Jon esperaba con impaciencia en el pasillo de visitantes del psiquiátrico con una grabadora en la chaqueta y una agenda de notas en el bolsillo. Terminaba de revisar los últimos datos del expediente de Mario Casablancas, el presunto testigo que Guillermo le había conseguido para comenzar con el caso. El constante aleteo del péndulo que mantenía con vida un antiguo reloj del hospital lo empezaba poner nervioso mientras los doctores y enfermeras lo observaban con molestia.
Jon detestaba frecuentar los sanatorios mentales. El blanco opaco de las parees y el porcelanato brillante del suelo le daban un tono más que tétrico, sumado a aquella maldita música clásica que no dejaba de sonar por los parlantes de las salas. Aunque en un pasado había tenido que visitar esos lugares en compañía de Paula, quien siempre lo tomaba del brazo con fuerza y le dedicaba un largo beso en el cuello, y para la escritura de su último artículo, no se acostumbraba por completo a una atmosfera tan pesada. El personal médico también se comportaba de una forma hostil hacía él luego de que les diera la fama de ser más enfermos que los pacientes que trataban. Ahora lo trataban con desprecio y se negaban a hablar con él más de lo necesario.
Luego de un rato uno de los enfermeros, que a grandes luces daba a conocer sus grandes músculos y capacidad física, llegó del interior de uno de los pasillos lejanos y luego de abrir y cerrar la reja metódicamente se dirigió a él. De cerca el hombre calvo y moreno se veía mucho más amenazante que antes sumado a una mirada y una sonrisa fría que le hacían decir que con él no se jugaba.
-Señor Guerrero, me temo que no es posible dejarlo pasar a hablar con el paciente-. Dijo el gorila posando con su natural hostilidad, -Comprenderá que no tenemos autorización para que el paciente dé una entrevista.
-No entiendo, con la señorita de la recepción concreté una charla con el señor Mario, llevo acá esperando más de una hora sin que nadie me dé respuesta y usted viene acá a decirme que me tengo que ir con las manos vacías-. Contestó molestó Jon colocándose de pie sin que esto le sumara autoridad sobre el enfermero.
-Le ruego, señor Guerrero, que no se altere-. Contestó con una tranquilidad burlona el gorila. -Son políticas del hospital y el señor Casablancas no cuenta con la lucidez mental para decidir por sí mismo.
-Me temo que no me iré de aquí sin lograr entrevistarme con el paciente-. Contestó Jon sin quitar la mirada de su interlocutor, un truco que había aprendido hace años y era infalible. -Dígame con quién tengo que hablar y lo haré.
-Me temo, Señor Guerrero, que no tengo autoridad para darle esa información-. Contestó el gigante cambiando a una posición ofensiva. -Tendré que pedirle que se retire del lugar o empezará a alterar a los pacientes
Jon creía que no había jugado aún su última carta, pero el hombre era más grande y fuerte y parecía disfrutar el negar favores a periodistas. Tomó su libreta y sin ocultar que se encontraba anotando la última experiencia, caminó lentamente en dirección de la recepción donde la no más dulce Clara, lo esperaría para burlarse en su cara por la última derrota.
El lugar había cambiado bastante desde la última vez que había estado allá junto a su esposa. El sitio era por aquel entonces más sucio y descuidado. La pintura y el techo falso tenían grietas, las rendijas y las rejas estaban oxidadas y a lo lejos se podían escuchar los gritos de los pacientes que eran sometidos a duchas de agua fría. Un trato realmente inhumano con unos pobres miserables que apenas podían notar en la clase de mundo en la que estaban. Jon recordaba las respuestas del personal médico a sus preguntas mientras argumentaban que todo aquello lo hacía por su bien, una persona del exterior o con alguna vinculación con un paciente tal vez no se daría cuenta, pero estaban en buenas manos.
Jon recordaba como la última vez, Paula había llegado a abrazarlo con fuerza y con una mirada bastó para rogarle que la sacará de ese lugar. Él mismo quería ahora tenerla allí de nuevo, ayudándole, para darle un abrazo y tener con quien demostrar un poco de valentía. El dolor de cabeza le había obligado a tomar una dosis grande de pastillas e interrumpir la terapía de Vodka, por lo que Paula se había molestado y hacía varías noches no regresaba a su lecho.
