PATRICIA Después de que los niños se levantaran de la siesta, Irlanda decidió llevarlos a la piscina para, como ella dijo, “bailar el tango sin que los pequeños oídos escucharan”. Me reí y le di las gracias. Ahora estaba sentada en el borde de la cama del hotel, envuelta en las sábanas y con la cabeza entre las manos, avergonzada. —Patricia, cariño, no pasa nada—, dijo Richard, acercándose por detrás y rodeándome con sus brazos. —¡No, sí que pasa, estoy muy avergonzada!—, murmuré entre mis manos. —Lo intentamos y acabaste cayéndote sobre mi cuello y casi matándome—, se rió, y yo me giré y le di un puñetazo en el hombro. —¡Para, idiota!—, grité, y él se inclinó hacia delante y me besó en la mejilla. —Te amo, cariño—, me susurró al oído. —Yo también te amo y siento haber estado a pun

