Capítulo uno: Un mundo extraordinario

4999 Words
-       En sus manos, pronto tendrá las llaves del futuro. -       ¿Disculpe? -       Su casa, señor Villatoro – me dijo mi jefe, con una sonrisa amarillenta que arrugaba aún más su rostro flaco y avejentado. Volvió su atención de regreso al papel y, con un plumazo dramático y ceremonial, plantó su firma al pie del documento de aval solidario – me refiero a las llaves de su casa, por supuesto. Es usted un hombre de muy buenas ideas, con una buena cabeza sobre los hombros. Dios sabe que a su edad los jóvenes tienden a perder el tiempo persiguiendo sueños frágiles y tonterías con las que no se gana nada. ¿A usted lo criaron a la antigua, supongo? Su madre era una destacada activista de la vieja guardia – nuevamente aquella sonrisa, pero ahora se veía mucho más sincera. -       Me crie en un hogar de muy buenos valores – la afirmación quizás se escuchó con una actitud a la defensiva, y quizás incluso algo ofendida. En aquellos tiempos se veía la pertenencia al partido conservador como algo digno de insulto. Estaba cansado de los insultos, de la rabia, por un lado, y por el otro, de las sospechas de mis compañeros de partido. Era como pertenecer a los nazis. Mi jefe se limitó a levantar una ceja, y no respondió nada. Las sospechas, por supuesto. -       Salúdeme a su prometida de mi parte, y dígale que le deseo una vida muy feliz – esta vez, cuando sonrió, lo hizo como si estuviera cansado de haber sonreído toda su vida. Sospechas… debo tener cuidado de no levantarlas, o no conservaré este empleo. Después de todo, lo había conseguido mediante la política. No era por mi capacidad, mis estudios, mi tesis, ni por mis trofeos deportivos ganados en varias disciplinas. Se debía a la política, y por lo tanto, la misma política me lo podía quitar. Conseguir trabajo, bien remunerado, y en el mismo año en que me gradué, eso sólo lo podía lograr la política, por mucho que fuera un demonio al que venderle el alma. Te sorprendería saber cuántas personas en este mundo estarían dispuestas a venderle el alma al demonio. Un par de días después mi prometida y yo fuimos al banco para la cita final. Nuestra casa estaba en juego, si aprobaban el préstamo hipotecario. Nuestro “futuro”, como lo había llamado mi jefe. Debí verme como un idiota con aquella sonrisa tan amplia cuando el agente del banco me dijo que lo habían aprobado. Mi prometida se rio de una manera muy elegante, llevándose la mano a tapar su boca. ¿Cómo pude llegar a tener tanta suerte? Michelle, mi hermosa prometida, tan buena a pesar de su juventud, de buena familia y buenas costumbres. Una princesa en la vida real. Tenía el cabello rojo, algunas pecas, y unos despampanantes ojos verdes. Tenía la belleza de una rosa, la postura de un lirio, y la sencillez de una florecita del campo. No le importó pintar la casa conmigo, al contrario, insistió en hacerlo. Se había puesto un overol y una sencilla camiseta anaranjada. Nunca podré olvidar lo hermosa que se veía con aquel conjunto y con pequeñas manchitas juguetonas de pintura en la cara, mientras me sonreía quiñándome un ojo y sacando la lengua. Exhaustos, nos sentamos en el suelo. Los muebles estaban en un apartado de los regalos de nuestra boda, mi prometida me aseguraba que unos familiares ricos de ella los tenían prometidos. -       ¿Y si nos quedaran mal, y nos regalaran como la quinta o sexta plancha? -       Jajaja para eso son las listas de apartados. Pero aunque así lo hicieran, pues nos sentaríamos en el suelo y ya. -       No creo que estarías tranquila dejando que las visitas se sienten en el suelo. -       Podría poner unos cojines, y fingiríamos que somos como uno de esos hippies, ya sabes, sentados en posición de loto, con algunos inciensos ardiendo en medio y meditando. Ohm, ohm… -       Jajaja vaya que eres ocurrente. -       Creo que me gusta pensar más que soy una chica práctica y creativa. -       Una verdadera Cosmopolitan. Entonces Michelle sonrió de aquella manera tan suya, tan tierna y juguetona, princesa y niña al mismo tiempo. No me pude resistir. La recosté suavemente en el suelo, ella no me puso mucha resistencia, y la miré directo a esos ojos verdes mientras acariciaba su cabello de fuego que se había arreglado en una coleta. Nos besamos, y nos dejamos llevar por el amor, tierno y apasionado, en aquella salita vacía que nos hacía eco.   