La pelota de tenis

3186 Words
Jon rebotaba la vieja pelota de tenis contra la pared tratando de seguir intervalos regulares que le permitiesen pensar. Recostado en su vieja cama y con una sobriedad de tan solo unas cuantas horas, trataba de aclarar las ideas después de la desastrosa visita al psiquiátrico del centro de la ciudad. La pelota iba y venía hacía su mano derecha sin que tan siquiera se esforzara en apuntar o alargar el brazo para atraparla. Aquel pequeño juego se había convertido hace años en el ritual previo cuando estaba por comenzar algo nuevo. Sin duda su pequeño juego ya le había traído sus problemas con una gran singularidad de vecinos que tocaban de forma molesta la puerta a las tres de la mañana. Después de haber hecho transito junto a Paula por cuatro lugares distintos, en el que se encontraba actualmente había encontrado al, quisa, vecino más calmado y paciente. En su antigua casa, convertida ahora en no más que polvo en su memoria, no había problema con el ruido ya que contaban con espacio extra para vivir de las comodidades de una pareja acomodada. Aunque fueron tiempos difíciles por su enfermedad, fue allí donde vivió sus mejores épocas y donde paso sus mejores noches despierto junto a ella. Antes de aquella casa, habían estado en un apartamento, no más grande que en el que ahora vivía Jon a solas, y el ritual de la pelota no sentaba muy bien a sus compañeros de muro. Constantemente, como si se tratara de ratas de escuela, los vecinos solían colocar quejas por ruidos molestos a deshora, teclas que no dejaban de sonar y gritos femeninos que, según decían, tal parecía que la estuvieran asesinando. Paula, quien era la que debía recoger todas las quejas debido a su disponibilidad, constantemente esbozaba una sonrisa y mandaba al diablo a los malditos con las palabras más malsanas que podía aprender una profesora de literatura. - ¡Qué se pudran! -. Decía Paula entre risas cuando entregaba los memos a Jon. -Lo que pasa es que ellos nos tienen envidia. Jamás podrán marcar el mundo como tú lo estás haciendo ni podrán ser felices como yo lo soy ahora. después de ello Paula daban tres estallidos con su puño contra los muros y continuaba revisando los mediocres trabajos de sus estudiantes. Jon sonrió ante tal recuerdo y se perdonó así mismo por la desconcentración momentánea en su trabajo mental con El Culto. Ya no valía la pena seguir intentando con su amigo del hospital, por lo que tendría que empezar a buscar nuevas fuentes de información o dar un acercamiento directo con los miembros activos de la secta. De acuerdo a la información que pudo extraer del anciano y de la consulta a los nombres que este suministró, pudo dar con un conjunto de sectas que se hacían llamar Células. Por algún motivo, se distribuían entre grupos de apoyo a alcohólicos anónimos, grupos de drogadictos, terapias de grupo y de pareja y retiros para divorciados y viudos. No había motivo para sospechar algo siniestro de comunidades tan aparentemente inofensivas y que afirmaban prestar servicios a la comunidad. El retumbar de la pelota continuó sonando y sin que notará que su sonido se había sincronizado con el constante tic tac del viejo reloj en la habitación. Las piernas de Jon se estaban llenando del constante hormigueo producto de una mala posición, pero no le importó en lo absoluto. Ni las palabras, ni las teorías ni los pensamientos llegaban a su cabeza viéndose tentado a tomar otro sorbo del ron que había comprado tan solo hacía unas horas. Era por si acaso, y el acaso había llegado. Guillermo, que había recuperado el tono de jefe con su característico temperamento y disciplina, había visto llegar a Jon el día anterior con el cabello enmarañado y vistiendo la misma chaqueta con la que había partido hace un día al manicomio. Nadie fue capaz de ocultar un gesto de lo desagradable que olía Jon y del mal estado en el que se encontraba con su cara pálida y arrastrando los pies. Con su característico termo se sentó en su escritorio y comenzó a teclear letras que tan solo él parecía entender. -Jon, a redacción ¡Ahora! -. Había gruñido Guillermo para que todos pudieran observar el temperamento y la autoridad del anciano. Jon sin preocupación se puso de pie no sin antes chocar con el escritorio de Jhoana, la preciosa pasante que ayudaba trayendo café y de vez en cuando revisando las redes. El mundo daba vueltas, sí, pero solo en ese momento sabía qué, buscar, dónde buscar y ante quien quejarse por la falta de respeto por parte del