[Yo quería cambiar al mundo. De verdad. Eso es lo que quería…]
- ¡Una fila! ¡Hagan una fila! Ese muchacho no, es demasiado viejo. No señora, no le voy a creer que ese viejo tenga trece años. ¡Una fila! ¡No tienen por qué pelearse!...
Ser un empleado público es un trabajo estresante, no importa el mundo en el que te encuentres ¿Verdad? La gente simplemente nunca entiende.
Si tan sólo pudiera decirte que yo si te entiendo.
- ¡Eso ni siquiera es un niño!
Esa señora mal encarada quizás habría tenido más suerte si hubiera vestido de niño a un chimpancé y no a una cabra. Jajaja al menos ahí tienes tu anécdota para el final del día. Yo tengo varias así. Extraño compartirlas con una cerveza bien helada y alitas de pollo bañadas en salsa.
Es más, extraño mi trabajo.
Sé que puedes sentirte miserable ahora, señor heraldo, teniendo que lidiar con los ciudadanos descarados, malcriados y torpes que no entienden de razones, y con esos guardias robóticos sin sentimientos que temes que podrían matarte por un infortunado cortocircuito. Y tener que tocar esa trompeta ridícula cada media hora, sin ninguna buena razón. Y ese uniforme que parece sacado de una obra de Peter Pan. Sí, puedo ver que tu trabajo no es fácil, y quizás estas teniendo un día más difícil de lo normal. Pero créeme, aprécialo. Agradécelo. Disfrútalo. Por mucho que parezca cliché, no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes.
Lástima que no pueda decírtelo.
Y lástima que no pueda decirle unos cuantos insultos al hijo de perra insufrible que tengo a mi lado. Sí, estoy sentado justo al lado del mendigo. Sólo que ahora ya no luce como un mendigo, sino como un noble, y hasta donde sé, se llama Virgil Henroth. En realidad, tengo que admitir que tiene un rostro bastante apuesto. Es delgado y fornido, con los músculos incluso más marcados que como yo los tenía. Tiene un rostro afilado y severo, con el cabello meticulosamente peinado y aceitado, barba bien recortada, traje impecable. Podría decirse que es la versión medieval de un metrosexual. ¡Hasta las cejas se peina! ¡Lo he visto! Tengo que admitir que es apuesto, porque eso me haría más satisfactorio poder romperle la cara. Me gustaría ver por cuánto tiempo podría mantener esa mirada altiva y seria si pudiera hacerle todo lo que imagino ¡Y aun así, no es suficiente! ¡Tengo que seguir entrenando mi crueldad porque nada de lo que se me ocurre hacerle es suficiente!
Pero mientras tanto, sólo puedo permanecer a su lado. Quieto y calladito, como un niño bueno. No tengo opción. Ya he pasado meses a su lado, hemos recorrido mucho juntos. Y no, no he encontrado ni una sola característica que lo redima. Más bien, me parece un poco más detestable cada día.
- ¡Siguiente! – anuncia el heraldo, y suena su trompeta para anunciar la siguiente media hora. La tonada cambiará a la hora del almuerzo. Es como una especie de reloj primitivo. ¿Por qué necesitarían eso si tienen tecnología más que suficiente para decir la hora?
Pasa adelante el siguiente niño. Debe pasar una serie de pruebas, alineadas en una larga mesa. Está temblando, no puedo culparlo. Está siendo escoltado de cerca por esos guardias robóticos, que son simplemente tétricos. Parecen caballeros con armadura negra, pero no hay ningún humano adentro, sino un montón de mecanismos y cables. Cada paso que dan casi hace temblar el suelo, por lo pesados que son. Y son tan jodidamente callados. Mejor ni intentar hablarles, o podrías tener la desgracia que te intenten contestar con unos chirridos y pitidos, que al parecer son su verdadero “idioma”, o peor aún, con unas escalofriantes frases pre-programadas que suenan como si las hubiera dicho alguien con un arma apuntándole a la cabeza. Si tuviera que compararlos con algo de mi cultura, diría que son como una mezcla entre Darth Vader y Robocop.