Cuando finalmente terminamos, acurrucados uno al lado del otro, Michelle finalmente admitió que tenía hambre. Pensamos en comprar algo por delivery, pero entonces descubrimos que no teníamos carga en el celular. Ninguno de los dos. -       No importa – argumenté – mi familia siempre ha creído que, en la mudanza, da buena suerte comprar comida china del restaurante más cercano a tu nueva casa. -       Creo que hay un buen restaurante cerca. No tardaré en regresar. -       Apúrate, que tengo hambre. Pero no te canses mucho, que eres el postre. Con un beso nos despedimos y me dirigí al restaurante c***o. Lo malo es que estaba cerrado. ¡Diablos! Era un día domingo. Pero yo no era tan pronto a rendirme. Pensé en que podría apresurarme corriendo un poco. Después de todo, era un maratonista. ¿Qué no había un restaurante c***o en una colonia más arriba, por el anillo periférico? Las palabras finales de mi prometida resonaron en mi cabeza «Pero no te canses mucho…» Un maratonista que se cansa tan rápido debe estar haciendo algo mal. Aunque si estiré y calenté un poco, por si acaso. Sin embargo, la distancia hacia esa colonia se me hizo bastante corta. En la fila del restaurante c***o me encontré con Lorena Romero, una amiga de mi infancia. Nos separamos cuando fuimos a universidades diferentes, pero siempre mantuvimos algo de correspondencia. -       ¡Hey! ¡Qué sorpresa verte aca! ¿Andas de visita? -       Pues, a decir verdad, regresé a la capital. Por el momento estoy alquilando un cuarto por la Colonia El Pantanal… -       ¿Ahí? ¡Pero si he escuchado que es muy peligroso! -       Es sólo algo temporal. En cuanto consiga trabajo me mudaré a un lugar mejor. Mientras tanto, hay que celebrar las pequeñas cosas. Por eso estoy comprando comida china, acabo de mudarme. -       Bueno, ya sabes lo que dice mi familia. Espero que te sirva para la mejor de las suertes. Si quieres, puede que te ayude a conseguir trabajo más rápido. -       ¿De veras? -       Ya tengo unos dos años trabajando, y tengo muchos contactos. Podría darte un buen empujón. -       ¿En dónde trabajas? -       En el COHEP. -       Ah… Lorena parecía decepcionada. -       ¿Pasa algo? -       Sabes, siempre creí que… nah. Olvídalo. -       No, ahora no me puedo quedar con eso. -       Es que siempre te admiré. Eras el mejor de la clase, el más inteligente. Hubo un tiempo en el que eras un nerd total ¡Y luego te convertiste en todo un atleta! Te conocía como alguien que logra todo lo que se propone, pero… -       ¿Sí? -       ¿Qué es lo que tuviste que hacer para conseguir ese trabajo? – luego me miró a los ojos. Era una mirada incómoda – sí, he estado viendo tu perfil de f*******:. Supongo que quise creer que tu padre había tomado el control de tu cuenta, es la clase de hombre que haría algo así. Quería creer que era sólo por parte de él, para mantener las apariencias. Entonces hubo una breve pausa incómoda entre los dos, hasta que finalmente ella dijo -       ¿Realmente eres feliz así? Quizás parezca que has conseguido todo lo que siempre quisiste, que estás en camino a la independencia, a hacer tu propia vida. ¿Pero estás contento de que haya sido así? Siempre te creí que eras un hombre de principios, de valores, pero el partido Conservador es sólo un foso séptico de corrupción y crimen. -       Eso es sólo lo que dicen… -       ¿Realmente te lo crees? ¡Yo sé que no! ¡Yo sé que lo sabes muy bien, no eres ningún tonto! Y aun así ¿Los apoyaste? -       Este… señorita – nos interrumpió una voz. El señor que atendía el restaurante nos interrumpió con pena en su rostro. En muy buena parte, porque estábamos comenzando a molestar al resto de los clientes, pero también porque la comida de Lorena estaba lista. Ella agarró la bolsa conteniendo la bandeja sin siquiera quitarme la mirada de encima. Ya con un tono de voz más bajo y calmado me dijo: -       Te conocí alguna vez como alguien que quería cambiar el mundo, y realmente creí que podrías hacerlo. Pero no se trata solamente de poder ¿Verdad? También hay que querer hacerlo. Y sin más, salió corriendo.   