Después de un par de horas y de varios cambios de autos, nos detuvimos frente a una gran mansión, todo en ella gritaba lujo desde el exterior y estoy segura de que por dentro esa exactamente igual.
Me bajaron del auto de un empujón, Zar ladro y bajo detrás de mí, se sentó paciente a mi lado, de la gran casa, salió un hombre en sus cincuenta, no era feo o gordo como la mayoría de los ancianos, este tenía un cuerpo escultural, algunas arrugas y su cabelle todo blanco por las canas, pero su sonrisa irradiaba un aire escalofriante, incluso para alguien como yo.
— Pero si es la hija favorita de Sokolov.
— Vete a la puta mierda anciano
— Que acaso tu padre no te enseño buenos modales señorita?... Tienes que saludar respetuosamente a tus mayores.
— Maldito viejo de la mierda, mi padre si me enseño algo y eso fue... matar a viejos verdes y asquerosos como tú.
— Que boca tan sucia, no te preocupes yo te la lavare muy bien.
Lo mire y sentía asco de él, no sabía quién putas era, pero conociendo quienes me habían traído a este lugar podría suponer que este anciano era nada más ni nada menos que El Rey, uno de los mafiosos más buscados en toda Rusia, sospechoso de múltiples cargos de asesinato, tortura, espionaje, mercado de carne con fines indefinidos, drogas y armas, también culpable de actos terrorista en contra de la nación rusa, enemigo jurado de los italianos, otros mafiosos que lideran Italia, aunque eso ya no entra en mi campo, pero si se mucho de ellos.
— Llévenla a una habitación especial... y maten a ese perro.
— NOOO!! — grite farseando, ese perro era mi todo, si lo pierdo me moriría en vida.
Veo como le apuntan y mi corazón se detiene, no, no, no, no, el mundo empieza a girar de forma lenta, mientras me arrastra y Zar se queda viendo, hay sentada como el buen chico que es, siento mis lágrimas manchar mis mejillas cuando el disparo se escucha en el aire, mi cuerpo se siente de gelatina, ellos al parecer lo sienten porque su agarre se afloja un poco, lo que aprovecho para soltarme y correr hacia el cuerpo de Zar, sus ojitos me enfocan y veo como intenta ir a mi lugar.
— No bebe tranquilo, mami está aquí — digo abrazándolo, siento su lengua pasar por mi cuello y mejilla, sus patitas moverse un poco por mi pierna.
Los muy malditos le dispararon en el torso para que muriera lentamente, lo están haciendo sufrir, mis lagrimas caen mojando su pelaje, no había llorado desde los diez años, mi bebe, mi precioso bebe, no tuvo que venir conmigo, tuve que dejarlo con papa, él lo hubiera cuidado, como todos los del escuadrón.
— Bebe no llores mami te ama y te cuida siempre — Lo acaricie lentamente mientras veía como sus ojos se iban hacia arriba, su cuerpo se desinflaba, y la vida se escaba con un último suspiro, el nudo en mi garganta se agrando, mis ojos ardían, sentía que todo lo que amaba se me había sido arrebatado, no lo pude cuidar, él era todo mi mundo, me lo dio la persona más importante en mi mundo, persona que ya no está a mi lado.
— Bebe — susurre — NO, NO, NO, ¡NO!... BEBE... ZAR DESPIERTA POR FAVOR, no dejes a mami.
Sentí como me levantaban y arrastraban, forcejé, no podían separarme de mi bebe, tenía que quedarme a su lado, el me necesitaba, él era mi mundo entero y me necesitaba... yo lo necesitaba a él.
Fui encerrada en una habitación, fría, había una cama con un colchón de paja, y eran todo barrotes de metal, la habitación olía a moho, vi mis manos, estaba toda llena de sangre, incluso mi ropa, mi mundo acababa de desmoronarse, como si todo se hubiera ido a la mierda, tengo una familia que nunca fue una familia, y su único acto de amor hacia mí fue darme a ese perro, y ahora no lo tenía, no tenía nada...
Mi mundo acaba de perder todo sentido.
