Dulces palabras

2133 Words
Cuando entró, Jon se sintió profundamente observado por los casi veinte participantes de la reunión de alcohólicos anónimos. Jon consideraba que no necesitaba verdaderamente entrar a un grupo de apoyo como aquel, después de todo tenía completo control sobre el alcohol y no lo usaba más que con fines laborales. Cuando estaba en la universidad no era más un joven más entre los muchos que entraban llenos de sueños y aspiraciones, sin embargo, no siempre fue capaz de encajar en la carrera de derecho. Jon se sintió frustrado durante los primeros meses y constantemente debía soportar en soledad problemas relacionados con ansiedad. Para aquel entonces Paula, quien ya llevaba siendo por mucho tiempo su novia, trataba de prestar toda la ayuda emocional que podía, pero Jon consideraba que todo aquello era un prueba que debía soportar por sí mismo. Jon curso un total de un año en la facultad de derecho rodeándose de libros, sentencias, leyes y todo tipo de cosas jurídicas que en lugar de darle ánimos le quitaba las ganas de vivir. Sin embargo, a pesar de que no fueron muchas las enseñanzas o aprendizajes que recató, una en particular se quedó en su mente y provino de uno de sus mentores más detestables. -A veces me apena tener que decir este tipo de cosas, pero siento que es necesario hacerlo-. Había empezado el profesor del que Jon ya había olvidado el nombre. -Yo veo a muchos de ustedes a los ojos y me doy cuenta de que no llegaran a ser grandes abogados, probablemente muchos se convertirán en taxistas, profesión respetable, pero no veo que tengan lo que se necesita. Después de que la clase diera un murmullo y de que varios de los asistentes se levantasen con rabia y tiraran la puerta tras de sí tomándose, evidentemente, personal los comentarios, el profesor retomó con una sonrisa su discurso. -Yo fui uno de ustedes y también me metí a esto con la misma idea que muchos de ustedes-. El profesor se sentó sobre su escritorio y remojó sus labios con la lengua. -Yo también creí que existía la justicia en la ley, que el bueno siempre ganaba y que hacíamos lo que hacíamos por un bien mucho más grande que nosotros. El tipo se bajó de su asiento como si aquel discurso lo llevase preparado desde hace tiempo y dando a entender que no sería la última vez que lo daría. -Hay dos cosas que se darán cuenta que son importantes para lo que están haciendo-. Continuó esperando a ver si alguien más tenía la idea de irse. -Lo primero que deben saber hacer es dejar los escrúpulos, ustedes no están aquí para encerrar bandidos sino para aplicar la ley en bandidos que no quieren ir a la cárcel o se quieren liberar de responsabilidades. Lo segundo importante, si usted no sabe tomar, lo siento, esto no es para usted. Se darán cuenta que los tratos se cierran con un trago de wiski y un brindis, de lo contrario serán excluidos de lo importante. Así que, si son niños de mami, si lo que prima en ustedes es la moral y la ética, es mejor que dejen de perder su tiempo porque acá se necesita carácter. Naturalmente no faltaron las quejas, las malas caras y los comentarios donde “imbécil” era el mejor de los insultos para el viejo. Sin embargo, Jon entendió verdaderamente aquel discurso y terminó por rendirse, aquello no era lo que quería hacer con su vida y desde aquel día se cambió de carrera a pesar de los malos comentarios de sus padres y los intentos de disuadirlo de Paula. Al final el tiempo le dio la razón a Jon, como en muchas de las decisiones que tomaba, pero aquella charla molesta no salió de su mente y su trabajo se lo confirmó. Al principio el licor le parecía algo estúpido, sin sentido y no podía entender como era que a la gente le solía gustar, sin embargo, a medida que su empleo se fue complejizando, los vicios del pasado se convirtieron en los placeres del presente. Paula, quien ahora no era solo su novia sino su esposa, se irritaba constantemente al sentir el olor a cigarrillo y alcohol con el que a veces