El aire del norte era distinto. Más denso. Más salvaje. Más honesto. Abigaíl lo notaba en cada bocanada que inhalaba al despertar. Aunque el sol aún no había asomado entre las montañas, la Fortaleza del Lobo ya bullía con actividad. Kilian ya no dormía a su lado cuando ella abría los ojos. Aquel primer día, al encontrar el lecho frío y vacío, Abigaíl sintió un extraño hueco en el pecho. No estaba molesta. Sabía que el deber lo reclamaba. Ian, su fiel beta, le había mencionado que el rey debía ponerse al día con las decisiones pendientes que había pospuesto durante su viaje a Normalia. Y eran muchas. Abigaíl, por su parte, había recibido una escolta. Pero no cualquier escolta. Un grupo de lobas guerreras había sido asignado para protegerla y enseñarle el funcionamiento del castillo y las