hospital. Su café escoces improvisado se iba a echar a perder y con ello su efecto para trabajar arduamente en un caso que se ponía más y más interesante. -Supongo que será un chiste pedirte que te quedes de pie mientras hablo-. Sentenció Guillermo observando detenidamente a Jon. -Al menos creo que me podrías mirar a los ojos cuando te hablo. -Boss, estoy bien, lo juro-. Contestó mientras daba un sorbo al café de su termo. -Dígame ¿Para qué me quería ver? Estoy a su servicio. -Jon-. Contestó Guillermo con un tono paternalista. -Quiero que te mires a ti mismo. Llegas a esta oficina como si fueras un vagabundo, apestando a saber dios que cosa, con la misma ropa de ayer y apenas pudiendo colocarte de pie. Jon se quedó callado ante el comienzo del sermón del viejo al cual se había acostumbrado a escuchar. Siempre el viejo iniciaba recalcando sus faltas relacionadas con alguna imprudencia, haberse metido con quien no debía o socavar información, según él, forzada. Sin embargo, al final siempre lo felicitaba por un buen trabajo y por enorgullecer al periódico. El viejo siempre se comportaba así, esto era igual a lo de siempre e incluso podía considerarse un buen augurio de que saldrían las cosas bien. -Jon, he soportado todo esto en silencio porque no tiene nada de malo beber de vez en cuando, pero estás exagerando y no puedo tener favoritismos con nadie-. Continuó el anciano que caminaba de un lado a otro evitando cruzar su mirada con Jon. -Esto es un periódico y acá tratamos de dar un ejemplo para la gente, qué dirían ellos si se dieran cuenta que uno de nuestro mejores investigadores a quien los niños le mandan cartas llega… llega así a trabajar. - ¿Así cómo? -. contestó Jon con indignación. -Lo acabo de decir, Jon, lo acabo de decir-. Respondió Guillermo con una notable furia y molestia. - ¿Me estás colocando atención o no? -Lo hago, Boss, pero estoy haciendo mi trabajo, en la medida de lo que puedo-. Jon estaba tranquilo y despreocupado pues era consciente de que Guillermo no lo sacaría de un caso en el cual tenía tanto interés. -Maldita sea Jon, despierta de una maldita vez, no estás hablando con tu padre-. Respondió Guillermo con un grito y una palmada en la mesa que atrajo hacía la oficina las miradas de todos. - ¿Crees que debo soportar todos los días que actúes con la misma condescendencia? Afróntalo de una maldita vez y sigue con la vida adelante. Esto es un periódico no una guardería. Actúa como un hombre y no como un bebé mimado. A la mente de Jon regresaron los recuerdos de aquella fatídica noche, los gritos, la impotencia el humo y el olor. Dios, ese maldito olor que nunca se había ido de su memoria. Jon se vio a sí mismo en aquella misma oficina con el corazón partido, antes de la tragedia, con Guillermo destapando su copa de champan y riendo, mientras que él solo se contenía para no llorar. Jamás había odiado tanto a una persona, ni siquiera al maldito de Magallan, como había odiado esa noche a su jefe. Todo lo que vio, todo lo que sintió y a quienes tuvo que ver sufriendo, jamás habían valido la pena por un premio, pero su jefe lo obligaba a ser vistoso para las cámaras. La mirada de Jon continuaba perdida mientras que Guillermo esperaba inútilmente alguna contestación o excusa de su parte. Su actitud era como la de un niño regañado. -Jon-. Siguió su jefe ahora más calmado. -Ahora me doy cuenta de que me equivoqué con colocarte en este caso. Creí que tener la mente ocupada en algo tan grande ayudaría para que sentaras cabeza, pero creo que ha sido lo peor. Ha pasado una semana y no has hecho absolutamente nada, te sientas en ese escritorio, te vas a hacer entrevistas y siempre regresas con las manos vacías. -Hay una conspiración-. Se apresuró a contestar Jon para poder salvar lo poco que le quedaba de dignidad. - ¿una conspiración? -. Se mofó Guillermo con decepción al tiempo que se sentaba sobre su cómoda silla reclinable. -Jon, te mande a investigar las costumbres de unos sectarios, no a investigar conspiraciones que no existen. -Guillermo, yo lo vi-. Comenzó a hablar Jon con ansiedad. -Frenaron todo el proceso de la entrevista, drogaron al testigo y los de la Secta están callando a los médicos para que el chico no declare. - ¿De dónde sacas eso? -. Guillermo se interesó mirando fijamente a Jon. -El mismo director lo dijo-. Contestó Jon sin medir sus palabras. -Es decir que el director del hospital te dijo que ellos, la secta, están involucrados con el ingreso del chico al hospital-. Concluyó Guillermo. - ¿él