Sierra fue la reina de Styx por los siguientes cuatro meses. De todos, los mejores, no solo por el excelente sexo, sino porque crearon una vida juntos. Formaron una familia de dos, y en ocasiones un gato que se trepaba a su pared y se colaba por la ventana de la habitación. Fue la vida perfecta, llena de comida, risas, besos y complacencias. Nada los separaría. Nada lo empañaría. Era la vida que ambos desearon; Styx porque estaba lejos de la muerte y el dolor, y Sierra porque estaba con la persona que amaba. Styx olvidó ese reloj de arena. Olvidó el tiempo que transcurrió desde que dejó la mansión de Slava, y olvidó que le quedaban horas en el reloj. Una parte de Styx lo sentía, lo sabía, lo intuía. La otra parte estaba tan enamorado de Sierra, que no veía el resto de sus días sin ella.