La primera de las diez pruebas es un examen físico muy detallado, en el que le exigen que se quite la ropa. Este examen me recuerda a un chequeo médico, le pide que saque la lengua y le revisa la garganta con un artefacto que parece y hace lo mismo que una linterna (pero créanme, no es una linterna). Luego le revisan los dientes, dibujan unos bosquejos rápidos y toman nota de cuántos son y quién sabe de qué otras cosas. Le revisan los ojos, peso, estatura, latidos del corazón, pulmones, movimientos intestinales. No tienen un estetoscopio o herramientas médicas tal como las conozco, sino que son artefactos extraños que quien sabe cómo funcionan. Luego siguen dibujando bocetos de cada centímetro de su cuerpo, poniendo especial atención en marcas, lunares y cicatrices. ¿Y hacen también bocetos de sus órganos internos? No tengo idea de cómo consiguen esa información. Los bocetos me recuerdan mucho a la obra de Leonardo Da Vinci, y están llenos de notas que no puedo comprender.
Para las siguientes pruebas no es necesario que permanezca desnudo, pero por alguna razón no le devuelven la ropa sino hasta que sale de la carpa. Quizás sólo porque son unos imbéciles.
La siguiente es una especie de prueba escrita, no sé para qué sirve.
Luego le hacen una prueba con varios objetos, algunos lucen como fichas de ajedrez trabajadas en plata, otras son frasquitos de líquidos raros, y algunas son piedras de colores trabajadas en joyas empotradas en plata. Le ponen una tabla enfrente que parece un tablero de damas chinas y le piden que coloque los objetos en unos agujeros del tablero, en el orden que él quiera. Toman nota, bocetos, y pasa a la siguiente prueba.
La siguiente es una prueba de sangre, o algo así. Le sacan una gota de sangre pinchándole el dedo con la punta de una daga, y la derraman en un tubito de ensayo lleno de un líquido incoloro. La sangre se diluye, y hasta ahora no he visto que pase nada.
La que sigue es tocar una caja sellada, de nuevo, no he visto que suceda nada.
Cinco pruebas hasta el momento, y no tengo idea de qué es lo que están buscando. Eso hace que estar condenado a observar estos exámenes sea aún más tedioso. Puedo ver en sus rostros que también están cansados de buscar, incluso Virgil tiene cara de fastidio. Pero debe ser algo muy importante para que se hayan invertido tantos recursos durante tanto tiempo. Incluso tienen trabajando tiempo completo a un noble, quien creo que tiene un título como conde o algo así. Sí, me refiero a Virgil, quien por un corto tiempo me llevó a su castillo. Es un niño mimado con la fuerza de un gorila entrenado para matar. Te ha tratado bien la vida hasta ahora ¿Eh? ¿Desearías estar en tu castillo? Me hace un poco feliz existir para joderle la vida. Debe seguir viajando a estos pueblos llenos de suciedad, de olor a excremento y poblado de moscas, idiotas y lunáticos, donde todos están ansiosos para que sus retoñitos salgan aprobados por estos exámenes, incluso si tienen que vestir cabras como si fueran niños. Sí, aquella señora mal encarada no fue la primera en intentarlo.
La sexta prueba es un examen de inteligencia, muy básico. Son unos pocos rompecabezas sencillos. Este chico no es muy inteligente que se diga, terminan teniendo que hacer que pase a la siguiente o pasaríamos todo el día en esto.
La séptima prueba es sostener una copa y luego derramar su contenido en otra copa. Parece que contiene agua. Se la llevan a alguien que por su ropa parece un clérigo para que la examine.
La octava prueba parece un examen psicológico. Ese es el segundo examen más largo de todos. Le hacen una serie de pregunta y toman notas. Casi me parece que falta recostarlo en el sillón de la oficina del psicólogo.
Las dos últimas pruebas son las más importantes.
