Capítulo 15. Solo agua.

1318 Words
Regresaron al 3B. Emma se metió en la cama, hundiéndose bajo las sábanas hasta la nariz, mientras Elías buscaba una silla. Al no encontrar una cómoda, terminó sentándose en el borde de la cama, dándole la espalda pero lo suficientemente cerca para que ella sintiera su presencia. Tomó uno de los libros de arte que ella tenía en la mesa de noche y empezó a pasar las páginas bajo la tenue luz de la lámpara. El silencio en la habitación era distinto al de las mañanas de café. Era íntimo. Emma no dormía; lo observaba. Miraba la línea firme de su espalda, la forma en que su mandíbula se tensaba mientras leía y cómo sus manos grandes pasaban las hojas con cuidado. Elías era muy atractivo. Sintió un calor en el pecho que no tenía nada que ver con el clima de Fontana. Quería decirle que se había enamorado de sus silencios tanto como de sus pocas palabras. Pero el miedo a romper ese frágil puente que habían construido la estaba haciendo guardar ese secreto solo para ella. —Elías —susurró ella. —Duerme, Emma —respondió él sin apartar la vista del libro, aunque su voz sonó más ronca de lo habitual—. Aquí no hay fantasmas. Solo estamos tú y yo. Ella cerró los ojos, dejándose arrastrar por la seguridad que emanaba de él, deseando que esa noche no terminara nunca. Una hora después, Elías cerró aquel libro y miró a Emma, ella estaba totalmente dormida, en esa calma tan pacífica, ella se veía, hermosa, vulnerable como una flor. Elías se puso de pie con cuidado y salió del departamento de Emma, asegurándose de cerrar bien. A la mañana siguiente, Elías aprovechó su mañana para lavar su ropa, mientras que Emma terminaba algunos trabajos pendientes. La tarde transcurrió con normalidad, mientras Elías caminaba por el pasillo para ir al trabajo, Emma salió de su apartamento como una ráfaga. —Ten una linda noche, y no te metas en problemas. Elías solo sonrió. —Haré mi mejor esfuerzo. Subió a su auto y condujo hasta la estación, donde empezo su turno. Todo parecía pintar bien, hasta que… Una llamada de Emma, lo hizo ir a su apartamento. Al llegar, encontró el pasillo con agua filtrándose por debajo de su puerta. El administrador le explicó que una tubería vieja había colapsado, y Emma estaba allí, con un trapeador en mano, tratando de secar el agua qué amenazaba con ir a su departamento. —Es solo agua, Elías. Podría ser peor —intentó consolarlo ella cuando él abrió su puerta y vio el desastre, pero él solo gruñó, tirando su chaqueta sobre una silla seca. Tuvo que pedir permiso en el trabajo o todas sus cosas se dañarían. Emma apareció con guantes de goma y cubos para el agua. Elías, aunque todavía irritado por el desastre en su suelo de madera, la dejó pasar. Trabajaron en silencio durante una hora, moviendo muebles y secando las esquinas donde el agua se había estancado. Fue entonces cuando ocurrió. Emma estaba limpiando el polvo de un mueble, y sus ojos se posaron en el marco de plata que Elías nunca movía. —Es muy guapa —dijo Emma en voz baja, sosteniendo la foto de Sara—. ¿Es tu hermana?. Elías se detuvo, con un paño húmedo en la mano. La rigidez volvió a sus hombros de inmediato. —Era mi prometida —respondió con una voz plana, carente de emoción. Emma sintió un vuelco en el corazón. Sabía que había una sombra en el pasado de Elías, pero ponerle nombre y rostro lo hacía mucho más real. Con una cautela infinita, como quien camina sobre cristales rotos, preguntó: —¿Qué le pasó? Si no quieres hablar de eso, lo entiendo. Elías guardó silencio tanto tiempo que ella pensó que la echaría del apartamento. Pero entonces, él suspiró y dejó de limpiar. —Era policía. La mejor de su unidad. Atendió un llamado a un robo en una tienda… hace dos años. Ella debió esperar refuerzos, pero siempre fue tenaz, entró sola a ese lugar y bueno…le dispararon, en el estómago y una bala en el corazón, murió instantáneamente, lo mas triste es que, quien le disparó, solo era un joven que estaba en una pandilla, había apostado con sus amigos a que podía robar una cajetilla de cigarros, tan solo tenia dieciséis años, entró en pánico al ver a Sara, y solo…, le disparó… por una maldita caja de cigarros. Emma sintió que se le partía el alma. La frialdad de Elías, su aislamiento, su turno nocturno… todo encajó. Él no era un huraño por elección, era un hombre que se había quedado atrapado en el día en que el amor de su vida murió. —Lo siento muchísimo —susurró Emma, acercándose un paso. Elías la miró, y por primera vez, no había barreras en sus ojos, solo una verdad absoluta y dolorosa. —Ella siempre va a ser la mujer que más ame en mi vida. Pase lo que pase, eso no va a cambiar Esa frase golpeó a Emma con más fuerza que cualquier portazo. Fue como si le hubieran echado un balde de agua helada que terminó de apagar el fuego que sentía por él. Se quedó inmóvil, procesando la sentencia. No era una falta de respeto hacia ella, era simplemente la realidad de Elías: su corazón ya estaba ocupado por un fantasma que ella no podía vencer. Sus dedos apretaron un poco más la fotografía antes de bajarla con cuidado, como si de pronto pesara más. —Debió ser… muy especial. Terminaron de limpiar el desastre en un silencio sepulcral. Elías, notando el cambio de atmósfera, intentó suavizar las cosas cuando ella se dirigía a la puerta. —Gracias por la ayuda, Emma. De verdad. No sé qué habría hecho hoy sin ti. Emma forzó una sonrisa. —No hay de qué. Es lo que hacen los amigos, ¿no?, te lo dije, seré tu amiga, descansa, debes estar agotado, yo lo estoy, así que, te veo luego. Cruzó el pasillo y cerró su puerta. Se apoyó contra la madera y miró sus manos, que todavía olían a desinfectante. El dolor que sentía en el pecho era agudo y real. Se dio cuenta de que, por mucho que ella abriera las ventanas y llenara su vida de plantas y colores, en el corazón de Elías siempre sería invierno. —Solo amigos —se repitió a sí misma, limpiándose una lágrima traicionera—. Por supuesto, que tonta soy. A partir de ese momento, Emma tomó una decisión. Dejaría de esperar sus botas en el pasillo, dejaría de cocinar de más y empezaría a construir muros, los mismos muros que Elías tanto apreciaba. Si él quería un amigo, tendría un amigo. Pero la chica que soñaba con derretir su hielo había muerto esa mañana, justo al lado de la foto de Sara. Unos días después, Elías patrullaba el centro de Fontana bajo una luz naranja y polvorienta que hacía que todo pareciera un escenario de película antigua. El reporte de un disturbio en una zona de bares lo obligó a bajar de la patrulla con la mano puesta sobre el cinturón de servicio, alerta. Sus colegas ya tenían la situación bajo control, esposando a un par de tipos que habían bebido de más, pero justo cuando Elías se disponía a regresar a su unidad, el mundo se detuvo. Al otro lado de la calle, frente a la marquesina iluminada de un hotel de paso, vio un destello de color que conocía bien. Era Emma. Llevaba un vestido oscuro y reía mientras el chico del cigarrillo, el mismo que lo había mirado con desafío en el pasillo, le pasaba un brazo por los hombros con una familiaridad posesiva. Ambos se dirigieron a la entrada del hotel y desaparecieron tras las puertas de cristal.
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