—No me gusta lo que hiciste —dijo Siniestro ronco. Ella suspiró y el cabello que caía sobre su frente se alzó. —¿Y me castigarás? —preguntó aburrida. Siniestro movió los hombros. Llevaba una bata de seda cubriendo su espalda y brazos. Su abdomen duro, su pecho fornido, su mandíbula cuadrada. Dios. Siniestro era una obra de arte a la vista. Tenía la misma cantidad de sadismos que de sensualidad. Caminó descalzo con su pantalón de seda hacia ella. Apretó el cuello y empujó la cabeza de Slava hacia atrás. Con su boca abierta vació el whisky en su boca. Ella sopló lo que entró por su nariz y suspiró. Siniestro acarició su cuello con la fuerza de un bloque de metal y empujó su rostro tan cerca que podía contar sus pestañas. —¿Quieres que te castigue? —preguntó ronco. Ella se lamió el lic

