Corazón de melón

1345 Words
PATRICIA Al día siguiente estaba en la oficina escribiendo y enviando correos electrónicos. Haciendo lo que me habían dicho que hiciera, como de costumbre. Suspiré y me froté las sienes, tenía un dolor de cabeza terrible. Oí sonar mi teléfono y gemí. —Hola, le habla Patricia, ¿en qué puedo ayudarle?—, pregunté con total profesionalidad. —Patricia, soy Marisol, ¿sabes dónde está el Poppi de Marcus?—, preguntó con voz nerviosa. —No, pero ¿les has preguntado a las niñas? Porque anoche se lo escondieron—, le expliqué. —Sí, y no saben dónde está, incluso ayudaron a buscarlo—, dijo con voz entrecortada, como si fuera a llorar. —No deja de decir que lo tiene mamá—, y oí sus gritos de fondo. —Vale, espera, voy a ver si está aquí, pero estoy segura que lo tenía esta mañana—, dije mientras rebuscaba en mi bolso y allí vi al osito azul conocido como Poppi. Suspiré. —Vale, lo tengo. Si quieres ven a recogerlo, te lo llevaré, solo tienes que llamarme—, le dije, y ella rápidamente dijo que sí y colgó. Miré el reloj y vi que eran las 1:30. Dios mío, aún me quedaban casi dos horas. Seguí trabajando hasta las dos, cuando Marisol llamó para decir que estaba abajo. —Señor Guzmán, necesito bajar unos minutos, ¿le parece bien?—, le pregunté. —Sí, está bien. Colgué rápidamente y corrí hacia el ascensor. Cuando finalmente llegué al vestíbulo, vi a una agotada Marisol, a Samantha, que estaba caminando mientras se chupaba el dedo, a Marcus, que abrazaba las piernas de Valeria mientras ella le frotaba la espalda, y a Daniela, que se aferraba a las piernas de Marisol y también se chupaba el dedo. Cuando Marisol me vio, me dedicó la sonrisa más grande que jamás había visto. Daniela me vio y corrió hacia mí con los brazos en alto, así que rápidamente la cogí en brazos y la senté en mi cadera. Entonces Marcus me vio y corrió hacia mí con la cara roja como un tomate y las lágrimas aún cayéndole por las mejillas. —Mamá—, gimió, así que rápidamente le di su osito. Después de eso, mantuvo las manos en alto, así que lo levanté y lo senté en mi otra cadera, donde apoyó su rostro lleno de lágrimas en mi cuello. —Marisol, pareces tan cansada, lo siento mucho—, me disculpé por mis hijos. —No pasa nada, es que hoy estaban muy inquietos, especialmente Daniela—, explicó. —¿Qué tal el colegio, Valeria?—, le pregunté. Valeria va al jardín de infancia medio día. —Aprendimos los colores y las letras—, me dijo. —Qué bien. Hablamos un par de minutos más antes de que tuviera que volver arriba. Dejé a Marcus en el suelo e intenté darle a Daniela a Marisol, pero ella me agarró de los hombros y gritó que no. Finalmente, conseguí sacarla de allí y ponerla en brazos de Marisol, pero empezó a gritar y a llamar a su madre por todo el vestíbulo. Al sentir la angustia de su hermana, Samantha también empezó a llorar y se agarró a las piernas de Valeria. Después de unos cinco minutos así, me acerqué a Daniela, decidiendo que no quería seguir montando una escena en el vestíbulo. Cogí a Daniela de los brazos de Marisol y la senté en mi cadera, donde ella me rodeó el cuello con los brazos y enterró la cara en mi cuello. Luego cogí a Samantha de Valeria y la senté también en mi cadera. —Marisol, tómate el resto del día libre, yo me encargo—, le dije. —¿Estás segura?—, preguntó ella vacilante, y yo asentí. —Mi jefe me va a odiar—, le dije, y ella se rió. Nos despedimos de Marisol y nos dirigimos al ascensor, yo con Samantha y Daniela en brazos y Valeria cogida de la mano de Marcus. —Valeria, ¿puedes pulsar el botón de subir, por favor?