llegaba su marido, pero a la larga aceptó que no tenía sentido formar problemas con algo tan banal. El cigarrillo, eso sí, fue prohibido y después de meses intentándolo Jon había dejado de fumar. Para aquel grupo de personas, sin embargo, el alcohol se había convertido en el peor demonio de sus vidas. Como después lo pudo comprobar Jon en medio de las charlas y de tener que crear una faceta de sí mismo, el vicio y el alcohol destruyó carreras, vidas y esperanzas de gente que nunca supieron el momento en que sus vidas de habían ido de las manos. Jon no tenía tiempo de comprobar o preocuparse por las vidas de los demás, si permitía que las conversaciones de autoayuda que ya había visto en los libros de Stephen King lo afectasen, la investigación se echaría a perder. -Yo no tengo ningún problema, no dejes que te convenzan de que sí-. Se dijo Jon mientras subía las oscuras escaleras que daban a las reuniones de AA. Cuando entró, Jon se sintió profundamente observado por los casi veinte participantes de la reunión de alcohólicos anónimos. La estaba justo frente al líder quien daba una charla incomprensible al inicio para Jon, pero que careció aún más de sentido cuando tuvo que sentarse junto a un hombre viejo y de barba crecida. Cuando se sentó, el hombre alto, bien vestido y con una sonrisa en sus rostro que hablaba se quedó observándolo no sin demostrar un leve nerviosismo. Lo había reconocido, era más que obvio. Jon no sabía cuál era la ropa que podía usar un alcohólico, él no era uno de ellos después de todo, así que tampoco quería exagerar o parecer demasiado bien. Sin embargo, la gente que se sentaba allí a escuchar era gente completamente normal. A simple vista, destacaban sobre todo los ancianos y hombres de mediana edad que, a pesar de demostrar admiración al motivador, bajaban la mirada tratando de guardar un poco de orgullo. El salón era mucho más grande de lo que se demostraba en la fachada de la antigua casa. Las lámparas daban una gran iluminación que obligo a Jon a cubrirse los ojos al inicio, el suelo era brillante y los muros estaban cuidadosamente pintado de colores en tono mate. - ¿No es grandioso? -. El anciano sacó del sueño a Jon de repente. - ¿perdón? -. Contestó Jon con cordialidad. -Me refiero a Jon Jairo ¿no es grandioso? -. Contestó el anciano con una admiración y emoción que se podía notar en su voz. -Sus palabras tienen un no sé qué que lo llena a uno de emoción. -Ya lo creo-. Respondió Jon para esperar la contestación del anciano. -Creo que eres nuevo acá ¿Me equivoco? -. Preguntó el hombre al no encontrar la misma emoción de él en Jon. -Es normal al principio no entender sus palabras, yo era así y ahora no me pierdo una sola venida acá. -Lo siento, no estoy muy acostumbrado a frecuentar este tipo de charlas-. Contestó de nuevo Jon sin apartar la mirada del conferencista. -Me llamo Jon, por cierto. Es un gusto. -Pedro, solo Pedro-. Contestó el hombre con una amplia sonrisa y dando un fuerte apretón en la mano de Jon. -Nunca buscamos estos lugares, estos lugares de alguna u otra forma nos encuentran a nosotros. -No entiendo-. Respondió Jon extrañado. -Ya lo entenderá-. El hombre se giró de nuevo al conferencista para prestarle mayor atención. -Soy más feliz ahora que lo que fui antes sin estos grupos. Jon no contestó al último comentario y trató de poner atención a las palabras de Jon Jairo, el motivador. Sus palabras no tenían en absoluto ningún ápice de ser algo nuevo o verdaderamente inteligente, sin embargo, las expresiones que acompañaban el discurso tenían su atractivo. De forma disimulada, Jon sacó su libreta nueva y comenzó a anotar en aquella caligrafía incomprensible para los demás. “El ambiente, contrario a lo que yo mismo llegué a creer, no es pesado, no es denso y no genera ningún sentimiento de pesar. La gente observa con admiración al profeta que no para de hablar de la vida, las decisiones y la motivación para salir adelante. No existe un dios al cual seguir, no hay una