Terroncito de azúcar

1272 Words
PATRICIA A la mañana siguiente me desperté con Samantha acurrucada en mi pecho. Estaba tan linda que me quedé mirándola y acariciándole el pelo con la mano. Hasta que se despertó rápidamente, saltó de encima de mí y corrió al baño. Yo solo me reí. Durante los últimos meses, había estado intentando enseñar a los trillizos a ir al baño. Samantha y Daniela lo estaban haciendo bien, pero Marcus se negaba. Cuando volvió, le dije que fuera a despertar a su hermana y a su hermano y que yo despertaría a Valeria. Ella rápidamente me hizo un saludo, algo que había aprendido en la televisión. Una vez que todos bajamos, preparé rápidamente unos panqueques, les eché sirope y les serví fruta fresca. Media hora más tarde, Marisol entró, se detuvo ante el plato de Daniela y le robó un trozo de panqueque y una fresa. —¡Oye, mamá, me ha quitado la comida!—, me gritó Daniela. Cogí unos panqueques y unas fresas de mi plato y se los puse en el suyo, y ella sonrió y volvió a comer felizmente. —Qué niña tan susceptible—, murmuró Marisol mientras comía su tortita. —Necesitarán un baño después del desayuno, porque el sirope no es para niños—, le dije, y ella gruñó, pero asintió con la cabeza. Odiaba bañar a los niños porque la empapaban de agua. —Samantha, ¿has terminado?—, le dije mirándola con la cara cubierta de sirope, y ella me dedicó una amplia sonrisa y asintió con la cabeza. La llamé para que se acercara al lavamanos, cogí una toalla de mano y le lavé la cara. —¿No iba a bañarlos yo?—, preguntó Marisol con cara de desconcierto. —Sí, pero hoy me voy a llevar a Samantha al trabajo—, le dije. —No, no te hagas esto, Patricia—, dijo refiriéndose a la conversación de la noche anterior. —Tengo que hacerlo, Marisol, no tengo más remedio—, le dije disculpándome. Ella suspiró y dijo que estaba bien, aunque sabía que no estaba de acuerdo. —Muy bien, bebés, mamá tiene que irse—, les dije mientras me acercaba a Daniela, Marcus y Valeria. Todos dijeron al unísono: “Adiós, mamá” Cogí a Samantha de la mano y me dirigí a la puerta. Me puse un cárdigan ligero y luego le puse a Samantha una chaqueta un poco más gruesa, porque estábamos a mediados de otoño y hacía un poco de frío. —Por cierto, Marisol, no te olvides de enseñarles a ir al baño. Sé que les dejas hacer en los pañales y no me gusta—, la regañé desde la puerta. —Pero es asqueroso porque dicen que tengo que limpiarlos y vaciar ese pequeño orinal—, dijo ella con tono de asco. —Qué pena—, respondí. Luego salí por la puerta. Rápidamente senté a Samantha en su asiento elevador y le abroché el cinturón, luego me senté en el asiento del conductor, arranqué el coche y salí. Mientras conducía, Samantha balbuceaba sola con su mantita y su muñeca de la princesa Ariel. * Cuando llegamos al edificio, entré en el aparcamiento y, después de aparcar, salí y le desabroché el cinturón de seguridad a Samantha. Fui a bajarla, pero se agarró más a mis hombros, así que la llevé en brazos. Era un poco difícil llevar a Samantha, mi bolso del trabajo y su bolso de pañales, pero lo conseguí. Llegué diez minutos tarde a mi escritorio. Mis compañeros de trabajo se quedaron mirándome cuando entré con una niña pequeña en brazos. Dejé mis cosas en el escritorio y me dirigí a la oficina de Richard con Samantha todavía en brazos. Entré sin llamar y pronto me arrepentí. Lo que vi fue a Richard y a una mujer rubia a pocos centímetros de distancia, como si fueran a atacarse mutuamente. Rápidamente le tapé los ojos a Samantha. —Oh, lo siento—, me disculpé. —No pasa nada—, dijo la mujer misteriosa, y Richard se limitó a mirarla. —Me voy...—, dije, sin terminar la frase. —Richard, ¿es esta la mujer de la que hablas? Debo decir que es muy guapa—, dijo, sonriendo a Richard. —Irlanda, cállate—, exclamó él, y yo me sonrojé. —Siento no haberme presentado. Soy Irlanda, la hermana menor de Richard—, dijo, extendiendo la mano para que se la estrechara. —Hola, soy Patricia, la secretaria del señor Guzmán—, dije, quitando la mano de los ojos de Samantha. Estaba a punto de estrechar la mano de Irlanda cuando Samantha empezó a retorcerse. —¡PAPÁ!—, gritó, y yo me quedé paralizada. Empezó a lloriqueando, tratando de escapar de mis brazos, así que rápidamente la bajé y ella corrió tan rápido como pudo hacia Richard. Él se agachó para recogerla, pero fue como un movimiento de robot. —¿Papá? Rayos, Richard, por favor, dime que no la has dejado embarazada. ¡Maldita sea!—, exclamó Irlanda. —No, no, ella es mía y además tengo tres más en casa—, le dije, y ella me miró con la boca abierta. —Más poder para ti, chica. Pero veo que hay que explicar algunas cosas aquí, así que me voy. Adiós, Richard, adiós, Patricia—, y se marchó como si la persiguiera un monstruo. Me volví hacia Richard, que me miraba fijamente mientras Samantha jugaba con su nariz y su cara. Mientras hablaba con él, ella se inclinó y le besó en la mejilla, luego apoyó la cabeza en su hombro y le dio besos de mariposa en el cuello. —¿Papá?—, susurró él. —Lo siento muchísimo, después de conocerte ayer, no paraba de llorar por papá y tuve que comprobar la teoría de que estaba hablando de ti y se confirmó. Aunque hubiera preferido que no fuera delante de tu hermana, pero a caballo regalado no le mires el diente—, dije encogiéndome de hombros. —No, no te disculpes, no se puede deshacer y estoy perfectamente feliz de ser su papá—, dijo con un brillo en los ojos. Estaba más que sorprendida, pero algo me decía que había estado rodeado de niños o que era padre. —¿De verdad? No tienes por qué, ella estará bien—, le dije, y él solo negó con la cabeza. —Todos mis hijos son muy cariñosos con su madre, pero ella no, siempre está sola, pero no digo que no me quiera, es solo que nunca ha sido tan cercana a mí y ahora creo que si tuviera un papá, sería una niña de papá—, le dije, pero mirando al suelo, sintiéndome avergonzada. Se acercó, me cogió la barbilla con los dedos y me miró a los ojos. —No te sientas avergonzada por tu vida, es el pasado y no puedes cambiarlo, pero míralo de esta manera: has tenido cuatro preciosos bebés—, dijo y me soltó la barbilla. Durante el resto del día, Samantha corrió entre mi escritorio y la oficina de Richard, porque él le había dejado la puerta abierta. Al final del día, entré para recoger a Samantha y la vi sentada en el regazo de Richard mientras él trabajaba y hablaba con ella, pero él levantaba la cabeza, sonreía y le hablaba de vez en cuando. Mi corazón se derritió ante esa escena y realmente quería saber cómo era ese padre tan increíble.
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