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Los bebés perdidos del CEO

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Blurb

Patricia tiene 25 años, cuatro hijos pequeños y un secreto que la persigue: ninguno tiene padre. De día es una secretaria impecable; de noche, una madre agotada que vive por y para sus hijos. Todo está bajo control… hasta que su jefe, Richard Guzmán, entra en su vida de una forma que no estaba en los planes.

Entre jornadas imposibles, niños que reclaman amor y un jefe peligrosamente irresistible, Patricia se enfrenta a lo que más teme: desear algo más. Cuando una de sus hijas confunde a Richard con “papá”, las líneas entre trabajo, familia y deseo se rompen para siempre.

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Mi jefe es una tentación
PATRICIA El teléfono interno vibró antes de que pudiera terminar mi café. —Oficina del señor Guzmán —dije, profesional. —Hazlo pasar —respondió él—. Y ven tú también. Suspiré sin hacer ruido. Tomé la tableta, me acomodé la falda y acompañé al visitante hasta el despacho principal. El señor Park caminaba serio, con esa calma que solo tienen los hombres que están acostumbrados a negociar cifras grandes. Entramos. Yo me dirigí a mi silla habitual, junto al ventanal. Richard Guzmán no levantó la voz, pero siempre lograba llenar la habitación. No era solo su presencia, era la forma en que miraba, como si evaluara todo en segundos. Demasiado atractivo para alguien con tanto poder. Demasiado peligroso para pensamientos impropios en horario laboral. —Fernández —dijo sin mirarme—. Necesito que coordines un almuerzo con el señor Park. Mañana. Y deja espacio para una reunión después. —Claro —respondí, rápida—. Me encargo. —Eso es todo. Me levanté y salí sin perder el paso. No miré atrás. * RICHARD Observé su trasero mientras salía de la habitación. Era la secretaria más sexy que había tenido nunca, y eso es decir mucho, porque tengo al menos cinco secretarias nuevas al año. Patricia era diferente, con su piel perfectamente bronceada, sus hermosos ojos marrones y un cuerpo por el que moriría, y lo digo en serio. Tenía unos pechos bonitos y turgentes, una cintura diminuta que se ensanchaba en unas caderas y un trasero increíbles, y luego estaban sus piernas, que se extendían kilómetros y kilómetros, y me encantaría que me rodearan. Vaya, tranquilo, Richard. Me dije a mí mismo, tratando de calmar mi erección furiosa. Simplemente no se me bajaba. Genial, ahora tengo que volver a ocuparme de mí mismo, me dije a mi mismo mientras empezaba a desabrocharme los pantalones * PATRICIA Todavía me quedaba una hora más o menos, así que rápidamente programé una reunión y un almuerzo para el señor Guzmán. Me acerqué a su puerta y levanté la mano para llamar cuando oí gemidos y gruñidos procedentes del interior, y eran los sonidos más excitantes que jamás había oído. Aunque me hubiera encantado quedarme allí y escuchar, tenía un trabajo que hacer, así que llamé rápidamente. Al instante, los gemidos cesaron. Después de unos cinco minutos, finalmente me dijo que entrara. Así lo hice. Cuando entré, me di cuenta de que su cuerpo estaba tenso y que tenía la mano debajo del escritorio. —¿Qué puedo hacer por ti, Patricia?—, preguntó con aire nervioso. —He programado un almuerzo para usted mañana a las 12:30 y una reunión justo después, a la 1:30—, le dije. —De acuerdo, gracias—, dijo, y yo salí rápidamente. Trabajé otra media hora antes de empezar a recoger mis cosas para irme. Una vez que terminé, salí y me subí rápidamente al autobús que estaba a punto de partir. Tardé veinte minutos en llegar a mi destino y, cuando me bajé, todavía tuve que caminar dos manzanas. Cuando llegué a mi casa, subí por la acera y abrí la puerta. Al entrar, vi una masa de pelo rubio corriendo hacia mí. —Mamá. —Hola, Daniela—, dije cuando una de mis hijas pequeñas se acercó a mí. —La tía Marisol ha hecho galletas—, exclamó. La levanté y la senté en mi cadera. —¿De verdad? ¡Vaya!—, exclamé, haciendo que mi voz sonara más alegre de lo que estaba. Entré en la cocina y vi a Samantha, Marcus y Valeria sentados en la isla con la cara llena de harina. —Mamá—, gritaron todos al mismo tiempo. —Hola, pequeños—, les dije mientras me acercaba a cada uno de ellos y les daba un beso en la cabeza. —Bueno, chicos, hora del baño—, dijo mi mejor amiga Marisol al aparecer por la esquina. —Oh, Patricia, ya estás en casa—, dijo con una sonrisa culpable. —Sí, ¿y qué te he dicho sobre el azúcar?—, le dije acusadoramente. —Que no lo hiciera antes de cenar—, dijo mientras bajaba la mirada, pero aún con una sonrisa en la cara. —De todos modos, gracias por cuidarlos hoy. —Patricia, siempre que quieras, pero tengo que irme—, dijo mientras cogía su bolso. —¿Tienes una cita apasionada?