Luciana no había pasado ni cinco minutos sola cuando la puerta se abrió con un crujido suave. Un hombre de aspecto sobrio, túnica oscura con bordes plateados y cabello recogido en una trenza larga entró a paso firme. En su cuello colgaba un colgante con el símbolo de la luna y los colmillos entrelazados: el emblema sagrado de los sanadores licántropos. —Su alteza —saludó con una reverencia—. Soy Harkan, médico real del Norte. Su majestad el rey Kilian me envió para asistirla. Luciana intentó sonreír, aunque aún sentía el cuerpo vibrando con una energía extraña. Asintió y señaló con la mano hacia la silla. —Pase, doctor. Estoy... bien, solo un poco confundida. Mi cuerpo está ardiendo y no sé si quiero esconderme o lanzarme contra una pared. Harkan esbozó una leve sonrisa. —Eso es perf