Sin que yo pensara demasiado en ello comencé a correr detrás de ella. El señor del restaurante me dijo algo sobre la comida, pero ni siquiera lo procesé en mi cerebro en ese momento. Sólo podía correr, era todo en lo que podía pensar. Pero ¿Por qué corría? No es que me hubiera importado demasiado lo que ella me había dicho ¿Verdad? No… no era por eso. Era porque le miré la espalda al correr. Hubo un tiempo, cuando recién entrábamos a la adolescencia, en el que aprendí a practicar varias disciplinas deportivas. Mi maestro, el profesor Ángel, me motivaba a entrenar mi cuerpo de muchas maneras distintas. Lorena había entrenado en atletismo desde muy pequeña, y yo siempre creí que nunca podría alcanzarla, pero hubo un día en el que finalmente pude, y realmente fui feliz. Desde esa ocasión comenzamos a correr juntos. Recuerdo que se me hacía muy guapa cuando se ataba un listón debajo del cabello y se estiraba y calentaba para correr, tenía una cara muy seria, muy diferente del resto del tiempo. Pero estos ya no eran los viejos tiempos. Entonces ¿Por qué corrí detrás de ella? Acaso habrá sido solamente la costumbre. Me detuve y dejé que se alejara. ¿Cuánto tiempo había perdido? Esta vez sí sudé un poco, y eso que Michelle me dijo que no me cansara. Pero no puedo tomármelo con calma como la última vez, tengo que regresar rápido al restaurante c***o. Había un atajo, era por una calle solitaria, pero no era un lugar tan malo. Las casas de alrededor eran de buen nivel, y aunque fuera un poco solitario, en realidad debía de ser una zona segura. Todo estaría bien mientras no me detuviera.   Me fui corriendo hacia el atajo, a un paso más acelerado, pero siempre manteniendo mis fuerzas; necesitaba recuperarme un poco. Pero no avancé mucho cuando una voz me alcanzó.   -       ¡Joven! Muchacho ¿No me puede dar una limosnita para poder comer? No volteé a verlo de inmediato, pero no pude evitar bajar la velocidad de mi carrera. El mendigo insistió. -       ¡Joven! Ayúdeme para poder comer, por el amor de Dios. Por alguna razón no pude evitar pensar en Lorena. Sentía como si se alejara rápidamente de mí, aunque por supuesto, ya debía estar al final del anillo periférico para ese momento. Pero de alguna manera, quería alcanzarla. Quería probarme ¿A ella? Aunque no lo estuviera viendo, sí. A ella. Y a mí mismo. Quería probarme que podía ser alguien mejor, que podía hacer algo bueno por alguien y no sólo ignorarlo y seguir mi camino. La voz del mendigo sonaba rasposa, pero no aguardentosa. Olía mal, pero seguramente era porque había estado buscando comida en la basura, no creí que se drogara o se embriagara. Me detuve y caminé hacia él. Por supuesto, no sería tan imprudente como para sacar la billetera delante de él, sino que tenía varios billetes sueltos en el bolsillo. Pensé en que le diría primero algunas palabras de ánimo. Muchas veces eso es lo mejor que se puede hacer por una persona. Luego le daría el dinero, y hasta podría recomendarle unas instituciones de ayuda con las que tengo algún contacto por política. Sí, unos cinco a diez minutos y podría cambiarle la vida a alguien. Eso me llenó de un sentimiento cálido el pecho.   