudo cerrar los ojos en todo el día. Cada vez que un coche pasaba por la calle, se asomaba por la persiana esperando ver el vehículo de Emma. A las dos de la tarde, finalmente escuchó el motor y los pasos lentos, pesados, nada parecidos a su ritmo habitual. Elías se quedó sentado en el borde de la cama, debatiéndose entre su instinto de protección y su miedo a cruzar la línea.
Emma no había estado estos últimos días, lo último que dijo fue: —Hubo un problema en casa, ¿Puedes cuidar mis plantas en lo que vuelvo?.
Finalmente, antes de ponerse el uniforme para el nuevo turno, no pudo más. Salió al pasillo y llamó a la puerta del 3B.
Cuando Emma abrió, el mundo de Elías se detuvo unos segundos. No había rastro de la chica llena de alegría. Tenía el rostro pálido, el cabello revuelto y los ojos inyectados en sangre de tanto llorar. La luz que siempre emanaba de ella se había apagado por completo.
—¿Emma?, ¿Estás bien? —preguntó Elías, y su voz de oficial desapareció, dejando solo al hombre preocupado.
Ella intentó hablar, pero el labio le tembló y un sollozo desgarrador escapó de su garganta.
—No… lo siento—logró decir entre lágrimas—. Mi madre… esta, delicada de salud, no quería molestarte, ¿Hice mucho ruido?.
—¿Qué?, no, ya casi empieza mi turno.
—A, ¿Ya es tan tarde?....yo…
No pudo terminar la frase. Elías, sin pensarlo, dio un paso adelante y la rodeó con sus brazos. Fue un abrazo instintivo, fuerte, envolvente. Por primera vez, sintió lo pequeña que era ella y cómo encajaba perfectamente bajo su mentón. Emma se aferró a su camiseta gris, escondiendo el rostro en su pecho y empapándolo con sus lágrimas.
—Shh… tranquila. Estoy aquí —susurró él, acariciándole el cabello con una ternura que creía muerta—. Por favor no llores.
Se quedaron así un largo rato, en el umbral de la puerta, rompiendo por fin todas las barreras que los separaban.
A la mañana siguiente, los papeles se invirtieron. Elías no esperó a entrar en su casa. Al terminar el turno, pasó por una cafetería abierta las veinticuatro horas y compró el mejor desayuno que pudo encontrar: fruta fresca, pan caliente y un café cargado.
Caminó por el pasillo y, con el corazón latiéndole con fuerza, tocó suavemente la puerta del 3B. Esta vez, era él quien esperaba. Cuando ella abrió, todavía con rastros de tristeza pero con una mirada de sorpresa, Elías levantó la bolsa.
—Hoy me toca a mí —dijo él, con una media sonrisa tímida—. Vamos, Emma. Necesitas comer algo si quieres tener fuerzas para ir al hospital.
Ella lo dejó pasar, y mientras desayunaban en el comedor lleno de plantas y bocetos, Elías se dio cuenta de que ya no había vuelta atrás. Aquella chica alegre se había convertido en su prioridad, y su dolor le dolía más de lo que se permitía admitir.
—¿Qué harás hoy?—Preguntó al verla tan callada, no soportaba ese silencio.
—Debo ir al hospital, mi papá tiene que descansar así que me quedaré esta noche ahí.
Elías asintió. —Entiendo.
El edificio en Fontana se había vuelto a convertir en lo que era antes de que Emma llegara: una caja de cemento y silencio. Durante esos días, Elías se descubrió a sí mismo abriendo la puerta solo para comprobar que el pasillo seguía vacío. El silencio, que antes era su refugio, ahora le pesaba como un chaleco antibalas mojado.
Una tarde, mientras Elías terminaba de ajustarse el cinturón de servicio y se preparaba para salir al turno nocturno, escuchó el sonido de unas llaves y el tintineo de un juego de llaves lleno de llaveros. Su corazón dio un vuelco que no pudo ocultar bajo el uniforme.
Salió al pasillo justo cuando Emma abría su puerta.
Se veía distinta. El cansancio en sus ojos seguía ahí, pero la palidez había desaparecido. Llevaba un vestido azul claro y, por fin, esa luz que parecía nacer de su piel había vuelto.
—Emma.
Ella se giró para verlo y sonrió —¡Hola, vecino!.
Los hombros de Elías se relajaron al ver que ella estaba mejor.
—¿Cómo está todo?.
—Mi madre está mucho mejor —respondió ella, dando un paso hacia él—. Los médicos dicen que ha pasado lo peor. El tratamiento está funcionando y ella ya está bromeando con las enfermeras. Quería quedarme un poco mas, pero mi padre no lo aceptó, y honestamente tengo mucho trabajo que hacer, no estaría aquí si supiera que mamá no está mejorando.
Emma ladeó la cabeza y lo observó con una chispa de travesura en los ojos, recuperando su esencia juguetona.
—Dime la verdad, Thorne… ¿Me extrañaste? ¿O celebraste que nadie te molestara?.
Elías apretó los labios, luchando contra la sonrisa que amenazaba con traicionarlo. Rodó los ojos y ajustó su placa.
—En absoluto —mintió con una naturalidad profesional—. El silencio ha sido gratificante. He podido dormir como un bebé.
Emma soltó una carcajada, esa risa que Elías se dio cuenta de que había necesitado escuchar más que el aire mismo.
—Eres un mentiroso horrible, Elías —le dijo ella, acercándose un poco más. —Frunces el ceño cada que mientes.
—Me asusta que me conozcas tanto—admitió él, suavizando el tono—. Pero me alegra de verdad que tu madre esté bien.
—Si, no te quito mas el tiempo, se te hará tarde.
Elías asintió y dio la vuelta para caminar hacia el ascensor, pero a mitad del pasillo se detuvo. No podía irse así. No después de haber sentido el vacío de su ausencia. Se giró ligeramente, lo suficiente para que ella viera que su mirada ya no era la de un ermitaño.
— Emma… —hizo una pausa, buscando las palabras—. También me alegra verte de nuevo, si te extrañé.
No esperó respuesta. Entró en el ascensor y las puertas se cerraron, dejándolo solo con el reflejo de su uniforme en el metal. Pero esta vez, el hombre que le devolvía la mirada no parecía tan frío. Elías Thorne estaba volviendo a la vida, y la responsable estaba al otro lado de la pared, probablemente sonriendo debido a su sinceridad.
El domingo amaneció con un silencio inusual para Elías. Sin el uniforme, sin el peso del arma y sin la presión del turno nocturno, se sentía extrañamente fuera de lugar en su propia casa. Estaba parado en la cocina, mirando el refrigerador vacío, cuando el familiar y rítmico toque en su puerta lo sacó de sus pensamientos.
Al abrir, Emma estaba allí, radiante con un mono de lino color verde y una camisa blanca debajo, y en su mano una lista de papel que agitaba con entusiasmo.
—Voy al supermercado, porque mi despensa parece un desierto. ¿Quieres que te traiga algo?.
Elías se rascó la nuca, mirando por encima del hombro su cocina minimalista y deprimente, sus domingos solía pasarlos encerrado mirando noticias o películas a las que no les prestaba atención.
—Iré contigo —soltó él, sorprendiéndose a sí mismo—. Necesito comprar un par de cosas, así que…
—¡Genial!, domingo de compras— dijo Emma con entusiasmo.