—, le pedí, y ella lo hizo inmediatamente. Una vez dentro del ascensor, le dije que pulsara el botón del piso 27. Cuando llegamos a la planta, dejé a Samantha en el suelo y ella se fue y cogió a Valeria de la mano. Cuando cruzamos la planta, todos mis compañeros de trabajo me miraron. Yo solo sonreí y caminé hacia mi escritorio, les dije que se quedaran allí y luego fui a la sala de reuniones, cogí cuatro sillas y las llevé a mi escritorio, porque no estaba en un cubículo, así que tenía mucho espacio. —Ahora tienen que estar un poco callados, porque mamá está intentando trabajar y hay otras personas trabajando—, les dije. Todos me hicieron un gesto tierno con la cabeza y se sentaron en las sillas. Trabajé durante diez minutos más antes de que sonara mi teléfono. Estaba a punto de cogerlo cuando Daniela corrió y lo cogió. —Hola—, dijo con su vocecita de bebé. Rápidamente se lo quité y ella empezó a llorar, así que la cogí en brazos y la senté en mi regazo. —Hola...—, apenas pude decir. —Patricia, ¿por qué ha contestado una niña al teléfono? Sabes qué, voy a ir allí—, dijo y colgó rápidamente. Yo gemí. Apareció en mi escritorio en dos minutos mirándome con ira. —¿Quiénes son estos niños?—, preguntó con aspecto furioso. —Son mis hijos y no dejaban de llorar cuando bajé antes, así que decidí traerlos conmigo, ya que solo me queda una hora de trabajo—, le expliqué. —No sabía que tuvieras hijos, pero da igual, ya no me importa, pero te necesito en mi oficina—, dijo con un suspiro. —Lo siento, pero no puedo, porque si lo hiciera, pondrían la oficina patas arriba—, le dije. Pensé que se enfadaría, pero me sorprendió: fue a la sala de reuniones, cogió una silla, la trajo a mi escritorio y empezó a explicarme las cosas. Sin embargo, algo me sorprendió aún más después de eso: Samantha se levantó, se acercó a Richard, se subió a su regazo y apoyó la cabeza en su hombro. —Samantha, no, ven aquí—, fui a cogerla, pero él levantó la mano. —No, está bien—, y yo me quedé mirándolo con asombro. Trabajamos durante la siguiente hora hasta que me dijo que podía irme a casa, así que rápidamente recogí todas mis cosas y les dije a los niños que se quedaran junto a mi escritorio mientras guardaba las sillas. Cuando volví, me acerqué a Samantha, que seguía sentada en el regazo de mi jefe, y la cogí, pero ella empezó a gritar y a agarrarse a sus brazos. —Samantha, vamos, tienes que soltarlo—, le dije, y ella negó con la cabeza. Richard se estiró y le soltó los brazos, pero le cogió la mano, y eso me encantó. —Lo siento mucho, normalmente no se comporta así—, me disculpé. —No pasa nada, parece una niña muy dulce—, y yo asentí. Una vez que tuve todas mis bolsas en los brazos junto con Samantha, le dije a Valeria que cogiera de la mano a Marcus y Daniela. Richard soltó la mano de Samantha y ella empezó a llorar más fuerte, así que la giré en mis brazos y ella enterró la cabeza en mi cuello. Parecía que todos mis hijos querían tener una crisis emocional hoy. Pasé rápidamente junto a Richard, pero Samantha levantó la cabeza de mi cuello. —Adiós—, dijo con la mano antes de volver a apoyar la cabeza en mi cuello. Se me partió el corazón. —Vale, vamos, chicos—, les dije mientras los acompañaba fuera y bajábamos al autobús. Otro día más y muchos más por delante.
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