te lo dijo, así como así? -Se lo escuché decir-. Respondió Jon. -Ah, lo estabas espiando-. Guillermo se acomodó de nuevo en su sillón con notable decepción. -Necesito pruebas, supongo que grabaste. -Lo intenté, pero se me descargó la grabadora por un error mío-. Jon se encogió en hombros. -Pude grabar algo con mi celular. Aunque Guillermo trató de frenarlo, Jon sacó el celular de su chaqueta no sin antes buscarlo de forma desesperada. después de unas búsquedas sobre la pantalla táctil, encontró la galería de audios y seleccionó la única grabación que contenía. El audio comenzó a reproducirse, pero no ninguna palabra o sonido se distinguía en la grabación. Jon se desesperó con el celular, pero no iba a demostrar ningún ataque de ira y menos en un momento dan delicado. Guillermo, por su parte, se reclinó de nuevo y obligó con la mirada a Jon de frenar con su supuesta prueba. -Jon, somos profesionales, no niños jugando a las investigaciones policiacas-. El anciano se colocó de pie y sacó una carpeta que tenía resguardada en el escritorio. -Me temo que necesitaré que te tomes algunos días, un mes. -Boss, por favor…- Insistió Jon. -No quiero escuchar una sola palabra-. Guillermo sacó de la carpeta unos documentos y se los hizo firmar a Jon sin preguntas. -Necesito a un periodista, no a un niño. Arregla los asuntos que tienes que arreglar, pero no voy a permitir que nadie de mi editorial crea que se puede pasear por estos pasillos borracho solo porque en el pasado su nombre significó algo. Jon trató de abrir la boca para responder, pero ya era tarde, había perdido la batalla. Se levantó tomando sus cosas y sin despedirse salió del edificio hecho furia. Paso seguido entró de nuevo en la tienda de 24 horas y pidió lo acostumbrado. Esta vez el encargado era un joven, de no más de 17 años, y lo miró con las misma mirada que la anciana de hacía unos días. Le recordó a Mario. La pelota continuaba tronando contra la pared y el constante tic tac del reloj acompañaba la música. Por más que le daba más giros al caso, no lograba concentrarse y esperar el siguiente paso. Técnicamente no estaba fuera de la investigación, ahora tenía mayor libertad para hacer lo que necesitaba. Aun así, se propuso no volver a beber, no hasta que descubriera que se traían entre manos esos malditos con aquel pobre chico. El timbre del apartamento resonó en el apartamento acabando con la coherencia musical que se estaba colando como una filarmónica en un teatro. después de maldecir cuando la pelota cayó en su rostro, Jon se levantó sin demasiado animo esperando que detrás de la puerta estuviera algún vecino con ganas de quejarse por la pelota. Se dio su tiempo para encender la cafetera, acomodar el sillón y abrir las cortinas que frenaban por completo la luz del medio día en el exterior. De por sí ya era un vecino molesto, no quería dar la impresión de ser un psicópata también. Sin embargo, quien estaba más allá de la hoja de la puerta principal no era ningún desconocido molesto o con una mirada de odio como esperaba. Perdomo, son que fuera invitado siquiera a entrar, atravesó la entrada y se fue a sentar en el sillón que hasta hace unos momentos Jon había acabado de reacomodar. Jon, a su vez, se sintió feliz de verlo, aunque no por ello fue más cómoda su visita en el apartamento. Las pilas de basura aún se amontonaban en la cocina y los platos continuaban sin lavar en el fregadero, posiblemente incluso hubiera ratas allí. -Como diría mi señora madre en paz descanse, hace falta una mujer en esta casa-. Bromeó Rene mientras sacaba de su chaqueta una cajetilla de cigarrillos. -Jon, el viejo estaba hecho una furia ayer, nos obligó a quedarnos hasta tarde por tu culpa. -Lamento ser una molestia para todos-. Bromeó Jon con un chiste que ya se había vuelto costumbre desde que en su adolescencia pasó por la depresión común de los jóvenes. - ¿Quieres café? -Desde que no me lo sirvas en uno de esos tarros, sí-. Contestó Perdomo encendiendo el cigarrillo y dando una calada honda. -En fin, creo que el viejo quiere dar por cerrado el caso. - ¿Por qué? -. Preguntó Jon mientras servía el café en pocillos desechables. - ¿Qué bicho le pico ahora? -No lo sé. No sé ni siquiera si tenga algo que ver contigo-. Como solía hacerlo, René introdujo tres generosas cucharadas de azúcar en su café, algo que, para Jon, quien siempre lo tomaba a secas, le parecía asqueroso. -Pero sí sospecho que algo está ocurriendo. -Algo cómo qué-. Preguntó Jon mientras daba un sorbo. -No sé, hermanito, no