*Viajamos, durante una semana. Dejando atrás al padre de mi esposa Eleane, queríamos olvidar el mal recuerdo de los bandidos. Y el señor Abdel no corría ningún peligro, porque los cobradores fueron eliminados. Sin embargo, mi esposa se sintió triste de dejar atrás al único familiar que le quedaba con vida, pero su padre la alentó, pues había tomado una errónea decisión con respecto a sus finanzas.
Y sencillamente no quería involucrarnos en más peligros, sabiendo que la cuidaría correctamente. Mi secreto como hombre lobo
estaba a salvó, pero me brindaba algunas ventajas. La mayoría físicas.
Nos detuvimos en varios hostales a descansar durante el camino tedioso, hasta llegar a un pueblo, en dónde mi esposa fue atendida por un doctor, que la ayudo en su parto, estuve presente ese día, pues temía que el niño naciera diferente y causará revuelo.
Afortunadamente no ocurrió, un bebé sano y varón nos brindó otra alegría en nuestras vidas.
Conseguir trabajo fue complicado, sin tener dinero suficiente para comenzar un negocio, tuve que escoger entre ser explotado laboralmente o morir de hambre. Así que me convertí en agricultor, cosechaba maíz, tanto como pudiera mientras mi esposa se quedaba en una cabaña de alquiler a las afueras del pueblo.
Me sentía tranquilo que no estuviera cerca de tantos humanos, no confiaba en ninguno, aunque algunos tenían un alma noble, muchos eran codiciosos y lujuriosos. Aunque logramos conseguir sustento estable, y me
encontraba casi todo el tiempo trabajando, había notado cambios en mi esposa, cambios físicos.
Era más fuerte, más ágil y sus sentidos más agudos, parecía que su embarazo le había otorgado beneficios. O tal vez había sido el
instinto que una vez me poseyó, la mordí, específicamente en la zona del cuello, no quise lastimarla, solo quería marcarla. Cómo mi pareja, algo me decía que era lo correcto.
Y ella había copiado mi acción, lo que me pareció increíble. Tener un tatuaje hecho por nuestra unión. Era un dibujo sobre un lobo, pequeño y discreto que mi esposa ocultaba, para evitar habladurías, mientras que yo lo mostraba orgulloso.
Había encontrado mi respuesta a través de mis sueños eran recurrentes, tan extraños y lúcidos a la vez, una diosa me hablaba,
diciendo ser mi creadora. Era una mujer hermosa, su piel blanca como las nubes
del cielo, su cabello liso del mismo color, con una vestido oscuro como la noche, en donde se extinguían las estrellas. Debía admitir que tenía sentido que una deidad me haya otorgado humanidad, una oportunidad de vivir. De allí supe que debía marcar a mi pareja, para que logrará vivir a mi lado muchos años.
Porque éramos diferentes a los humanos.
Aún así, mi respeto por la Diosa se dio de manera natural, incluso cuando me daba miedo su mirada azulada, que a veces se tornaba turbia, como si estuviera enterada de todos lo secretos del universo y cargara con ese peso encima. Mi orden había sido clara, debía convertir a más humanos en hombres lobo. Parecía que algo malo se avecinaba.
Y aunque no quería tener relación con problemas, la Diosa aseguro que, si no cumplía con sus órdenes, habría consecuencias, impuestas por ella, que me dejarían desprotegidos ante la amenaza de los sedientos de sangre. Los rumores en el pueblo escurrían como pólvora y todos parecían temerle a un grupo de personas que se alimentaban de sangre humana.
Estábamos en peligro otra vez, según las cartas que nos habían llegado del señor Abdel, parecía preocuparse por lo mismo.
- Atticus estamos en problemas – titubeó mi esposa Eleane con nuestro hijo en brazos, el bebé dormía luego de alimentarse. Mi esposa sentada en un sofá descansando.
- Lo siento Eleane- me disculpe, arrodillándome en el suelo y agarrando su mano – La Diosa me ha confirmado que debemos enfrentar la amenaza, tenemos dos meses. No quise arrastrarte a esto, no pude cumplirte con una vida tranquila.
Ella suspiró, apretando nuestras manos unidas.
- Atticus, nunca hemos sido una pareja convencional. Sabía quien eras desde el principio. Y te habría escogido una y otra vez, con o sin problemas- admitió con una sonrisa tranquilizadora- Ahora ¿Cuentame cuál es el plan?
Sonreí complacido, dándome cuenta una vez más, que la Diosa tenía razón, Eleane era mi pareja predestinada.
- Formaremos nuestro propio grupo, tendremos que conseguir candidatos al puesto mi amada esposa- Respondí cómplice, ella abrió sus ojos desmesuradamente, sorprendida.
- Más como tú, eso será interesante- comento mirando a nuestro hijo- ¿Crees que Quinn sea un hombre lobo? - Preguntó acariciandole sus mejillas.
- Debe serlo, la Diosa quiere más de nosotros en el mundo, es natural que mi hijo herede mis genes- respondí, ella asintió de acuerdo conmigo.
-Sera increíble verlo transformarse en un lobo como tú- sonrió con felicidad.
-¿Lo crees?- pregunté.
Imaginando a mi hijo adulto, Quinn Tabelait transformado en un lobo de pelaje tan oscuro como el mío. Y estaba encantado con la idea.
- Absolutamente...*
Cerré el libro, provocando un ruido parecido a un "plot". Regresando al presente, me levanté de mi cama y salí de mi habitación, corriendo hasta llegar nuevamente a la biblioteca.
Hasta que me quedé otra vez, mirando los retratos de mis antepasados. Leyendo el nombre de la persona que protagonizaba el segundo, un hombre alto, de cabello oscuro, ojos marrones, de semblante serio, retratado de tal manera, que te hacía sentir confianza, que era buena persona. Su letrero dorado, decía su nombre "Jason Quinn Tabelait".
Hijo de Atticus y Eleane Tabelait.
El tercer cuadro, era el de mi padre, Robert Tabelait.
Y sí el libro estaba en lo cierto, yo también era un lobo, una mujer lobo.
- ¿Scarlett? - escuché una voz femenina llamarme.
Me volteo inmediatamente, encontrándome a mi madre.
-¿Qué haces aquí? No recuerdas que estás castigada- inquirió molesta. Asentí, pasando por su lado.
- Ya me voy a mi habitación- dije en voz baja.
Decidiendo escapar de su presencia, baje las esceras rápidamente, preguntándome cuando será el día en el que empiece a experimentar los cambios ¿Sería progresivo? cómo le ocurrió a Atticus.
No lo sabía.