Me acerqué al mendigo, manteniendo cierta distancia. En el peor de los casos podría salir corriendo, y nunca me atraparía. Le sonreí, pero entonces sentí algo extraño. Primero algo que me quemaba el estómago, como si alguna comida me hubiera caído mal, luego el ardor creció hasta hacerse insoportable. Se sentía caliente y húmedo, y un sonido asqueroso venía de ahí, pegajoso y al mismo tiempo crujiente y crepitante. Sin embargo, antes de que la sensación llegara a mi cerebro, yo ya lo había visto. El mendigo había hecho un movimiento muy rápido, tanto que para cualquier otro hubiera sido imperceptible. Pero ¿Cómo era posible? Dirigí la mirada, cada vez más temblorosa y borrosa, hacia la mano que había hecho el movimiento. En ella tenía sujetada una espada larga claymore, que estaba al rojo vivo. El aire se distorsionaba a su alrededor. Luego miré hacia abajo, a mi estómago. La espada lo había abierto de lado a lado, como si hubiera cometido sepukku. La herida en sí estaba cauterizada, abierta y carbonizada hasta las entrañas. Temblando por el shock, retrocedí un paso. ¿En serio creí que podría estar bien? No estaba pensando nada en realidad, pronto el dolor no me dejaría pensar en nada, pero quería aferrarme a cualquier pequeña posibilidad de seguir con vida. A mi mente sólo se me venía Michelle, mi prometida. No podía pensar en otra cosa más que regresar a su lado. El trabajo, la casa, el arroz c***o, el ascenso prometido… todo eso no me importaba. Sólo Michelle. Sólo verla sonreír de nuevo. Pero el mendigo no pensaba en dejarme ir. Volvió a embestir contra mí a gran velocidad. Era mucho más fuerte y rápido de lo que dejaba ver su apariencia. Me sujetó la boca con la mano izquierda con tanta fuerza que me quebró algunos dientes y me hizo tronar el hueso de la mandíbula, y me apuñaló con la espada. El dolor fue insoportable. La espada me atravesó por completo, pude sentir como el acero traspasaba mi carne y hasta mi columna como si fueran de mantequilla, y luego su acero al rojo vivo chisporroteó, evaporando al instante la húmeda sangre, la grasa, carbonizando la carne. Mis ojos se volteaban hacia atrás, humedecidos de lágrimas, pero no caía en la inconsciencia. -       ¡Quédate quieto! – me increpó, pero no podía moverme mucho. Todo el peso de mi cuerpo estaba sostenido por la mano que me sujetaba la boca. Cuando la espada ardiente terminó de quemarme ahí, la sacó y sin contemplaciones la clavó en mi pecho. Intenté detenerlo con las manos, pero el filo de la espada me rebanó todos los dedos de ambas manos y me quemó las manos tan rápido que se prendieron en llamas, que comenzaron a lamer mi piel, subiendo por mis muñecas y hasta mis antebrazos. Intenté gritar, pero sólo hice un gorjeo y tragué algunos de mis propios dientes. El mendigo, con sadismo, terminó de enterrar lentamente la espada en el espacio justo entre mis pulmones, fallando el corazón por algún par de centímetros. Como la resistencia de mis brazos – que ardían en llamas –  era ya imposible, lo único que podía hacer era patalear en el aire como un títere.   «¡Maldita sea! ¿Por qué no puedo morir?» pensé, a gritos, en mi interior.   -       ¡Deja de gritar, maldito bastardo! ¿Es que no ves que esto es un gran honor? Le estoy dando un gran propósito a tu vida miserable. El mendigo sacó rápidamente la espada y volvió a clavarla sin contemplaciones, un poco más abajo. El chisporroteo de la sangre sobre el metal ardiente, mis entrañas cociéndose por el calor de la espada como si estuviera preparando un estofado. Podía sentirlo todo. Cuando clavó la espada hasta la empuñadura, acercó su rostro sonriente hacia mí. Y entonces pude verlo con claridad. El cabello sucio y nudoso no era más que una peluca, la suciedad no era más que un maquillaje. Viéndolo de cerca, tenía la barba muy bien recortada, con meticulosidad. Su rostro tenía algunas cicatrices, pero no lucía demacrado ni por el hambre ni por las inclemencias. No era difícil ver al rostro noble debajo de aquellos ligeros engaños, el rostro de un noble de buena vida, de un guerrero entrenado, con la sonrisa de un sádico. -       Es todo un honor, en verdad. Puedes llorar si quieres, es comprensible al recibir algo así que no mereces – sacó la espada y la clavó en mi pierna, arriba de mi rodilla, y la volvió a sacar casi de inmediato. La herida dejó a la parte inferior de mi pierna colgando