-Señor Guerrero, estoy preguntándole que si necesita algo más-. La vieja Clarita lo desplazó de nuevo al presente. - ¿Se encuentra bien? ¿necesita que le traigamos un médico?
-Por supuesto que no. Lo último que quiero es algo que provenga de este sitio-. Contestó Jon sin siquiera sostenerle la mirada a la molesta recepcionista.
-Con una actitud así, Señor Guerrero, me temo que no logrará nada de nosotros-. Respondió con malicia la mujer mientras indicaba el sitio para que Jon firmara en un formulario. -Necesitaré que por favor llene esta planilla de visitantes.
-Me temo que eso no será posible, señorita-. Jon trataba con todas sus fuerzas de no agarrar de las mechas mal cortadas a la anciana y restregar su rostro por el suelo, Dios, cuanto la odiaba-. No me voy a dedicar a llenar sus trámites burocráticos y facilitar su trabajo sin que ustedes faciliten el mío
-Señor Guerrero, usted es la persona que más ha frecuentado este hospital. Persona viva, claro está-. La mujer levantó la planilla con un bolígrafo amarrado y lo estallo contra el mostrados produciendo un sonido seco.
- ¿Qué es lo que me está tratando de decir? -. Contestó con indignación y encendiendo la grabadora sin que la dependiente se diera cuenta.
-Nada. Usted más que nadie sabe que se le puede negar la visita si no se anota para el registro-. La mujer se puso de pie dando a revelar las llantas que el apretado uniforme escondía mientras esta se sentaba. -En ningún momento le negamos una visita con la señora Pardo porque usted firmaba, no me haga negarle una futura visita con el señor Casablancas solo por un trámite burocrático.
La mujer miraba a Jon detrás del vidrio del mostrador con una mirada aterradora. Su figura, a pesar de demostrar menos musculatura, se veía aún más amenazante que la del enfermero moreno, y las facciones de su rostro se acentuaban con aquel maquillaje barato que cubría su rostro. A pesar de que no pasaron más que unos milisegundos, Jon sintió que los ojos de la recepcionista hondaban en su mente años de historias mal vividas, borracheras y risas.
-No tenemos por qué ser enemigos, señora Clara-. Contestó Jon a punto de ceder la mirada sintiendo que no lo podría soportar más.
- “Señorita”-. Contestó la mujer sentándose de nuevo en su asiento en un pesado movimiento. -Pero yo solo estoy haciendo mi trabajo, señor Guerrero, solo deseo que me colabore y rellene un formulario.
¿Señorita? Pero si tenía más de cincuenta años la muy maldita. Un pensamiento obsceno se vino a la mente de Jon en aquel segundo no pudiendo evitar soltar una risotada a medias. Aunque la mujer notó la expresión de sarcasmo, mantuvo su mirada fría e inexpresiva tratando de derrotar al periodista.
-Yo también estoy tratando de hacer mi trabajo, comprenderá que mi agenda es ocupada y necesito esa entrevista el día de hoy-. Contestó Jon regresando a su tono diplomático.
- ¿Ocupado ahogándose en brandy, Señor Guerrero? -. La mujer no pudo ocultar una amplia sonrisa mientras se apoyaba sobre la silla giratoria y colocaba el auricular en su oído. -Veré si lo puedo comunicar con el director, pero le advierto que su agenda también es muy ocupada.
-Gracias, señorita, es usted muy dulce-. Contestó Jon tratando de acentuar la hipocresía en sus palabras.
Jon empezó a impacientarse de nuevo y los tics nerviosos regresaron a su pierna. Desde que era un niño la ansiedad le hacía subir y bajar la rodilla en intervalos que variaban dependiendo el nivel de estrés y desesperación que sintiera. Constantemente sus profesores, sus padres y su jefe en el restaurante donde trabajó para pagar sus estudios le reprochaban aquel movimiento molesto, pero ni siquiera el psicólogo que había frecuentado los últimos meses daba con el chiste. Constantemente luego de unos minutos de movimientos frenéticos la pierna se encalambraba, pero no podía permitir que ocurriera, no allí.
