ASLAN Mi padre no puede dar fé a lo que digo. Lleva más de cinco horas encerrado en su despacho haciendo no sé qué, mientras yo estoy afuera clavado en el sofá esperando sus instrucciones para nuestro siguiente movimiento contra Volkovich quien cada día está más y más cerca. Ahora mismo no tengo idea de si está doblando a la esquina porque solo me interesa el bien de mi esposa. Estoy tan al pendiente de cómo fue que pasó su primera noche viviendo sola que casi no escucho el sonido de la puerta abriéndose. Casi se me pasa por alto que mi padre sale encabronado pasando junto a mí. —¡Espera!—digo, guardando el móvil en mi bolsillo cuando llego a su lado—. ¿Qué estás haciendo? ¿Dónde vas? —Agarra tus cosas y sígueme que esto se pondrá feo. Mi padre y su tono de voz siempre dejan pis