Le piden al niño que espere un poco sentado en una silla para preparar la novena prueba. Esta prueba consiste en tomar los apuntes y bosquejos de las pruebas anteriores y todos los examinadores los revisan meticulosamente, sacando ¡Quién lo diría! Más apuntes. Pero luego viene la parte interesante. Estos apuntes se los pasan a un adivino, vestido con un manto que lo cubre todo, decorado con un tema recurrente de un ojo dorado. Y éste ingresa los datos en una laptop tan grande como un maletín, pero que tiene unos receptáculos, que salen de la misma como la bandeja para CD’s. En los receptáculos se vierte un poco del líquido en el que se derramó la sangre y el de la copa. Me parece que debe ser algo especialmente diseñado para este examen en específico. Luego el adivino le pide que pase, le sostiene las manos por unos minutos, examinándolas, e introduce más datos en la laptop. Le hace unas preguntas, e introduce los datos en la laptop. Por último lo regresa a su asiento. El adivino empieza a teclear, con una cara de intensa concentración que no me deja de recordar a un nerd de computadoras, y finalmente, tras revisar sus extraños mapas astrales y cálculos en la pantalla, voltea a ver a Virgil y niega con la cabeza. A que te jode ¿Verdad, Virgil? ¿Te jode? Sé que él quisiera regresar a su castillo, abusar de unas cuantas sirvientas, maltratarlas un poco para sentirse más hombre, comer algunos manjares y bañarse en una tina de perfume para quitarse el olor a bosta de vaca de encima.
Con un gesto de su mano, Virgil manda a llamar a los guardias robóticos para que se lleven lejos al niño. Ni siquiera vale la pena intentar la última prueba. Hasta ahora, ningún niño la ha intentado, así que no sé mucho sobre qué trata, pero de algo estoy seguro.
La última prueba soy yo.
Tampoco es que sea tan difícil adivinar lo que se supone que tienen que hacer conmigo, las pistas están ahí y no hay tantas opciones.
Lo que están buscando es a un héroe legendario.
Y yo soy su espada.
Sé que la última afirmación debe sonar como algo muy loco, muy difícil de imaginar. Lo describiría con una sola palabra: frustrante. Es como estar paralítico, no puedo hablar ni moverme en lo más mínimo dado que soy un objeto inanimado. Pero puedo sentir. Soy sensible a la fuerza con la que me sujetan, a la velocidad con la que me mueven, puedo ver, escuchar y hasta olerlo todo. Estar dentro de mi vaina me da una cierta sensación de confort, como si estuviera bien arropado en una cama. Pero no puedo dormir. Y es una lástima, porque este viaje ha sido bastante arduo. He sentido las inclemencias del camino, del terreno, del clima, y nada me ha dado alivio.
Aaaaah, han sido unos largos días, largos e inútiles.
En este pueblo tampoco estaba lo que buscaban. Tienen que armar de nuevo la caravana y continuar hasta el siguiente pueblo. Puedo sentir la frustración de Virgil en la manera tan ruda como me sostiene. No me duele, francamente. Me da risa.
- ¡Por edicto del rey Wilfried Severand, hemos venido a dignificar a vuestro humilde pueblo con nuestra presencia para realizar las pruebas de la profecía sobre vuestros hijos de trece años! ¡Es obligatorio que traigan a todos los niños de trece años, y a aquellos que estén pronto para cumplirlos, para ser examinados! ¡Todos los niños, incluso aquellos enfermos, mutilados, defectuosos o enfermos mentales! ¡Aquellos que se nieguen se enfrentarán a la desaprobación, juicio e ira del rey, expedita y sin recurso! Si uno de vuestros hijos aprobara nuestras pruebas, será llevado a cenar con el rey y preparado para cumplir su rol profético como el héroe de nuestro mundo. A los padres del chico les espera una recompensa adecuada en dote. ¡Esta es la palabra del rey!
Con estas palabras, leídas por el heraldo directamente de un pergamino dorado con el sello del rey visible en su parte posterior, comenzamos los exámenes en otro pueblo más.
Uno tras otro fueron entrando los niños a la carpa. Yo pensaba que esta búsqueda sería eterna, pero por mucho que hubiera querido ver como Virgil se volvía viejo y se moría haciendo este trabajo que tanto odiaba, debo decir que yo también ya me estaba fastidiando.
