Un mes antes . . . —¡Baja la cabeza! —gritó la Madre Superiora—. Cuando saludamos, bajan la cabeza. Nadie es mejor que yo. Letty mantuvo la cabeza baja e hizo muecas con los labios. —Sí. La Madre Superiora se detuvo. —¿Qué dijiste? Letty subió el rostro. —Dije sí. La Madre Superiora siempre llevaba un látigo en la mano, y aplastándolo en la mejilla de Letty, sintió que corregía como debía. —¡Niña insolente! —gritó e hizo que el resto de las novicias se estremecieran de miedo—. Una más e irás al calabozo de castigos. Letty ni siquiera se tocó la herida que comenzó a sangrar. La ira la inundó y sus ojos se fijaron negros y fijos en la Madre Superiora. —Lo prefiero a ver su estúpido rostro —soltó escupiéndola. La saliva cubrió el rostro de la Madre, y las dos monjas que i

