Elías abrió la puerta. No se había puesto aun la camisa del uniforme, así que solo llevaba una camiseta gris de algodón que marcaba sus hombros y revelaba los tatuajes que subían por sus antebrazos. Tatuajes que se había echo durante su juventud. Al abrir, se encontró con Emma, ella lucía un vestido amarillo veraniego y una sonrisa que parecía tener luz propia, flanqueada por un técnico de unos veinte años que sostenía una caja de herramientas como si fuera un tesoro.
—¡Puntualidad suiza! Te lo dije —exclamó Emma al ver el rostro serio de Elías, entro al apartamento de él sin esperar invitación, como si fuera la dueña del lugar—. Elías, él es Erick. Erick, este es mi vecino, el oficial Thorne.
El técnico, un chico rubio con más gomina en el pelo que sentido común, miró a Elías y sonrió. —Policía ¿He?, que bien— dijo casi con sarcasmo.
Después volvió su mirada a Emma y continuó devorándola con los ojos.
—Emma. Como te decía en el pasillo, no todos los días le toca a uno instalar fibra óptica para una artista —dijo Erick, con una voz que intentaba sonar profunda y seductora—. Tienes una energía increíble, ¿sabes?, a las personas así, siempre les va bien.
Elías rodó los ojos y se cruzó de brazos, apoyándose contra el marco de la cocina. Se quedó allí, observando la escena con la mirada clínica de quien ha interrogado a cientos de sospechosos. Para él, las intenciones del tal Erick eran tan obvias como una sirena de policía a medianoche. El chico estaba lanzando anzuelos desesperadamente, moviendo el cuerpo hacia ella, riéndose de comentarios que ni siquiera eran chistes.
Pero Emma… Emma era otro caso.
—¡Oh, gracias! Debe ser el sol de Fontana, creo que me está activando las neuronas —respondió ella, riendo mientras señalaba la pared—. Mira, la caja está ahí. Siento que esté tan oscuro, creo que en este departamento no entra muy bien la luz.
—Esta bien Emma. Por ti me metería en una cueva sin linterna —soltó el técnico con una sonrisa ensayada, rozándole el brazo “accidentalmente” mientras pasaba hacia el armario.
Elías soltó un bufido sonoro. Increíble, pensó. El tipo le estaba tirando los trastos en su propia cara a ella, de la forma más torpe y evidente posible, y Emma simplemente seguía hablando de la velocidad de carga de sus archivos y de lo bonito que era el color de los cables.
Emma se movía por la sala de Elías con una naturalidad que a él le resultaba irritante y fascinante a partes iguales. Ella se agachó junto al técnico para ver la conexión, y Erick aprovechó para acercarse más de lo necesario, comentando algo sobre “configuraciones personales” que no tenía nada que ver con el cableado.
Ante los ojos de Elías, era tan solo un idiota.
—¿Ves? —dijo Emma, volviéndose hacia Elías con los ojos brillantes—. Dice que cuando quede instalado, el Internet irá mucho mas rápido. ¿No es genial? ¡Erick es un genio!
Elías la miró fijamente. Ella le sostenía la mirada con una inocencia que rayaba en lo absurdo. No había ni un rastro de coqueteo en ella, ni una pizca de malicia o de darse cuenta de que el técnico estaba a dos frases de pedirle matrimonio.
Es tonta, decidió Elías, aunque una parte de él sabía que no era estupidez, sino una pureza extraña que él ya no recordaba cómo funcionaba. Es una tonta muy alegre que no sabe ver el peligro ni cuando lo tiene a diez centímetros.
—Sí, un genio —masculló Elías, con la voz cargada de un sarcasmo que a Emma le pasó completamente por alto.
—Erick, concéntrate en el cable. El oficial tiene que irse a trabajar y no tiene mucha paciencia hoy— dijo Emma.
El técnico se tensó al notar, por primera vez, la sombra imponente de Elías cerniéndose sobre él. La mandíbula del policía estaba apretada y sus ojos oscuros no prometían nada bueno. Erick volvió a meter la cabeza en el armario de inmediato.
Emma, ajena a la tensión, se acercó a Elías y se puso de puntillas para susurrarle, aunque el técnico estaba a un metro:
—Es muy amable, ¿verdad? Creo que me va a regalar un extensor de señal. ¡Dice que tengo un aura que le inspira a ser generoso!.
Elías bajó la vista hacia ella. De cerca, pudo notar que Emma tenía unas pequeñas pecas en el puente de la nariz y que olía a algo dulce, como melocotón. Era, sin duda alguna, una chica muy bonita. Una belleza que no necesitaba artificios, que nacía de esa alegría constante que a él le resultaba tan ajena. No le sorprendía que el técnico estuviera babeando; lo que le sorprendía era la inmunidad de ella ante cualquier avance masculino. ¿En serio no lo notaba o solo no le interesaba?.
—Es un extensor de señal, Emma, no un anillo de diamantes —dijo él, tratando de mantener su tono frío, aunque la cercanía de ella estaba haciendo cosas extrañas con su ritmo cardíaco—. Y no es amable. Solo quiere tu número.
—¿Mi número? ¿Para qué?, a, dice que me enviará un enlace con tutoriales de configuración —respondió ella, encogiéndose de hombros con una sonrisa radiante—. Eres un malpensado, Elías. El mundo no es tan oscuro como tu apartamento, ¿Por qué no abres la ventana?.
Elías volvió a rodar los ojos, pero esta vez hubo algo diferente en el gesto. Una chispa de algo que no era amargura.
—Me gusta así, termina con esto rápido —le dijo al técnico.
Se quedó allí, vigilando, sintiéndose como un guardián de algo que no entendía. Ella seguía parloteando, llenando su sala de palabras innecesarias y risas ligeras, y por primera vez en dos años, Elías se dio cuenta de que el silencio de su casa no era paz. Era, simplemente, un vacío que esa “tonta” estaba empezando a llenar sin pedir permiso.