Capítulo 3.Reloj suizo.

940 Words
Horas después. Emma estaba sentada en el suelo de su sala, rodeada de cables enredados y un manual de instrucciones que parecía escrito en un dialecto olvidado. El router parpadeaba en un rojo agresivo, recordándole que, en Fontana, su conexión al mundo dependía de un milagro y de una firma. —Estupendo. Si no consigo internet para mañana, tendré que enviarle mis ilustraciones a la editorial por paloma mensajera —bufó, lanzando un cable Ethernet a un lado—. ¿Por qué el universo me odia?. De pronto, el eco de una puerta cerrándose y el tintineo de unas llaves resonaron en el pasillo. Emma se levantó de golpe, en su pasillo, solo estaba su departamento y el de él. Ignorando que llevaba un calcetín de cada color y que su camiseta tenía una mancha sospechosa de café. Abrió su puerta justo cuando él pasaba por delante. —¡Eh, Oficial! ¡Un segundo!. Elías se detuvo a mitad del pasillo. Se giró lentamente, y Emma sintió un pequeño vuelco en el estómago que decidió atribuir a la falta de azúcar. Al verlo con el uniforme completo de la policía se sintió ligeramente mareada. El azul oscuro era impecable, ajustado a unos hombros que parecían haber sido tallados en granito. El cinturón de servicio, cargado con el arma, la radio y las esposas, le daba un aire de autoridad peligrosa que contrastaba con la luz cálida del pasillo. Emma tuvo que admitirlo: el tipo era guapo. Un guapo de esos que duelen, con una mandíbula que podría cortar papel y unos ojos oscuros, parecía no haber sonreído desde la invención de la rueda. El uniforme solo resaltaba que, bajo esa actitud de ermitaño, había un hombre con una disciplina física impresionante. —¿Ahora qué? —preguntó él. No sonaba enfadado, solo… exhausto de antemano. Suficiente había sido que una completa extraña recogiera su desastre. —Am, bueno, es algo rápido—dijo ella, dando un paso hacia el pasillo y tratando de sonar profesional—. Es una cuestión de supervivencia moderna. El técnico dice que para que mi internet funcione decentemente, necesito acceso a la caja de conexiones que está justo en la pared compartida de tu armario de la entrada. Solo necesito que firmes un permiso de la compañía y que me dejes pasar con el técnico diez minutos mañana. Elías la miró de arriba abajo. Su mirada se detuvo un segundo de más en el moño desordenado de Emma antes de volver a su rostro. —No quiero extraños en mi casa —respondió tajante—. Y menos cuando estoy intentando dormir. —Vamos, Elías. Si no tengo internet, no puedo trabajar en mis portadas para libros. Si no trabajo, no pago la renta. Si no pago la renta, me echan. Y si me echan, el siguiente vecino podría ser un estudiante o alguien que coleccione loros —Emma le dedicó una sonrisa de medio lado, intentando usar el humor como palanca—. Créeme, soy el menor de los males en este edificio. Él soltó un suspiro pesado, ajustándose el cinturón de servicio. El cuero crujió. Emma notó cómo los músculos de sus antebrazos se tensaban con el movimiento. Era difícil concentrarse cuando tenías a un oficial de metro noventa bloqueando el pasillo. —¿Portadas de libros? —preguntó él de repente, cambiando de tema. Emma parpadeó, sorprendida por el cambio de dirección. —¿Qué? Ah, sí. Ilustro portadas. Ya sabes, romance, acción… ese tipo de cosas donde el protagonista suele ser alguien que necesita urgentemente una terapia y un abrazo. Elías apretó los labios, casi como si estuviera evitando que una mueca de ironía escapara. Fue lo más parecido a una expresión humana que le había visto en todo el día. —Mañana a las cinco de la tarde —dijo él finalmente—. Antes de irme al trabajo. Si el técnico no está aquí a las cinco en punto, cierro la puerta y no vuelvo a abrirla. ¿Entendido?. —Cinco en punto. Seré más puntual que un reloj suizo —prometió Emma, haciendo un gesto de saludo militar de broma que él ignoró por completo. Elías asintió una sola vez y se dio la vuelta para caminar hacia las escaleras. Emma se quedó apoyada en el marco de su puerta, observándolo bajar. Había algo en la forma en que caminaba, con esa rigidez profesional, que le decía que Elías Thorne no solo patrullaba la ciudad; patrullaba su propia vida para asegurarse de que nada se saliera de control. —No sonríe nunca —murmuró Emma para sí misma mientras volvía a entrar en su apartamento—. Pero, cielos… ese uniforme debería ser ilegal. Entró en su sala y recogió la libreta de dibujo. Se sentó en el suelo y, casi sin pensarlo, empezó a retocar el boceto que había hecho antes. Añadió los detalles del uniforme, la placa brillando bajo las luces fluorescentes y esa expresión de “no te acerques” que lo hacía extrañamente magnético. Emma sabía que estaba jugando con fuego. Meterse en la vida de un hombre que se alimentaba de silencio y recuerdos no era la mejor idea para su nueva vida tranquila en Fontana. Pero mientras miraba el router apagado, se dio cuenta de que el internet no era lo único que quería conectar en ese pasillo. Al día siguiente, Elías ya estaba casi listo de nueva cuenta para ir a trabajar, el reloj de la entrada de Elías marcó las cinco en punto con un clic metálico. Como si fuera una coreografía ensayada, el timbre sonó un segundo después.
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