Los cuadros suspendidos en la sala de espera seguían siendo los mismos de hacía dos años. Infografías sobre el manejo de la salud mental, los creadores de la disciplina, los médicos más importante y afiches aterradores sobre las consecuencias del abuso se las drogas. Después de pasado un rato, aquellas imágenes tendían a incomodarlo como la primera vez y prefería pensar en los verdaderos orígenes, aquellos que no tenían que ver con finales felices sino con terribles terapias de electroshock, agujas en los iris y baños helados. Jon sabía que jamás iba a terminar en un hospital como ese, o al menos esos eran sus planes, pero de pasar prefería terminar muerto.
-Señor Guerrero, por favor acérquese-. Aviso con una voz intencionalmente baja la dulce Clarita. -Para que luego no ande escribiendo cosas espantosas sobre nosotros, le conseguí una cita para dentro de una hora. Sin embargo, no le garantizamos que pueda hacer la entrevista.
- ¿Qué se supone que haré durante una hora? -. Preguntó con molestia Jon.
-Eso a mí no me importa-. Contestó la mujer sin levantar la vista. -Es periodista, ustedes siempre tienen tiempo para perderlo, escriba sobre las aves, la ropa de una modelo o un libro que nadie lee. Retírese por favor.
Jon fue a buscar su vehículo, estacionado por uno de los porteros del hospital, para matar el tiempo y comenzar a organizar sus notas. De ser necesario se vería en la obligación de amenazar al director y llamar a alguien conocido en el ministerio de salud. Sin embargo, desde hacía ya un tiempo que sus llamadas eran incomodas para cualquiera y los favores se reducían de una forma monumental. Ese sería el plan B, el primero era tratar de sobornarlo con cualquier cosa o sacarle la mayor información posible.
El vehículo había sido cuidadosamente ubicado en la zona más profunda de los sótanos perdiéndose entre una fila interminable de automóviles que hacían ver el de Jon como una chatarra. Sobre el parabrisas se cumulaba un charco derivado de una filtración de agua en el concreto y dando un tintineo musical insoportable. Las lámparas tampoco llegaban hasta aquel sitio y la oscuridad ocultaba el vehículo como si se tratase del Batimóvil.
Una vez dentro del vehículo Jon sintió la tentación se sacar de la guatera una botella de Vodka que había dejado ahí para la buena suerte. La observó por largo rato con una fascinación extraña, dio dos giros a la tapa y sintió el olor acido del contenido al cuál se había terminado acostumbrando desde el último año. Nadie parecía darse cuenta, pero él mismo ya había notado el estado en el que se encontraba y no necesitaba que ningún imbécil se creyera mejor que él dando consejos de cómo manejar sus problemas. No necesitaba ayuda y sus asuntos eran tan solo de él.
A pesar de esto, cuando la primera gota del espeso liquido estuvo por caer en su boca decidió desistir a la tentación. No tenía ningún problema para trabajar alcoholizado, pero las negociaciones eran otra cosas y no podía permitir que el director ni la señorita Clarita, o mucho menos el enfermero le bajaran los pantalones para hurgarle el culo con el dedo de nuevo. Algo extraño estaba ocurriendo, no era tan solo el simple sabotaje de siempre y la hostilidad relacionada con el pasado, era algo más, una conspiración orquestada con alguien en su contra. Si el paciente era realmente solo un chico con esquizofrenia, por qué tanto misterio con la entrevista. Generalmente cuando el paciente carecía de familia, bastaba con un acompañamiento de un médico y ya estaba.
Mientras Jon continuaba revisando la documentación que necesitaba y con la que insistiría al director, notó como un hombre de traje caro y anteojos bajaba por la escalera del personal mientras revisaba su reloj afanosamente. Por algún motivo, Jon apagó la luz de la cabina y desde su posición de oscuridad decidió observar el extraño comportamiento del hombre que hablaba por teléfono y observaba de nuevo en todas las direcciones de forma precavida. Jon se bajó lentamente del vehículo y cerró la puerta en silencio para evitar ser detectado. Al fin, detrás de otro carro logró escuchar la conversación del tipo.
-Claro que sí, le hemos puesto las trabas legales, pero me temo que puede conseguir una orden si se lo propone-. Decía el hombre con nerviosismo. -Soy consciente lo que está en juego, pero me temo que el periodista sabe algo.