Pero entonces, sucedió algo que llamó la atención de Virgil, y debo decir que también atrajo mi curiosidad.
Se trataba de un chico rubio, flaquito incluso para su edad, con un rostro un poco afeminado. Incluso su peinado corto era muy femenino. En ese momento estaba realizando la tercera prueba. Entonces uno de los examinadores, el de la primera prueba, corrió hacia el examinador adivino, con tanta excitación que casi dejaba caer los papeles de sus notas al suelo. El adivino miró los papeles, y luego casi salta de su asiento. Comenzó a trazar líneas sobre los bosquejos, utilizando instrumentos que parecían de geometría: reglas, transportadores, escuadras, y algunos bastante raros que incluían lentes y cuerdas. Mientras hacía esto, el examinador de la quinta prueba gritó. El tipo, que por cierto era algo viejo, parecía estar al borde de un ataque al corazón mientras miraba como el chico había ordenado las piezas que le habían dado. Las había colocado todas en puntos específicos del tablero, excepto una, que dejó sobre la mesa, a la que alejó del tablero.
- ¿Por qué hiciste eso?
- Lo siento ¿No debía?
- ¿Cómo lo supiste? – el viejo examinador carraspeó, tosió, recuperó su compostura y luego señaló hacia la pieza que había alejado del tablero – ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué pusiste esta pieza aquí?
- Por un momento pensé que se trataba de otra cosa. No sé, quizás miré mal, pero lo miré como si se tratara de otro objeto, como un sello o algo así. Algo que no pertenecía al tablero.
El viejo parecía estar a punto de aplaudir, pero hizo lo mejor que pudo para recuperar la compostura y le señaló a la siguiente prueba. Cuando el chico se sentó con el examinador correspondiente, los demás hicieron rueda y se pusieron a platicar entre ellos.
- ¿Pueden creer esto? Estas son exactamente las posiciones de las tropas que el último héroe lideró en la guerra santa contra los demonios y los inmundos. ¡No hay ningún error! Incluso sacó del juego a la pieza de trampa, un pequeño reino que se negó a ir a la guerra. Nadie lo sabía, sino solamente el héroe, quien cubrió por ellos para que los demás reinos no intentaran tomar represalias. ¡Sólo un grupo muy pequeño de sabios tenía conocimiento de esto! ¡Era un secreto, incluso para la realeza!
Las siguientes pruebas también tuvieron resultados diferentes e interesantes al de todos los demás. En la prueba de sangre, el líquido se prendió en llamas. En la prueba de la caja sellada, ésta comenzó a agitarse con tanta violencia que los examinadores tuvieron que arrancársela lo más rápido posible de las manos, con una cierta expresión de miedo.
El chico acabó bastante rápido con el test de inteligencia. Tampoco es que fuera demasiado impresionante, no era un examen tan difícil como para indicar un nivel de genialidad. Más bien se trataba de un nivel básico de ingenio, creatividad y capacidad de resolver problemas. Aunque, había que concedérselo, se supone que es un chico de pueblo, hijo de campesinos, con muy poca o nula educación. Quizás se merezca un aplauso.
No pasó nada con el examen de la copa, al menos no frente a mí, pero cuando el clérigo la pasó a la otra copa y realizó una prueba, pareció haberse quedado sin aliento del asombro.
El examen psicológico tomó mucho más tiempo que con cualquier chico que hubiera visto antes. El examinador realmente se esforzó por encontrar fallas en la psique, por encontrarle alguna mentira. Pero no. Se le plantearon muchas preguntas y problemas al chico, pero no se le pudo encontrar ninguna falla en su alta integridad moral. Realmente pensaba como un santo. Si tuviera que compararlo, diría que hablaba como Superman en los cómics. Si hubiera algo que no pudiera responder, era debido a una falta de inteligencia, o incluso a una excesiva ingenuidad.