de un par de tiras de carne que no tardaron en ceder. Y entonces, la volvió a clavar en mi estómago, para luego retorcerla – yo, por mi parte, no puedo negar que es todo un placer. Sí, sé que es doloroso, lo admito. Pero tienes que aguantar. Sí, pórtate como un hombre y aguanta el dolor. Colocó la espada debajo de mi axila y con un suave, lento movimiento hacia arriba, me cortó el brazo derecho de tajo. Luego siguió apuñalando, una y otra vez. Ensañado. Cortando la piel sólo para causar dolor, apuñalando y mutilando, y yo no podía hacer nada más que cerrar los ojos y esperar el final. Pero el alivio nunca vino. No morí. La espada atravesó mis pulmones, que se marchitaron por el fuego, atravesó mi corazón, que prácticamente se había partido por la mitad, pero no morí. No podía morir. No podía escapar al dolor. -       El dolor es parte del ritual. He tenido que poner mucho esfuerzo en esto ¿Sabes? He tenido que volverme creativo y aprender algún par de cosas. Puedes odiarme, si quieres. No me molesta, es parte del oficio. De hecho, puede que tu odio sea parte del ritual también. Ódiame entonces. Me odiarás, sí, pero tendrá que ser desde el interior de la espada. Cuando terminó conmigo, no era más que un guiñapo, un conjunto de c********a grotesca, chamuscada, irreconocible como un ser humano. Finalmente me cortó la cabeza y la colocó a mis pies, mi cuerpo recostado sobre las bolsas de basura que no habían cabido en el contenedor. Y por alguna razón, que en aquel momento no podía entender, podía verlo todo. Podía ver mi propio cuerpo. -       Vaya ¿Quién lo diría? – dijo levantándome y llevándome tan cerca de su rostro que podía sentir su aliento, algo entre carne asada y jugosa, vino y especias herbales – tu sangre fue suficiente para terminar de templar el acero. Muy bien, muy bien. Eso debería ganarme una promoción, me hace muy feliz. ¡Jajaja! Sí, me está yendo muy bien. Muchísimas gracias, joven. La siguiente ronda me la tomaré en tu honor. Me bajó, colgaba de su brazo perezoso. Se dio el lujo de quedarse cerca de mi cuerpo, viéndome detenidamente, con satisfacción, admirando su trabajo.   … « ¿Qué? ¿Qué está sucediendo?» « ¿Por qué puedo verme a mí mismo? Estoy… ¿Estoy muerto?»   El “mendigo” comenzó a reír de una manera demoníaca. Había hecho su trabajo tan silenciosamente como pudo, tan discretamente como pudo, pero al parecer, ya no le importaba quién lo pudiera escuchar.   «¡Hijo de perra, deja de reír! ¿Qué me has hecho?...» …   «No hubo nada que pudiera hacer» ***   -       Pero mira nada más como te han dejado. Al parecer, te hicieron su perra. -       Un maestro no debería hablar así. -       En estos momentos no estamos en la escuela. ¿En serio no había nada que pudieras hacer? Sucedió hace muchos años. Apenas estaba en cuarto grado de la primaria. Ese fue el momento clave en el que el profesor Ángel McGrowth se convirtió en mi maestro. En realidad ya nos habíamos conocido desde antes, era mi profesor de inglés en la escuela. Pero en ese momento, en aquel escondrijo solitario detrás de un edificio de hornos para tostar café, nos reconocimos el uno al otro.   -       Así que ¿No podías decirle a ningún profesor, o algo así? -       En estos momentos no estamos en la escuela. El profesor Ángel gruñó, se pasó la mano por su rebelde y enmarañado cabello caoba y luego asintió. -       Cierto. Me has dado en los dientes con mi propia piedra. ¿Qué hay de tu papá? -       Él quiere que me concentre más en los estudios. Y en hacer amigos. -       ¿Quiere que te hagas amigo de chicos como ellos? -       Sus padres son influyentes. -       Pensé en que dirías que quería que te defendieras. Me puse de pie. Me sentía avergonzado, y ya no quería seguir bajo el interrogatorio del profesor Ángel. En ese momento creí que él era igual que todos los demás. No tenía idea de lo mucho que mi vida estaba a punto de cambiar. -       Hey ¡Espera! ¿Qué es eso en tu mano? -       Ah ¿Esto? No tiene importancia. Lo que tenía en mis manos era una