—Si el sexo esta vetado, encontraré algo divertido que podamos hacer con la ropa puesta —dijo Styx cuando la sacó del búnker esa misma tarde para algo interesante—. Quiero enseñarte algo. Sierra miró la navaja, el arma y el bate que Styx sacó. —Te enseñaré a pelear. Sierra rio y luego arrugó el entrecejo. —¿Por qué? —preguntó mirando las armas en el piso. Styx sujetó la navaja. —Es necesario —dijo extendiéndola hacia ella. Sierra miró la navaja y arrugó el entrecejo. No. No sería como él, y no porque odiase lo que él era, sino porque Styx era un asesino y ella no podía serlo. La idea de que se llenara de sangre, de hundirla en la piel de alguien, le era impensable. Así no era ella. —¿Por qué necesitaría pelear cuando tengo un super soldado a mi disposición? —preguntó y se al