La prueba del adivino fue preparada mucho más rápido que todas las demás. Mientras tanto, le indicaron que volviera a ponerse las ropas, cosa que no habían hecho nunca antes. El adivino le realizó las mismas preguntas que a los demás, trabajó de la misma manera con su laptop, pero no dijo absolutamente nada. Lo que resultó increíblemente sorprendente, es que al terminar de trabajar en la laptop, le indicó que pasara a la siguiente prueba.
Virgil le indicó que caminara hacia cierto punto ya alejado de la mesa, y me entregó a él con las dos manos.
- Adelante, tómala.
Me parecía algo ridículo. Nunca había podido verme a mí mismo (como en un reflejo de un espejo o algo así) pero sabía que era grande. Era la misma espada con la que Virgil me había matado: una claymore irlandesa de dos manos. Incluso la hoja es más gruesa de lo normal. Este chiquillo es tan pequeño y delgado que estaba seguro que me vería ridículo en sus manos.
Sin embargo, me sostuvo con relativa facilidad.
- Vamos, sácala de su funda. Blándela.
El chico me sacó de la funda, y entonces pasó algo interesante. Comencé a cantar. No es que fuera algo que yo estuviera haciendo, conscientemente, sino que era algo que surgía de mi interior. Lo sentía como si fuera una vibración, me causaba una sensación entre cosquillas y electricidad en el cuerpo. La música sonaba como si fuera una especie de flauta lejana tocando a dueto con una gaita. En mi corazón, la sentía como si se tratara de un himno, una canción inspiradora, como cuando uno canta en un estadio de fútbol por el equipo que uno apoya y siente el fervor de todos cantando al unísono, deseando y teniendo fe en la victoria. Me hubiera sacado una lágrima, si no fuera un maldito objeto inanimado y de metal.
Los examinadores nos miraban, llenos de asombro, como si fuéramos lo más sorprendente que hubieran visto en su vida. Incluso, parecían estar a punto de llorar, mientras susurraban entre sí. Todos, excepto el adivino, quien se había ido a sentar en una esquina, con los brazos cruzados y en una actitud meditabunda.
- ¿Cómo dijiste que te llamabas, muchacho?
- Tommy Gilbert, señor.
- ¿Sabes cómo hacer algunos pases con la espada? – le preguntó Virgil al chico, mientras sacaba su propia espada de la funda en su cintura – ¿Tajos, estocadas, defensas, posturas? – mientras mencionaba los términos, los acompañaba con algo de mímica para ilustrarlos.
- No, señor.
- ¿Alguna vez habrás cogido un palo y habrás jugado al duelo de espadas con tus amigos, verdad?
- Sí señor.
- No necesitas decirme señor cada vez, me estás cansando.
- ¡Lo siento señor!
El chico parece estar a punto de llorar. Deberías sentirte avergonzado, Virgil, pero eso sólo sería posible si fueras un ser humano y no una bestia.
- ¿Y entonces? ¿Mientras jugabas a las espadas con un palo, le has podido pegar a uno de tus amigos?
- Más o menos…
- Está bien – Virgil se rascó la cabeza mientras suspiraba de fastidio – siquiera prueba agitarla en el aire.
« ¡Oye! ¡Virgil, mono idiota! ¿Es que no te das cuenta de lo peligroso que es decirle a un chiquillo débil que agite a lo loco una espada afilada?
Espera un momento. Quizás eso signifique que pueda herirte. Incluso si sólo fuera sacarte un ojo… sí… eso me alegraría muchísimo. ¡Necesito vengarme de él! ¡Vamos chico! ¡Agítame a lo loco cerca de ese idiota! Mi afilado yo se encargará de lo demás. ¡Vamos, apuñálalo!»
El chico comienza a agitarme sin mucho atino, como un niño vendado que blande un palo para quebrar una piñata. Pero mucho más patético, casi sin ánimo. ¡Maldición! ¡Está teniendo demasiado cuidado de no lastimar a Virgil o a nadie!
« ¡¿Qué fue eso?!»
Virgil de repente comenzó a atacar al chico. ¡Ese fue un ataque en serio! ¡Virgil no se está conteniendo, ese ataque tenía la técnica y la fuerza para partir a este chico a la mitad!