deidad superior que nos dé la respuesta y tampoco hay una vida más allá de la muerte, pero hay un predicador que nos hablar que no hay equivocación que no pueda ser corregida. Las palabras de Jon Jairo son simples, nada que no pueda encontrar en algún libro de autoayuda, pero la manera en la que las dice, con una sonrisa, moviéndose por el escenario y levantándose como la respuesta es, lo que creo yo, el atractivo para que las personas lleguen a su lado. Un hombre me ha saludado y m ha estrechado mi mano mientras detallaba el lugar bajando por un segundo mi guardia. Sus manos están llenas de cayos y su voz es pacifica, pero no me genera nada de tranquilidad. Él, al igual que muchos de los que acá se encuentran, tiene una notable admiración por Jon Jairo, sujeto al que aún no conozco, pero espero conocer en cuanto esta farsa termine. Sus palabras, demonios, sus palabras se van haciendo cada vez más dulces…” Jon cerró su libreta al observar los ojos de Pedro clavados en la caligrafía incomprensible que trataba de ocultar. Una gota de sudor frio bajo por el interior de su vieja camisa de lana y cerró la libreta de golpe mientras miraba para otro lado. -No es muy común que un recién llegado esté tomando nota en lugar de escuchar lo que Jairo dice-. Comenzó a hablar el anciano con una voz más fría. -Es hasta irrespetuoso. -Perdóneme, no era mi intención incomodarlo-. Trató de responder Jon. -Hay que colocar atención a sus palabras, amigo, lo que él dice vale oro y usted solo quiere escribir en una libreta-. Continuó el hombre con indignación y llamando la atención de las personas cercanas. -Tiendo a olvidar las cosas, por eso acostumbro a anotar en mi cuadernillo-. Respondió Jon al ver que las miradas de varios se clavaban en él. -No sabía que era un delito. -No es posible que una charla como esta se le olvide a nadie. Lo he visto, usted es de aquellas personas que les gusta escribir sobre los defectos de los demás en lugar de mirar la porquería que se encuentra en su interior. -Por favor, le pido que se calme un segundo-. Trató en vano Jon de calmarlo. -Solo son notas, las tomo para todo. -Un periodista, sí es usted un periodista-. Gritó una mujer detrás de él. -Usted es de los que les gusta destruir las vidas de los demás solo por ganar dinero. Qué está haciendo acá. -Viene a creer que es mejor que nosotros, viene reportar nuestras vidas. Nuestra vida de por sí es una porquería como para que trate de ganar dinero con ella-. Contestó de forma agresiva Pedro. Jon observó de repente como el grupo lo miraba de forma amenazante y asesina. Sus ojos ya no demostraban la admiración sino un odio inconfundible hacía el intruso. Aunque Jon no supo reconocerlo al principio, en los ojos de Jon Jairo se poseía apreciar un brillo extraño que por una pizca de segundo no se molestó en ocultar. Sin embargo, al cabo de un momento, el hombre se apresuró y tomo del brazo a Jon sacándolo del alcance de la turba que parecía quererlo linchar. -Alto, amigos, aquellos que solo piensan mal de otros solo reflejan la negatividad de su corazón-. Aunque no tuvo la necesidad de gritar, su voz sonó con tal autoridad que los asistentes, exceptuando Pedro, se sentaron de nuevo. -Acá es bienvenido aquel que lo necesite. -Estaba escribiendo en su libreta-. Gritó el anciano. - ¿Por qué tiene que escribir en su libreta? - ¿Tiene algo de malo que escriba? -. Respondió tranquilamente Jon Jairo. -Siempre hemos dicho que la mejor manera de olvidar nuestros problemas es mediante las palabras, en este caso pueden ser escritas. Pedro pareció clamarse por un segundo y se plantó en su asiento de nuevo derrotado y sin las energías de seguir contradiciendo al superior. Por su parte Jon Jairo volteo a mirar a Jon y sin que los demás pudieran escuchar susurró. -Es la mejor manera de dejar ir a Paula ¿No es así? -. El líder sonrió y yo estuvo a punto de vomitar al ver aquella expresión perturbadora.          
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