Sierra no desvió la mirada, no respiró ni pestañeó. Dejó que la caricia sutil de Styx la derritiera como un glacial, y se permitió sentir. Por una vez se permitió sentir cariño por alguien que no fuese su padre, por el hombre que la ató y obligó a bañarse con agua fría, pero en especial por aquel que siguió por ese pasillo esa noche. Nada fue fortuito. Nada fue ocasional, ni por insatisfacción personal. No siguió al desconocido fuera de la fiesta porque su vida necesitaba emoción. No lo hizo porque le pareció lindo. Styx la atrapó con sus ojos; mismos ojos que conocía desde los cuatro. Styx tenía un poder hipnótico en ella, y cuando Sierra levantó los talones del suelo y Styx hundió sus dedos hasta rozar sus orejas, ella sintió que algo dentro de ella, una pieza que no pensó tener, encajó