Jon busco a tientas la grabadora en su chaqueta, pero fue tan mala suerte que cuando se disponía a grabar se dio cuenta que llevaba ya más de cincuenta minutos de grabación y se estaba quedando sin batería. Maldijo en silencio y sacó su celular para intentar grabar, la conversación avanzaba y los nervios hacían que el sudor en las palmas entorpeciera la pantalla de vidrio.
-Señor, solo le pido que se ponga en mis zapatos, sería ya muy sospechoso que yo lo sacara a patadas de aquí-. El hombre se sentó sobre el capo del coche y dio una calada a un cigarrillo. -Lo arreglaré, lo prometo, solo le pido que no interrumpa las donaciones contra el hospital, no sabe cuánto nos hacen falta.
El celular de Jon comenzó a vibrar por una llamada sacándolo del anonimato. Era Rene, ese idiota otra vez arruinando las cosas. El director notó el ruido y colgó al instante con una promesa de regresar la llamada en un momento. Sacó un taser del bolsillo mientras preguntaba quien estaba allí. Jon trató de meterse debajo de un vehículo cercano, pero de nuevo el celular comenzó a vibrar en el momento más inoportuno.
-Imbécil, estoy en medio de algo-. Contestó molesto Jon. -Vuelve a llamar y estás muerto.
- ¿Quién anda ahí? -. Volvió a preguntar el anciano quien arrastraba los pies como queriendo sentir las pulsaciones del acosador. -Será mejor que salga ahora o llamaré a seguridad.
Jon se arrastró lentamente debajo de la camioneta y se movió lentamente sin quitar la vista de la posición del anciano que ahora también revisaba debajo de los carros. El sonido de los latidos del corazón y se su propia respiración sonaba como un estruendo que llenaba por completo el sótano. No tenía sentido seguir esperando ahí, era la única oportunidad y probablemente Clarita le estuviera jugando una venganza con la supuesta cita con el director. De nuevo Jon se arrastró sobre sí mismo y caminó lentamente mientras sacaba la grabadora descargada de la chaqueta.
- ¿Quiénes eran ellos? -. Preguntó Jon mientras llegaba por detrás del anciano amenazándolo con la grabadora en la sien. - ¿Por qué no quieren que el periodista conozca al paciente Casablancas?
- ¿Quién es usted? ¿Desde cuándo lleva escuchando la conversación? -. Preguntó el anciano con terror.
-Eso no importa, somos muchos los que estamos investigando el mismo caso-. Contestó Jon tratando de mantener una voz falsa. -Necesito que coopere, estoy autorizado por mis superiores a dispararle a cualquier sospechoso. Tenemos tanto poder que también podríamos enviarlo a la cárcel.
-Yo no he hecho nada, yo tengo mis derechos-. Trató de gritar el anciano, pero de su voz no salió más que un suspiro de horror.
-A nosotros nos vale los derechos de criminales como ustedes, velamos por la seguridad nacional-. Jon dio una patada contra la rodilla del anciano obligándolo a arrodillarse. -Ahora dígame toda la verdad o hare que mis hombres lo rellenen de agujeros.
-Está bien, hablaré-. El hombre estuvo a punto de llorar y comenzó a justificarse. -Yo no creí que esto fuera tan delicado, solo quería hacer lo mejor por el hospital. Ellos fueron quienes lo internaron acá y me dijeron que no diera información sobre él a cambio de donaciones…
- ¿Quiénes son ellos? -. Gritó Jon evitando sentir lastima. -No lo sé, créame, no lo sé. Vino hace unas semanas un hombre con un traje n***o y una larga barba trayendo al chico casi que a la fuerza. No indico que el chico tenía comportamientos agresivos y que decía tonterías. Me pidió internarlo en el hospital, le pedí referencias y respondió que no las tenía.
- ¿Por qué no hicieron un estudio para identificarlo? -. Preguntó Jon
-Lo íbamos a hacer, pero el hombre dijo que era un sobrino suyo, que sus padres había muerto y que ahora era su responsabilidad-. El anciano pasó saliva y continuó. -La historia concordaba con lo que nos dijo el chico y desde entonces le hacemos tratamiento. Recibimos generosas contribuciones de La Célula que es como ellos se hacen llamar.
