—No, por favor —susurró Styx en el piso—. No más. Basta. Sierra estaba en la cama sin poder dormir cuando lo escuchó. Habían pasado pocos días desde lo sucedido en el bosque con las cadenas y ella continuaba en su ley del hielo. No cedió ante esos ojos que la descolocaban, ni la arrogancia que le resultaba graciosa. Styx merecía un castigo a la altura de sus torturas, y Sierra encontró satisfactorio no hablar con él y verlo consumirse en la miseria. Por más que intentó aflorar la Sierra parlanchina, tocó pared con ella. —Esta fría —susurró de nuevo, pegando sus brazos a su pecho y contrayendo las piernas—. Por favor. No lo hice. No lo hice. Sierra se levantó de la cama y lo miró en el suelo. Se removía, balbuceaba, se quejaba. La última vez que lo escuchó quejarse dormido, fue cuando e