reluciente y nueva pistola de balines metálicos. En ese tiempo eran más que un simple juguete, eran un lujo que sólo se podían comprar por correo, trayéndolos del extranjero. Uno de los chicos que me habían dado la paliza había estado presumiéndola. El profesor se acercó para quitármela de las manos, yo no me opuse. De todas maneras, no tenía ninguna intención de quedármela. -       Mmm… interesante. Lo interesante no era el arma, sino lo que el profesor hizo con ella. La disparó al aire, pero antes de que el balín pudiera elevarse en el aire, lo capturó con un movimiento imperceptible de la mano. Luego, lo sostuvo frente a sus ojos, sostenido entre el dedo índice y el pulgar. -       Veo como esto podría causar daño. Como ese morete tan extraño que tienes justo debajo del rostro, demasiado pequeño y definido como para venir de un puño. También te dio un poco debajo del cuello, aquí – y presionó con su dedo índice justo en el punto exacto, a pesar de que estaba oculto por la ropa – y ese golpe que hace que te dobles un poco a un lado ¿Te golpearon con alguna clase de palo? El profesor estuvo a punto de tocar esa área, pero le desvié la mano. Estaba casi al borde de las lágrimas. -       Que no te de vergüenza. ¿Sabes lo que me revela ese disparo justo debajo del cuello, por encima de la línea de la clavícula, y ese golpe de palo en tu costado? Que te lanzaste directamente a ellos. Diste pelea. Pero no te importaba hacerles daño, o que te hicieran daño. Te importaba este juguete. No, más bien, te importaba proteger algo. Entonces se dirigió directamente hasta el árbol que estaba detrás de él. En un punto elevado del árbol había otro balín de aquella arma, clavado en la corteza. -       Estos balines están bien hechos. Mira como brilla bajo la luz del sol, puro acero de buena calidad. Pero la puntería… querían darle a algo que estaba en esta rama. Por las marcas… diría que una ardilla. Se fue por patas apenas la defendiste ¿Verdad? Muchas veces, aquellos a quienes defiendas serán unos pequeños cobardes malagradecidos. Pero eso no cambia la gloria del héroe. Esto – dijo, señalando al arma – este es tu trofeo. Pero me temo que no puedo dejar que te lo quedes. Voy a arruinarlo un poco, para que no lo puedan volver a usar, y voy a hablar con sus padres. -       ¡No! Por favor. -       No estamos en la escuela, es cierto. Pero eso no significa que estén en un mundo sin reglas. Son sólo chicos, un grupo de chicos estúpidos, pero chicos al final de cuentas. Tienen que enfrentar las consecuencias de sus actos como chicos. Tengo que hacer algo, que al final de cuentas son mis alumnos. -       ¡Pero es que no puede hacer nada! El profesor Ángel volteó a verme con interés, su expresión parecía despreocupada, pero en sus ojos, en su mirada intensa, parecía decirme: “Continúa”. -       No va a pasarles nada – continué, bajando la mirada – Los papás no los van a castigar, simplemente les van a comprar otra arma. Quizás los regañen, pero eso sólo servirá para que se las desquiten conmigo. Incluso es posible que se las desquiten con usted, y que hagan que lo despidan. Nada va a cambiar. -       ¿Así que esa es tu respuesta final? -       ¿Eh? – no pude evitar sobresaltarme ante la severidad de su pregunta. Sin embargo, el profesor Ángel sonrió, alivianando sus palabras. -       Hace un momento te pregunté si no hubo nada que pudieras hacer. ¿Esa es tu respuesta? ¿No había nada que se pudiera hacer, porque nadie va a hacerles nada? Como tu profesor, déjame enseñarte algo. Este mundo contiene reglas y autoridades que las hacen cumplir, sino todo sería un caos. Si alguien hace algo malo, entonces hay que recurrir a las autoridades para que hagan cumplir la ley. Pero, eso es sólo en este mundo ordinario. El profesor Ángel se puso sobre una rodilla, poniéndose a mi altura. Hasta ese momento, nunca me había fijado en lo alto que lucía, ni en lo definidos de sus músculos. Era como si hasta ese momento hubiera ocultado lo fuerte que era. -       Sin