La mansión reflejaba la opulencia, la riqueza y la ostentosidad. La entrada de la misma, te presentaba una sala espaciosa, con muebles blancos, una mesa baja y muchos jarrones llenos de flores que reflejaban un ambiente pulcro y relajante, las repisas con portarretratos de lugares increíbles captaron mi atención. Seguimos nuestro camino, subiendo unas escaleras que nos trasladaron a un nivel más alto y que tenía vista al nivel inferior.
- Este es el segundo piso Scarlett, aquí están las habitaciones- señalo cada puerta de color caoba, que parecían interminables hasta que nos detuvimos enfrente de una – Y esta es la tuya – abrió la puerta dándome espacio para entrar.
- La personalizamos para ti, tiene todas las cosas que te gustan cariño – dijo mi madre sonriéndome, le sonreí de vuelta.
Era inevitable, porque tenía razón.
Mi habitación, era simplemente preciosa.
Cada detalle, recoveco y espacio. La cama con cuatro postes que tenía unas cortinas blancas casi trasparentes. Almohadas con fundas floreadas, cojines encima del edredón. Definitivamente podría dormir tranquilamente entre las sábanas.
El ventanal, que tenía sus puertas abiertas y la cortina recogida le daba la bienvenida a un balcón, que de seguro le permitiría una hermosa vista del recinto, que ahora habitaría. A un lado tenía su escritorio, su computar, sus portarretratos y accesorios estaban encima, incluso tenía su propia peinadora.
Y para su sorpresa, tenía cosas nuevas, que de seguro sus padres le habían comprado.
- Sí abres la puerta doble, encontraras tu armario y la puerta de tu propio baño – comentó mi padre Robert.
Apenas termino de pronunciar las palabras, me precipite hacía las puertas con manijas negras, abriéndola con delicadeza, me di cuenta de que su función era deslizarse a un lado cada una, a diferencia de una puerta común. El armario, resulto ser un espacio abierto que me permitiría moverme con soltura e incluso cambiarme, los cajones y las repisas acomodadas a los lados, guardaban en su interior, ropa de mi talla.
Al fondo había otra puerta, y cuando la abrí, me encontré de lleno con el baño, que tenía su ducha, su lavamanos e incluso una bañera.
- No sé qué decir, todo es…
- Hermoso ¿verdad? – cuestionó mi mamá contenta con el resultado y satisfecha de mi felicidad.
- Sí – acepté, abrazándola – gracias.
- Bueno, no debes agradecer, eres parte de esta familia y del legado de los Tabelait -dijo mi padre Robert orgulloso.
Aunque para mí, no tenía ninguna importancia mi apellido, parecía que era otra historia con mi propio padre. Mi madre noto mi cambió, tal vez destilaba irritación, porque inmediatamente intervino en la conversación.
- Robert ha ordena que nos preparen un almuerzo muy especial de bienvenida – mencionó contenta, agarrando mi brazo y llevándome a la salida de la habitación – Todo lo que te gusta estará servido.
- ¿Pero no he visto toda la mansión? – comenté señalando hacia el tercer piso.
- ¡Ay no importa Scarlett! Luego podrás verlo por ti misma, como una exploración – dramatizo extendiendo sus brazos – Hacías eso cuando eras pequeña, te gustaba encontrar tesoros.
- Porque estaba pequeña mamá- resalte con suavidad y mucha tolerancia.
- La comida te gustara, ya verás – prometió mientras bajábamos por otras escaleras que estaban situadas al final del pasillo.
Podías escoger bajar o subir. Y nosotros bajamos, al primer piso, pero seguimos por un pasillo bastante ancho, que albergaba algunos cuadros sencillos en las paredes, y jarrones llenas de flores en las esquinas, encima de algunas mesitas pequeñas, hasta llegar al comedor, no pude negar que la elegancia estaba impresa en cada lugar de esta mansión.
La mesa en forma de circulo, era grande, con más de veinte sillas, las lámparas que estaban hechas de vidrio que parecían gotas de cristal, daban la perfecta iluminación a la estancia, las ventanas cubiertas con cortinas gruesas de color verde. Incluso la cerámica del piso era diferente al resto de la casa, que tenía madera oscura, en cambio aquí, la cerámica brilla de impoluta.
Ninguna suciedad a la vista, todo relucía, realmente todo.
Me sentí incomoda por un momento, tan fuera de lugar.
- Siéntate Scarlett, esta ahora es tu casa – invito mi padre Robert.
Me reí internamente.
¿Mi casa? No se sentía de esa manera.
- No estoy vestida para la ocasión – dije con sarcasmo, sentándome en la silla que mi propio padre aparto en un acto caballeroso.
- Así te ves preciosa – halago un hombre moreno entrando al comedor, lo observe a los ojos, de color oscuro, casi negros.
Era guapo, bastante. Un poco mayor que yo, su cabello largo le llegaba hasta los hombros y tenía una pequeña coleta en el medio, que no se le veía mal. Su atuendo consistía en unos pantalones oscuros y una camisa blanca. Incluso él iba elegante a comparación de mi sencillo atuendo, camisa manga corta y unos jeans azules. Me erguí completamente nerviosa por su escrutinio, sin olvidar el halago que había soltado sus labios rosados y gruesos.
- Muchas gracias – dije en un tono más alto de lo esperado, pero al menos no me quede sin palabras.
Él asintió, saludando a mis padres se sentó enfrente mío.
- Te presento a Marcus, Scarlett – coloco su mano encima del hombro del mencionado – Trabaja conmigo, lo verás a menudo por aquí.
- Mucho gusto Marcus- sonreí con amabilidad.
- El placer es mío señorita, Robert ha estado muy emocionado por tu llegada, que bueno que ya estás en casa – comentó lo último colocando una mano en el hombro de mi padre.
La comida fue servida por dos señoras mayores que, con carritos de metal, fueron entregando bandejas llenas de comida, enfrente de mí, observé los cubiertos pulidos, junto a los vasos de vidrio con agua. Me sentía en un restaurante elegante, me reí un poco por eso y cuando eleve mi mirada, me tope con la de Marcus, tal fija en mí, que me provocó escalofríos en mi piel.
Al empezar a comer, me pregunte si solo me había imagino haber tenido brevemente la atención de ese hombre tan guapo. Durante el almuerzo no hable mucho, de eso se encargó mi madre y padre, que parecieron liderar casi toda la conversación. A la menor oportunidad que tuve para irme a mi habitación, lo aproveché.
Estar sola me ayudaría a ordenar mis ideas.
- Yo también me retiro, iré a mi habitación – mencionó educadamente Marcus, me quede un momento perpleja.
¿Él vivía aquí?