- ¿No se ha puesto a pensar que tal vez es una organización criminal? -. Gritó Jon acentuando la grabadora sobre el anciano.
- ¿Me cree a mí un idiota? -. Contestó indignado el director. -Por supuesto que consultamos. Ellos no son más que una compañía de autoayuda que reciben a personas con problemas de alcoholismo, drogadicción o con trastornos. Les dan cierta ayuda espiritual o algo así. Algo ciertamente tonto si me lo pregunta y usado más para estafar a los incautos.
- ¿Cómo es que una organización con esas características interna a un chico en un hospital psiquiátrico real? -. Preguntó Jon, aunque el cuestionamiento era para sí mismo.
-Yo no le vi ningún problema. Después de todo es una organización legal y nos daban buenas donaciones-. El hombre comenzó a llorar. -De no ser por ese dinero este hospital se estaría cayendo a pedazos. Por culpa de ese periodista el gobierno no nos permite invertir el presupuesto, apenas podíamos trabajar con las uñas.
- Ahora usted está siendo seguido por nosotros, nos daremos cuenta hasta de dónde caga, cuántas veces al día y la manera en la que lo hace-. Contestó Jon recordando las viejas películas de espías. -En cuanto al periodista, deje que lo entreviste y después le sacaremos la información a él.
- ¡Lo haré! -. Contestó el director secándose las lágrimas.
Jon salió corriendo en silencio y tratando de evitar las cámaras de seguridad en su huida. El corazón le palpitaba con violencia, pero desde hacía ya mucho tiempo no sentía aquella sensación de adrenalina y de romper las reglas. Jamás había hecho algo como eso y la sensación fue mucho mejor que las de las borracheras diarias, era como sí por fin, después de mucho tiempo hubiera regresado del infierno.
Tratando de evitar a los guardias salió del hospital y se instaló en un restaurante cercano para beber una soda y así calmar los ánimos. Revisó su reloj y calculo el tiempo para asegurarse de llegar cinco minutos tarde a la recepción donde clarita tal vez lo estaría esperando con una mirada de odio al ver que él había ganado la batalla. Sudando como un marrano, varios de los comensales lo observaron colocándose la bebida fría en la frente y el cuello, al cabo de un rato partió con tranquilidad y se reencontró con clarita según lo acordado.
-Le recomendaría llegar a tiempo a su citas, señor Guerrero, no querrá que cuando esté buscando una nueva esposa esta lo tome por irresponsable-. La molestia en la mujer se podía ver en el rostro y esto lleno de placer a Jon. -En fin, lamento decirle que el director cancelo la cita por un percance personal, pero nos autorizó a darle la cita con su amiguito.
-Bueno, supongo que a mí también se me pueden presentar cosas igual que al señor director-. Contestó Jon queriendo ofender a la mujer. -Por cierto, sus relojes son los que están mal, en especial el suyo que va tarde en el rumbo de conseguir marido, señorita.
La mujer realizó un amague de levantarse de la silla ante la falta de respeto del último comentario, pero Jon decidió iniciar su camino mientras contenía la risa ante su venganza. Tal vez había sido muy cruel con la mujer, pero si algo había aprendido Jon a lo largo de tanto tiempo, es que hasta las personas más feas podían conseguir pareja, sin no era así era porque realmente se lo merecían.
El enfermero lo esperaba con las llaves de la puerta del pabellón en la mano derecha y en la otra un taser. Jon ya estaba acostumbrado a ver esa barra amenazante con dos puntillas eléctricas al final, en sus días como infiltrado varias de ellas le habían inmovilizado el trasero y otras incluso lo habían dejado inconsciente. Hoy no era ese día, el director estaba más advertido de que no debía quitarles la presa a otros.
Luego de un largo paseo, por fin llegaron a la habitación de Mario Casablancas ubicado en las últimas instancias del pabellón de los enfermos peligrosos. Jon sintió pena por el chico que en realidad no era más que un chico que no debía pasar los veintitrés años, flacucho y blanco. Su cabeza estaba completamente rapada y llevaba una camisa de fuerza que limitaba no solo los movimientos de su tórax, sino también los de su cabeza. Detrás de él se erigía con una profunda sonrisa Esteban Magallan, psiquiatra con el cual Jon ya había tenido la desgracia de compartir en medio de la anterior investigación.
