Sus bocas no se alejaron el resto de la tarde, hasta que la noche cayó sobre el mar y sus cuerpos entraron en la ducha. Styx jugó con ella, con su cabello, con sus costados, y juguetearon hasta que él agua fría destiló de sus cuerpos y se secaron en las sábanas de la cama. Las sábanas fueron arrancadas de las esquinas por una Sierra que proclamó el nombre de su esposo hasta que la luna brilló en el centro, y el hambre fue tanta que comieron algo de pan y tomaron vino. Sierra se coloco la camisa de botones de Styx, casi por completo abierta, y él se quedó en ropa interior en la cama. —Alguna vez leí que el vino de Santorini era uno de los mejores del mundo, y lo compruebo —dijo bajando la copa a la tabla de madera que Styx llevó a la cama—. Tiene un sabor diferente. Sierra miró el vino o

