Dejó correr una lágrima. La gota recorrió los cachetes, se detuvo en el mentón y cayó en la tierra. Estaban delante de una puerta, gigante, doble. Abierta de par en par, como si la hubieran forzado, mostraba una boca en penumbra. Juliet no quería entrar allí, pero el guion del sueño impelió su voluntad a proseguir con la pantomima. —¡Protégenos, señor, de nuestra expedición temeraria hacia la batalla de la verdad y el amor! —rogó Irdelia al cielo. —No perdamos el tiempo, debemos apresurarnos. Esté el rey loco de remate o un poco loco, cada segundo que estamos aquí cuenta —dijo Juliet. —Sígueme. Cruzaron el vestíbulo hasta llegar a un gran patio. Al frente estaba la zona de los aposentos del rey. La luna, como el ojo de un cíclope, despuntaba la torre central. Habían cuatro torres alred