-Señor Guerrero, es un placer tenerlo con nosotros aquí, de nuevo-. Afirmó con tranquilidad el medico sin borrar aquella estúpida sonrisa.
-Señor Magallan, déjeme decirle que para mí no es un placer-. Contestó Jon con aires de victoria y sentándose en la mesa frente al paciente. -Supongo que no me lo puedo quitar de encima el día de hoy para hacer mi trabajo ¿verdad?
-Señor Guerrero, tan solo hago mi trabajo como cualquiera del personal médico de este hospital-. El hombre se sentó junto a Mario. -Es una pena que debamos tener estas situaciones tan incomodas.
Jon prefirió ignorar a Magallan quien de por sí tenía una voz aguda e insoportable. El dolor de cabeza había cesado hace rato y estaba ansioso por comenzar con la entrevista a Mario que, según el reporte del informante, era un chico presto para contar la historia como lora mojada. La habitación estaba completamente iluminada haciendo énfasis en su cara, los muy malditos se habían empeñado en fastidiarle el trabajo de nuevo.
Mario permanecía tranquilo sobre su asiento mirando fijamente la libreta que había sacado Jon para tomar notas con una caligrafía que tan solo él podía entender. No se inmutó en ningún momento, ni siquiera ante la conversación subida de tono que sus acompañantes mantenían ni ante las primeras palabras de Jon.
-Hola, Mario, soy Jon Guerrero, me han hablado mucho de ti-. El chico continuó mirando fijamente el cuadernillo con los ojos bien abiertos. -Necesito que comprendas que estoy acá para hablar contigo y que estoy dispuesto a escuchar cualquier cosa que me digas. Debes ser conscientes que esto es algo serio y que puedes decirme lo que desees con total libertad.
Mario no levantó la mirada ni observó a Jon, solo veía fijamente la libreta de apuntes de su interlocutor. Jon estaba acostumbrado a aquella actitud, por lo que tenía bastante paciencia para adelantar entrevistas de esa forma.
-Mario, me gustaría que ante todo me dijeras como te tratan acá ¿Está todo bien? ¿Tienes miedo? ¿Te incomoda que el doctor esté con nosotros? -. Preguntó Jon con la esperanza de que el chico comenzara a hablar.
-Señor Guerrero, creo que es mejor que vayamos al grano, sino vamos a terminar cansando al muchacho y eso no sería lo más conveniente para ninguno de nosotros-. Interrumpió el medico con su característica voz chillona.
-Doctor, yo hago mi trabajo, usted solo está acá para supervisar, le ruego que no se meta o lo interpretaré como sabotaje-. Contestó glorioso Jon
El doctor levanto las manos en señal de derrota e hizo una mueca divertida. Jon se dio cuenta de que algo no andaba bien en todo aquello, no podía ser tan fácil.
-Vamos Mario, necesito que hables conmigo. Hace unos días gritaste a uno de mis compañeros que tenías que contar tu historia, cuéntame todo lo que tengas o quieras contarme-. Intentó de nuevo Jon.
El chico trato de levantar la mirada hacia jon y conectaron los ojos. Su pupilas estaban por completo dilatadas y las claras enrojecidas. Mario sonrió y de sus labios cayo un largo hilo de saliva que empapo por completo la mesa y que llegó hasta su libreta de apuntes. El médico y el enfermero a la espalda de Jon comenzaron a reír sin importarle que el chico se diera cuenta de las burlas.
Jon trató de no molestarse, pero ya se encontraba irritado con los acompañantes que seguían con las burlas y las chanzas hacía el pobre chico. Parecía un zombi.
-Mario, no te preocupes, los accidentes suelen ocurrir más de lo que crees-. Jon le sonrió con dulzura. -Si estás comprendiendo lo que te digo mueve los ojos, yo te haré caso.
-Ese chico lo único que puede es cagarse encima-. Interrumpió el medico al tiempo que continuaba con una risa estruendosa junto al enfermero.
Jon se levantó de golpe en un impulso de golpear aquel maldito que ya de por sí tenía su fama de maltratar a los pacientes. Sin embargo, a sus espaldas el enfermero lo agarró del hombro amenazándolo sin hablar.
