Capítulo 14. Un día libre.

1118 Words
El supermercado de Fontana estaba lleno de familias dominicales, pero ellos caminaban a un ritmo distinto. Elías empujaba el carrito con la misma seriedad con la que conducía su patrulla, mientras Emma revoloteaba entre los estantes, echando cosas dentro con una energía caótica. —Elías, mira el precio de estos aguacates. Es un insulto —dijo ella, frunciendo el ceño y mostrándole dos piezas de fruta—. Pero me gusta mucho el guacamole, los necesitamos. —“Necesitamos” es una palabra muy fuerte, Emma —respondió él con una media sonrisa, aunque depositó los aguacates en el carrito—. Y el detergente que llevas no rinde nada. Compra el que tiene tapa azul, es el que usamos en la estación, quita cualquier mancha. —¿De verdad?. —Si. Caminaban por el pasillo de artículos para el hogar, discutiendo sobre cuales toallas eran más suaves, cuando una promotora con una bandeja de muestras de suavizante de telas les cerró el paso. —¡Buenos días! —dijo la mujer con una sonrisa profesional y melosa—. Tienen que probar este nuevo aroma “Brisa de Primavera”. Una pareja tan joven como ustedes necesita que sus sábanas huelan a gloria después de un largo día de trabajo. ¡Es ideal para el hogar!. El impacto de la palabra “pareja” cayó entre ellos como una granada de humo. Elías se puso rígido, su mano se apretó en el manubrio del carrito. Emma, por primera vez, se quedó sin palabras rápidas, sintiendo cómo el calor subía por su cuello. —Ah… no, nosotros no… —empezó Emma, moviendo las manos con nerviosismo—. No estamos… o sea, él es mi vecino. —Sí, ella vive en el B y yo en el A —añadió Elías con una voz demasiado profunda, tratando de sonar lógico, pero fallando estrepitosamente—. Solo compartimos… el pasillo, y el café. La promotora los miró con una ceja levantada, alternando la vista entre la mano de Emma que, inconscientemente, seguía apoyada en el brazo de Elías, y la forma en que él la protegía sin darse cuenta. —Claro, claro, bueno, pues cuando se casen, vuelvan por uno de estos—dijo la mujer con una sonrisa. —Aquí tienen su muestra. Emma tomó el sobrecito de plástico con los dedos temblorosos y Elías aceleró el paso del carrito casi atropellando una pirámide de latas de conserva. No hablaron hasta que llegaron al pasillo de los congelados, donde el frío del ambiente ayudó a bajarles el rubor. —“Pareja” —susurró Emma, soltando una risita nerviosa para romper el hielo—. ¿Te imaginas? Si fuéramos pareja, ya habrías confiscado mis pinturas por “obstrucción de la paz”. Elías miró el carrito. Había una mezcla extraña de sus cosas y las de ella: su café n***o y fuerte junto a los cereales de colores de Emma; su detergente industrial junto a las flores frescas que ella había insistido en comprar. Parecía, efectivamente, el mercado de una vida compartida. —Hubiera confiscado ese flamenco de plástico hace semanas —respondió él, pero su tono era suave, casi íntimo. Emma lo miró de reojo, sonriendo con una ternura que le encogió el corazón a Elías. Ese domingo, entre ofertas de 2x1 y pasillos de limpieza, el oficial Thorne se dio cuenta de que la idea de estar “atrapado” con la vecina del 3B no era, ni de lejos, la peor condena que podía imaginar. Después de las risas incómodas en el supermercado, compraron un par de hamburguesas y regresaron al edificio. Elías terminó en el departamento de Emma, rodeado de sus cuadros y sus plantas, sintiéndose extrañamente cómodo en ese caos lleno de vida. ……... —¿De terror? ¿En serio? —Elías arqueó una ceja, mirando la pantalla del televisor, después de comer Emma propuso ver una película de terror —. Ayer casi saltas por la ventana porque un gato maulló en el pasillo, me despertaste por eso. —¡Si, y es por eso mismo! —replicó ella, acomodando unos cojines en el sofá—. Me encantan, pero nunca las veo porque estar sola después es peor. Pero hoy estás aquí. Eres un oficial de policía. Si un fantasma sale de la tele, puedes leerle sus derechos o algo. Elías soltó un suspiro, pero se sentó a su lado. Durante los siguientes noventa minutos, él se limitó a observar la trama con ojos clínicos, analizando lo poco realistas que eran los efectos, mientras Emma vivía una auténtica tortura voluntaria. Estaba aterrada; se tapaba los ojos con las manos pero dejaba un espacio entre los dedos, se encogía cada vez que la música subía de tono y, en los momentos de más tensión, terminaba apretando el brazo de Elías con una fuerza sorprendente. Al final de la noche, Emma parecía haber corrido un maratón. —Bueno… no estuvo tan mal —mintió ella con voz temblorosa mientras lo acompañaba a la puerta. —Cierra bien la puerta y las ventanas. Ve a dormir —respondió él con una media sonrisa—. Y si viene un fantasma a verte, mejor no le abras. Elías volvió a su apartamento, se quitó los zapatos y se tumbó en la cama, disfrutando del silencio. O eso creía. Cerca de la medianoche, el timbre de su puerta rompió la calma. No era un timbre insistente, sino uno suave, casi tímido. Al abrir, se encontró con Emma. Llevaba un pijama de seda y sostenía una almohada contra su pecho como si fuera un escudo. Tenía los ojos muy abiertos y miraba hacia el pasillo oscuro detrás de ella con auténtico pánico. —No puedo dormir —susurró—. Cada vez que cierro los ojos, veo la cara de la niña del pozo. Y el refrigerador hizo un ruido extraño y… Elías, tengo mucho miedo. Elías se frotó la sien con los dedos, soltando un suspiro de resignación. Se arrepentía profundamente de haber cedido con esa película. —Te lo dije, Emma. Te dije que no era buena idea. —Lo sé, soy una tonta —dijo ella con un hilo de voz—. ¿Puedes… no sé, revisar que no haya nada debajo de mi cama?. —¿Lo dices en serio?. Emma asintió. —En serio, ¿Cómo has sobrevivido sola hasta ahora?. —Oye, podría preguntar lo mismo. Elías la miró un momento. Podría decirle que no, que era una tontería, pero verla tan vulnerable le impedía ser el oficial frío de siempre. —Está bien. Te acompañaré hasta que te duermas. Pero solo hasta que te duermas.
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