sé. Si supiera demasiado no estaría acá con el genio del periodismo-. Bromeó Rene. -En fin, no sé si en serio quieres tomarte esas vacaciones del viejo o ponerte a trabajar con esto. -Está muy difícil la cosa-. Confesó Jon mientras buscaba sus notas y se las entregaba a su amigo. -Es lo único que pude obtener del entrevistado. Rene con curiosidad tomó la agenda con las hojas arruinadas por la humedad ya seca. Trató de abrir y observar las hojas, pero estas se deshicieron al instante. -El chico, Mario Casablancas, ingresó sin ningún tipo de expediente al hospital, de acuerdo a lo que pude investigar. Los que lo dejaron allá fueron una especie de compañía que tiene como nombre público “La Célula”-. Jon tomó una pausa para pasar los dedos por la sien que ahora le palpitaba como loco. -En teoría no hacen nada malo, y es hasta justificable que lo hayan acompañado al hospital ya que una de sus fachadas es por grupos de autoayuda para personas con problemas personales. Un sistema estúpido, pero que atrapa a gente con debilidades. - ¿Entonces cuál es el misterio? -. Preguntó Perdomo con curiosidad. -Pues que el chico carece de familiares. El director ni siquiera está seguro de que el verdadero nombre de Mario sea Mario. Además, La Célula está ofreciendo donativos al hospital a cambio de su silencio sobre el chico. -Los muy malditos no pueden parar de ser corruptos, después de todo lo que tuviste que pasar y siguen por el mismo camino-. Respondió Rene que de algún modo estaba familiarizado con las secuelas de Jon. -En ese caso supongo que podemos buscar a alguien que pueda rastrear los donativos al hospital. -No estoy seguro-. Contestó Jon pensativo. -Teniendo en cuenta el miedo del director, supongo que todos esos donativos primero los deben lavar, sino sería muy sospechoso en la contabilidad. -Claro, no puede ser tan fácil-. Respondió Rene pensativo. - ¿Entonces? -No lo sé, ya me sacaron del caso. Esta información que te estoy dando no es más que chisme de lavadero ahora-. Contestó con sarcasmo Jon. -No me jodas, Jon. No me jodas-. Rene estaba levemente molesto con la dimisión de su compañero. -Desde lo que pasó no te había visto tan dedicado y con los ojos tan brillosos y ahora ¿vienes a decir que vas a dejar el caso? -Rene, estoy cansado de todo esto. Comienzo para creer que en realidad debo hacer un retiro-. Respondió Jon bajando la mirada. -No estoy seguro si me interesa saber lo que se cuece al interior de esa secta. - ¡Jon, es la oportunidad de tu vida! -. Exclamó exaltado Perdomo. - ¿Oportunidad para qué? No viste acaso cómo quedé después de lo último-. Reclamó Jon con indignación. -Aún todavía tengo pesadillas de eso, de no ser por Paula creo que ya habría perdido la cabeza. - ¿Paula? -. Respondió Perdomo olvidando el resto de la conversación. -Olvídalo-. Contestó Jon luego de un largo silencio. -Tomaré el caso, a escondidas, pero necesitaré ayuda desde afuera. Si yo me quedo sin trabajo por esto, tú también. René se lanzó de culo sobre el sillón y sacó un par de cigarrillos de la cajetilla. Uno lo puso sobre su boca y otro se lo entregó a Jon que lo observó por largo rato con miedo. “A ella no le gusta que fume” pensó, pero Perdomo no lo comprendería, nadie lo hacía. -Bien, somo socios en esto-. Exclamó Perdomo después de terminarse su cigarrillo y encender otro. - ¿Qué necesitas que haga? tus deseos son órdenes para mí. -Soy un periodista medianamente reconocido, necesito infiltrarme sin que ellos lo sospechen-. Contestó pensativo. - ¿Crees que mi perfil aplique para un grupo de autoayuda? La sugerencia impactó a Rene de golpe, más que por las palabras mismas por el contexto y la forma en la que su amigo las decía. Su rostro parecía melancólico y con la mirada perdida. Aun así, era la oportunidad de sus vidas. - ¿El perfil de un hombre guapo y exitoso pronto a llegar a los 30? Por supuesto que sí. -Bien, comenzaré a ir a terapia. Consígueme un buen sitio al que ir y que esté relacionado con ellos. Rene buscó en la cocina a tientas en busca de una botella y al fin encontró una pequeña caja de aguardiente sin destapar. Sirvió dos copas y colocó la otra en la mano de su amigo. -Un brindis por este nuevo comienzo-. René se llevó la copa a la boca y pasó el líquido acido por su garganta como si se tratase de agua. Jon mantuvo la pequeña copa en sus manos, pero se interrumpió en beberla al observar la pelota de tenis rodando desde su habitación.                    
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