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El silencio de la esposa Elegante

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"Ella le entregó su lealtad y sus secretos; él le dio su indiferencia y un lugar en el olvido. Ahora, las reglas han cambiado. Elena no busca venganza, busca su propia vida, y Damián está a punto de descubrir que no hay nada más peligroso que una mujer que ha dejado de amar en silencio."

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Capítulo 1: El inventario del olvido
El reloj de pared de la sala principal marcaba las diez de la noche con un tictac que, en el silencio absoluto de la mansión Vieri, sonaba como un martillo golpeando un clavo. Elena ajustó por tercera vez los cubiertos de plata sobre la mesa. No lo hacía por nerviosismo, sino por una precisión casi quirúrgica. Todo estaba impecable: las orquídeas blancas que a él le gustaban, el vino que habían servido el día de su boda y una cena que se enfriaba bajo campanas de cristal. Elena vestía un traje de seda color champagne que resaltaba su elegancia natural. Se miró en el reflejo de la cristalería. Sus ojos estaban tranquilos, una calma que solo se alcanza después de haber pasado por todas las etapas del desengaño. Ella sabía perfectamente por qué estaba allí. Hace tres años, sus familias habían sellado un pacto comercial bajo la apariencia de un matrimonio. Para los Vieri, Elena era la pieza que garantizaba la fusión con las tierras y el prestigio de su linaje; para Damián, ella era la "esposa de catálogo" que su padre le impuso en su lecho de muerte. Él nunca tuvo elección, y se había encargado de recordárselo con cada gramo de su indiferencia. Cuando finalmente escuchó el código de seguridad de la puerta principal, Elena no se levantó. Escuchó el sonido metálico de las llaves y el paso rápido de Damián. Damián entró al comedor con el teléfono pegado a la oreja. —No me importa el margen de pérdida, Marcos. Si la constructora rival pone un pie en esa licitación, quiero sus registros financieros sobre mi escritorio antes del amanecer. —Colgó sin despedirse y finalmente notó la mesa puesta. Se detuvo, soltando un suspiro de molestia—. Elena. ¿Qué es esto? —Es 22 de abril, Damián —respondió ella, manteniendo la voz nivelada—. Tres años desde que firmamos aquel contrato que tú llamas matrimonio. Damián se quedó estático un segundo. Sus ojos grises, usualmente rápidos, recorrieron la mesa con un desconcierto que pronto se transformó en frialdad. —Maldita sea. La crisis con los inversores me ha tenido fuera de juego toda la semana. No deberías haberme esperado. —Siempre hay una crisis, ¿verdad? —Elena soltó una pequeña risa seca—. O una visita a Valeria. El nombre de Valeria flotó en el aire como un veneno familiar. Damián tensó la mandíbula. Valeria no era solo una amiga; era la mujer que, según él recordaba, lo había sacado de un coche en llamas cuando eran adolescentes mientras Elena, supuestamente, estaba a salvo en su internado suizo. Valeria era su "salvadora", su primer amor, la única persona a la que él permitía ver su vulnerabilidad. A Elena, en cambio, solo le entregaba su apellido y sus silencios. —No metas a Valeria en esto —masculló él, sirviéndose un whisky—. Ella ha tenido una semana difícil. Su salud es frágil desde el accidente, lo sabes. No todos tienen tu fortaleza de hielo, Elena. —Mi "fortaleza de hielo" es lo que mantiene esta casa en pie mientras tú buscas calidez en los brazos de una mentira —replicó ella, poniéndose de pie. Elena caminó hacia una de las gavetas del trinchador y la abrió. Damián se acercó, esperando ver un reproche físico. En su lugar, vio una caja de madera oscura llena de sobres y cajas de regalo aún envueltas. —Este es el regalo de este año. Una pluma de edición limitada —dijo ella, señalando luego el resto de los objetos—. Aquella es la corbata del primer año. El reloj del segundo. Las tarjetas que nunca abriste. Damián frunció el ceño, confundido. —¿Por qué están ahí? —Porque nunca estuviste aquí para recibirlos. Te casaste conmigo por deber, Damián. Me aceptaste como quien acepta una cláusula molesta en un contrato millonario. Y he aprendido a vivir con eso. Me compro el regalo, lo envuelvo, espero a que lo olvides y luego lo guardo en mi inventario de ausencias. Por primera vez, el silencio se volvió pesado para Damián. Intentó decir algo sobre el deber y la gratitud que le debía a Valeria, pero Elena ya estaba recogiendo su plato. —Cena si quieres. Yo me voy a descansar. Tengo un día importante mañana y, a diferencia de ti, no puedo permitirme olvidar mis compromisos. Damián se quedó solo, con el vaso de whisky y el peso de esa caja. Justo entonces, su teléfono vibró. Un mensaje de Valeria: “¿Llegaste bien? Me quedé preocupada por tu cansancio. Eres mi héroe, Damián”. Él bloqueó la pantalla, pero por primera vez, las palabras de Valeria no le dieron la paz de siempre. Miró la pluma sobre la mesa, el regalo de la mujer que "no sentía nada", y sintió una inquietud minúscula. Elena nunca se quejaba, nunca lloraba. Y ese era el problema: una mujer que no reclama es una mujer que ya tiene un pie fuera de la puerta.

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