embargo, puede que en alguna ocasión te vayas a encontrar en un mundo extraordinario. El profesor Ángel parecía haber cambiado de repente. No sólo lucía más fuerte, sino que sus ojos tenían otro brillo, y hasta su cabello parecía haberse parado de repente. -       Ese mundo extraordinario – continuó – puede que suceda porque alguien rompe demasiadas reglas, porque se cayó la sociedad, porque tengas que defender tus ideales cuando todos estén en contra, o simplemente porque todo el mundo se vuelve loco. Ya ha sucedido antes en la historia. O puede que simplemente, te encuentres en una situación o lugar de barbarie, en la que no puedas acudir a ninguna autoridad ni a ninguna ley. -       ¿Eso puede pasar? -       Este es un mundo grande – tenía la sonrisa amplia de quien hablaba con convicción – estoy seguro de que tienen que haber lugares así. Lo miré de cierta manera, que él entendió perfectamente, porque me levantó una ceja y sonriendo, me respondió. -       Sí, yo he visto lugares así. El mundo es así de grande, y siempre encontrará la manera de sorprenderte. ¿A que no es interesante? Creo que en ese momento no pude evitar sonreír. Era un niño al que se le había intentado negar la niñez, y de repente estaba hablando con una figura que parecía tan fantástica, como un pirata o un caballero. Un visitante de ese mundo fantástico, tan grande y tan lleno de aventuras. -       He escuchado de tus compañeros que a ti te gusta estudiar cosas innecesarias. Imagino que a tu papá esas cosas lo deben volver loco, porque en las reuniones de padres y maestros me ha pedido que vigile de cerca tus estudios, y que no te descarríes. Creo que voy a hacer exactamente eso. Y diciendo eso, se puso de pie. Presentía que algo muchísimo más grande estaba a punto de empezar. El profesor Ángel me hizo comenzar a caminar a su lado. -       Hay que ponerte en forma. Voy a enseñarte muchas más cosas innecesarias. ¿Quién sabe? Quizás algún día tú mismo te encuentres en un mundo extraordinario, y no quiero que vuelvas a decir que no hubo nada que pudieras hacer.   ***   Fueron las palabras de mi maestro las que me salvaron. Pude salir de aquella oscuridad que quería devorarme, eso es lo único que pude hacer. Y ahora, me encuentro aquí. En un mundo extraordinario. Es aterrador lo fácil que le resultó al mendigo traerme aquí. Es aterrador lo cercano que mi mundo se encuentra de este mundo.   En el horizonte domina la vista un volcán activo, escupiendo constantemente llamaradas y humo, pero no lava. El volcán está rodeado de un gigantesco lago. El resto de la tierra está dominado por una espesa vegetación, hasta donde la vista alcanza a ver. Alguna criatura gigantesca, a lo lejos, hizo temblar el suelo con sus pasos. Sólo pude ver algunas hojas agitarse, y pájaros volar desde las copas de los árboles. Debía ser realmente enorme para causar aquellos temblores, con sus pasos parecía enardecer incluso al volcán. Una sombra gigantesca nos cubrió, como si de repente se hiciera de noche. Fue alguna clase de criatura voladora. Incluso el mendigo tuvo la reacción de esconderse y dejar que pasara. Al poco tiempo, cuando consideró seguro salir de su escondite, me tomó en sus manos y me sacó de la vaina, y me sostuvo frente a su rostro. Con toda la frustración de mi vida, no hubo nada que pudiera hacer. -       Así que conmigo no funciona. Qué lástima – exclamó el mendigo – bueno, no importa. Algo es seguro. Esta es la espada, en eso no hay error. Bueno, supongo que ahora sólo nos queda encontrar al héroe a quien pertenece. Así que ahora estoy en un nuevo mundo, un mundo extraordinario, un mundo salvaje y potencialmente peligroso. Y se supone que ahora hay que buscar a un héroe. Me pregunto qué es lo que puedo hacer… cuál es el papel que jugaré en esta historia. ¿Acaso he muerto? No estoy seguro. Pero mientras el mendigo vuelve a colocarme en el interior de mi vaina, algo tengo seguro. He renacido como la espada del héroe.   
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