Sierra esperó hasta que la respiración de Styx se ralentizó para hacer su jugada. Desconocía la hora. Perdió la consciencia por lo que ella consideró solo unos minutos, y cuando despertó, él tenía la mano entre las hojas del libro, acostado de lado, con los ojos cerrados y la respiración tranquila. Tenía el bolsillo izquierdo alzado, y sus pies desnudos estaban uno sobre el otro. Sierra se tomó el tiempo de escanearlo. No se había detenido a mirar el hombre que la sacó de su hogar. No se detuvo a pensar en él, en verse reflejada en lo que él era, ni en encontrar las similitudes. Styx era igual de obstinado que ella, era insolente, molesto, engreído, sarcástico y sumamente irritante. Era la clase de persona en la que ella no se hubiera fijado, ni hubiera reparado demasiado, sin embargo, St