-Señor Guerrero, no va a conseguir nada de este chico, lo único que dice son incongruencias y fantasías producto de la esquizofrenia. Ve cosas que no existen-. Magallan hizo unas muecas con sus dedos de una manera irritante. -Creo que usted más que nadie sabe los síntomas y es consciente que no se puede confiar en sus relatos.
-Doctor, por enésima vez, déjeme hacer mi trabajo. Creo que sabe lo que estoy haciendo acá y no querrá otra mala reseña de mi parte-. Contestó Jon conteniéndose de nuevo de lanzarle un puñetazo.
-Mario, quiero que veas estas fotografías, quiero saber si sabes algo de ellos, los has visto, has hablado con ellos o algo por el estilo. Puedes mover los ojos dos veces o si puedes tan solo háblame-. Jon le acercó la carpeta con algunas de las fotografías más nítidas al joven, y este movió sus pupilas intentado hablar.
-Esto es una pérdida de tiempo…- Interrumpió el medico de nuevo.
-Shhh-. Jon lo mando a callar sin quitar su mirada del joven que se esforzaba cada vez más por hablar-. Creo que va a decir algo, escuchémoslo.
Los colores se subieron al rostro de Mario y en su rostro se podía apreciar que se estaba esforzando. Abrió y cerró la mandíbula con dificultad y las venas de su cara se comenzaron a brotar al extremo. Sus ojos se dirigieron de nuevo a los de Mario y aquellas pupilas dilatadas al extremo, tal vez por una milésima de segundo, regresaron a la normalidad como si el chico tratara de hablar telepáticamente. Sin embargo, un fuerte sonido salió del trasero del chico y el olor a mierda llenó la sala. El chico se había cagado encima y su rostro regreso a la normalidad para luego caer desmayado.
Las risas de Magallan y del gorila se reiniciaron con fuerza y siendo imposibles de contener.
-Ay está su respuesta señor Guerrero, supongo que es la mierda que vino a buscar-. Dijo el médico sin poder contener la risa.
-No puedo seguir soportando esto-. Jon se levantó echo furias y agarró la libreta cubierta de la saliva del chico para luego limpiarse la mano con asco. -Malditos, ustedes son unos malditos sedaron al joven.
-Señor Guerrero, tan solo hemos hecho lo que es mejor para el paciente y para su entrevista-. Contestó el medico mientras se seguía riendo. -Espero que haya podido sacar toda la información que necesitaba para su investigación.
-Es usted muy amable, no se imagina cuanto me ha sido de ayuda el día de hoy. Supongo que sin usted no me llevaría demasiada información-. Exclamó Jon mientras intentaba salir de la sala y sobre actuaba sus expresiones.
-Claro, señor Guerrero, si es que se le ofrece alguna otra cosa no dude nunca en venirme a buscar, siempre estaré más que complacido en hablar con usted-. Contestó el medico imitando la actitud altanera de Jon.
-Claro que sí, doctor, no dudaré en llamarle cuando necesite que alguien me chupe la polla, con gusto lo llamare-. Jon hizo una pose obscena agarrándose de la entrepierna y salió echando humos evitando escuchar de nuevo la voz del muy maldito.
Cuando cruzo la puerta del pabellón y se encontró de nuevo en la recepción, Clarita lo observó con una mirada de sarcasmo que no se preocupaba en disimular en lo más mínimo. Jon paso delante de ella para evitar continuar con peleas sin sentido, pero la mujer, en un último esfuerzo por molestarle la vida, lo llamo.
-Señor Guerrero, necesitaré que, por favor, si es que no es mucha molestia y si es que no se caen sus dedos, me llené la planilla.
Jon se devolvió con la cara roja llena de furia y dibujó su firma horriblemente. De nuevo se estrelló contra la puerta en un intento por empujar donde decía “Hale” tratando de ignorar a la recepcionista.
-No dude en venir, señor Guerrero, estaré complacida en darle información o tan siquiera encerrarlo aquí para siempre a que se pudra-. Grito Clarita.
Jon enseñó el dedo medio sin voltear la mirada y se encerró en su vehículo mientras daba patadas contra las sillas.
- ¡Malditos, son todos unos malditos!