—, le tomé el pelo. —Sí, con mi cóctel Cosmopolitan y mi baño de burbujas—, dijo antes de despedirse de todos nosotros a gritos. —Muy bien, príncipe y princesas, están muy sucios, al baño—, dije mientras dejaba a Daniela en el suelo. * La hora del baño consistió en los gritos de Marcus, porque odia bañarse, y en que Daniela y Samantha me salpicaran con agua después de ponerles los pañales. Los dejé jugar en su habitación. Así que ahora estaba allí sentada con Valeria en la bañera, lavándole el pelo. De todos mis hijos, ella era la única que se parecía a mí y actuaba como yo. Tenía el pelo castaño y los ojos marrones, y también tenía mi piel bronceada. Era una niña muy tranquila y tenía un instinto maternal hacia sus hermanos que me encantaba. —Mamá, te amo—, dijo mirándome. —Yo también te amo, cariño—, le respondí, y su mirada me encogió el corazón. Cuando terminó el baño, la dejé ir a vestirse porque, según ella, era “una niña mayor que podía vestirse sola” Cuando entré en la habitación de los trillizos, Marcus estaba llorando, mientras que Daniela y Samantha jugaban con muñecas Barbie y figuras de acción. Cuando Marcus me vio, corrió hacia mí y se abrazó a mis piernas. Rápidamente lo cogí en brazos. —Mamá—, solo decía eso cuando estaba cansado o molesto; el resto del tiempo me llamaba “mami”. Marcus no se parecía en nada a mí, con su pelo rubio y sus ojos azules. Tampoco actuaba como yo, era él mismo, como le gustaba decir. —¿Qué pasa, Marcus, osito?—, le pregunté mientras le besaba la mejilla y probaba sus lágrimas saladas. —Samantha— sollozó —y— sollozó —Daniela— sollozó —me quitaron— sollozó —mi— sollozó —Poppi— y con eso empezó a llorar. —¿Te quitaron tu Poppi?— Y él asintió. Su “Poppi” era su osito de peluche que tenía desde que nació, se lo había regalado mi madre. —Chicas, vengan aquí—, les dije con mi voz de madre severa. Se levantaron rápidamente y se pusieron delante de mí. Marcus seguía llorando en mi cuello. —Sí, mami—, respondieron con sus dulces vocecitas. —¿Dónde está el Poppi de su hermano?—, les pregunté mirándolas fijamente. —Lo escondimos porque Marcus ya es demasiado mayor para él—, me dijo Samantha. —¿Ah, sí? ¿Y qué hay de tu mantita, Samantha, y tu perrito, Daniela?—les pregunté. —Bueno, ellos son especiales para nosotros—, me dijo Daniela. —Bueno, el osito es especial para Marcus—, les dije, y ellas bajaron la mirada. —Lo sentimos—, me dijeron. —No me pidan perdón—, les dije. —Lo sentimos, Marcus. —Ahora vayan a buscar su osito—, les dije con severidad, y Samantha salió de la habitación y regresó unos minutos más tarde con el osito azul de Marcus. Me lo entregó rápidamente y yo se lo di a Marcus, que lo cogió enseguida. Samantha y Daniela tampoco se parecían en nada a mí, pero se parecían entre sí: ambas tenían el pelo rubio oscuro y los ojos marrones. Samantha tendía a ser más extrovertida que Daniela. Estaba a punto de dejarlo en el suelo cuando empezó a llorar más fuerte y me abrazó con fuerza. Así que lo abracé y salí de su habitación. Valeria salió de su habitación en el mismo momento en que yo salía de la habitación de los trillizos. Valeria vio la angustia de su hermano y corrió hacia él. —Marcus, ¿qué te pasa, cariño?—, le preguntó con tono preocupado. Yo simplemente la cogí de la mano y bajé las escaleras hasta el salón. Valeria se sentó a mi lado y le acarició la espalda. —¿Qué te pasa, cariño? Ya tienes a tu Poppi de vuelta—, le pregunté, y él apartó la cara de mi cuello y me miró con sus grandes ojos azules. —Te echaba de menos, mamá—, dijo, y entonces las lágrimas comenzaron a correr por su rostro. Sentí como si mi corazón se partiera en dos. Me sentí como una madre terrible. Contuve las lágrimas. —Mamá también te echaba de menos—, le dije y empecé a mecerlo. —Valeria, cariño, ¿puedes traer a tus hermanas aquí para que pueda vigilarlas?—, le pedí. —Por supuesto, mamá—, respondió ella. A veces me parecía que actuaba como si fuera mayor de lo que era, pero la quería. Volvió cinco minutos más tarde con dos niñas pequeñas muy inquietas que, en cuanto me vieron, le soltaron la mano y corrieron hacia mí. Rápidamente se subieron al sofá y se acurrucaron a mi lado. —Valeria, ven aquí—, le dije, y ella saltó al sofá, se acercó mucho a Daniela y yo le acaricié el pelo. —Gracias por ayudarme hoy—, le dije. —De nada, mamá, te amo. —Yo también te amo, pequeña—, le sonreí. * Después de que todos cenaran y les diera otro baño, ya que se habían ensuciado durante la cena, por fin llegó la hora de acostarse. ¡Aleluya! Una vez que los acosté a todos, me duché y me preparé para irme a la cama. Estaba agotada por mis hijos y por el trabajo, me estaba matando. Me acosté, cerré los ojos y me quedé dormida rápidamente pensando en mi jefe, que era tan atractivo que daba ganas de comérselo y lo peor es que esa tentación la miraba a diario.

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