Pero no lo hizo. El chico me utilizó para parar el golpe. ¿Realmente fue él? No creo que tenga ni la técnica, ni la fuerza, ni los reflejos para lograr algo así. No entiendo qué fue lo que pasó, pero he tenido que parar el golpe. Se siente horrible parar un golpe así, es como si tuviera que parar el golpe de un musculoso bestial con los brazos; quizás evité el mayor daño, pero aun así duele lo suficiente como para que tenga que apretar los dientes.
Virgil no se detuvo ni un poco. Antes de que el chico pueda gritar, él lanza un tajo horizontal a la cintura. El chico para el golpe, y con un movimiento circular desvía la espada a un lado. «¡Vamos! ¡Un paso hacia adelante y lanzas un tajo del lado contrario! ¡También podrías apuñalar! ¡Tiene la guardia baja!»
Pero el chico no me hace caso, sino que mantiene esa misma pose tan inestable. Eso me confirma, no es él quien está haciendo esto. En verdad, no tiene ni idea de cómo pelear.
Virgil aprovecha y le da una patada para derribarlo, luego se lanza hacia él con la espada en alto, listo para cortarle la cabeza. Pero entonces, el chico lanza un tajo hacia la pierna. Virgil se confió demasiado. Tuvo que saltar para intentar esquivarlo, pero perdió el equilibrio y cayó de manera estrepitosa. Estuvo a punto de atravesarse a sí mismo con su propia espada. ¡Diablos! ¡Eso estuvo cerca!
Estuvo tan cerca que de hecho, he logrado probar su sangre. Una solitaria gota de sangre dibuja una línea brillante y carmesí por mi filo. Se siente tan satisfactorio que no puedo evitar sonreír. Literalmente puedo saborearla.
« ¿Pero qué es eso?»
Virgil le sonríe al chico, una sonrisa que si se la llega a creer, realmente tiene que ser un tonto ingenuo. Cojea un par de pasos hacia él y le ofrece la mano para ayudarlo a levantarse.
- Levántate y sacúdete el polvo. Felicidades, héroe, vamos a llevarte a cenar con el rey.
El chico parpadea con incredulidad, y toma su mano.
Pero en realidad no estoy haciendo demasiado caso de eso. Algo extraño está sucediendo en donde estoy.
Soy la espada, pero no soy la totalidad de la espada. Dentro de este objeto hay mucho más. No estoy solo en la espada. Es como cuando alguien cierra los ojos e imagina algo, puede estar de repente en cualquier lugar, en compañía de quien quiera. Por supuesto, no está ahí de verdad, es sólo su imaginación, una imagen que su cerebro genera.
En mi caso, si yo cierro los ojos y miro a mi interior, no puedo decidir nada. No puedo imaginar nada. En el interior de la espada estoy yo, en una ciudad de metal, laberíntica, de grandes edificios sin puertas y de ventanas de cristal que no pueden romperse. Una ciudad siempre en penumbra, siempre en silencio. Y no es un lugar que pueda controlar en lo más mínimo, es tanto o más real que yo mismo. Y no estoy solo en esta ciudad.
A mi lado estaba esta chica pelirroja, de baja estatura, con el cabello revuelto y una mirada inquietante, seria y ojerosa, me distrae de aquello que me llamó la atención.
- No pudiste verlo ¿Verdad?
- ¿Qué ese cobarde abusivo trató de matar a un chiquillo mucho más débil que él? Por supuesto.
- Todavía tienes que aprender cómo funciona este mundo. Ese no fue un simple choque de espadas. Ese tipo Virgil estaba peleando en serio, utilizando todo su poder. No sólo su fuerza, sino sus habilidades especiales.
- Lo que sea. Lo importante es que lo detuvimos.
- ¡No! Lo importante es que este chico que nos está empuñando es el héroe.
- Ah, genial. Tras varios meses, finalmente lo encontraron. Bien por ellos. No me importa.
Entonces la chica me dio una patada justo en el fémur. ¡Sentí como si me lo hubiera roto!