No sentía frio, no sentía dolor, ya no sentía nada, solo un vacío inmenso que me apretaba el pecho, haciéndome difícil retener el aire en mis pulmones, solo podía ver la sangre en mis manos, porque no era la mía, no era la de algún enemigo, era la de Zar, Mi Zar, Mi todo.
Mi cuerpo tembló, sentí la bilis subir por mi garganta, pero no vomite, no podía permitirme romperme, no aún.
No ahora que no quedaba nadie para recoger los pedazos, no ahora que nadie podía ayudarme.
Las sensaciones en mi cuerpo me resultaron tan familiares, que era tan aterrador, me recordaban tanto a mi infancia.
Porque todo empezó yo siendo una niña, yo tenía seis años, solo seis, cuando estaba sola en mi habitación, escuchando como mama peleaba con papa, mi corazón se estrujaba, mi pecho se oprimía y mi respiración se cortaba, como si algo me aplastara hasta el alma, muchas veces terminaba en un hospital por la falta de aire, fue cuando me diagnosticaron depresión infantil y ansiedad.
Mama como una medida consolarme me dio a Kiska, una bolita de pelo blanco con orejas largas y ojos grandes, un conejito. Pequeño, frágil, asustadizo, justo como yo.
Lo sostuve entre mis manos y sentí cómo su corazón latía con rapidez, me sentí responsable de su vida, de cuidarlo, de protegerlo, y en ese instante, por primera vez en mi corta existencia, sentí que tenía un propósito.
Pero papa nunca entendió razones.
Solo era una niña cuando papa me destruyo por primera vez, aunque no por ultima.
Estábamos en la sala.
Papá había llegado furioso, con la mandíbula tensa y las manos crispadas en puños, su misión había fallado, Otra vez, se le notaba en la mirada oscura, en la forma en que arrojó su abrigo sobre el sofá sin siquiera mirarnos, papa luchaba por subir de rango, pero gracias a un mafioso que siempre lo hacía ver como un ridículo no lo lograba.
Mamá estaba de pie, con los brazos cruzados, esperándolo, nunca perdía la oportunidad de recordarle lo que pensaba de él, un matrimonio por conveniencia que destruyo a más que a ellos dos.
—Eres un inútil —espetó, con la voz afilada como un cuchillo— No sirves como hombre, no sirves como padre, y mucho menos como policía, no sé cómo esperas que alguien te respete cuando no puedes hacer bien tu trabajo, solo eres una vergüenza, como pudo mi padre casarme con alguien tan inservible como tú.
Papá apretó los dientes, sin responder, se notaba que no quería cometer ninguna desfachatez, pero mamá nunca sabía cuándo parar, y ese siempre fue su peor error.
—Mírate, das pena, fracasaste otra vez, quizás si dejaras de ser tan incompetente…
—Cállate.
—¿Y si no quiero? ¿Vas a hacer algo?, o acaso se te vas a poner los pantalones de macho y me vas a pegar?, Porque hasta ahora, lo único que haces es venir aquí a hacerte la víctima, a esperar que te tengamos lástima, pero no la mereces, eres un estorbo, ni tu hija es capaz de invitarte a sus funciones de válete, porque le das vergüenza.
Quise protestar, eso no era cierto, yo siempre tenía su invitación guardada, pero sabía que papa siempre estaba muy ocupado, y nunca me animaba a decirle, porque mama siempre me lo decía Tu padre es un incompetente que siempre está ocupado y si yo no tengo tiempo para ir el mucho menos, ella siempre rompía la invitación en mi rostro y mandaba a las sirvientas a limpiar los pedazos del suelo y botarlos, quise decirle la verdad a papa, pero no pude mi voz no salió.
Vi cómo el tic en su mandíbula se acentuó.
Algo en él se rompió.
Papá metió la mano en su chaqueta y sacó su arma.
No me dio tiempo de reaccionar e irme con Kiska.
El disparo retumbó en las paredes, un rugido de pura furia.
Un segundo ante, mamá todavía estaba insultándolo, un segundo después, todo quedó en silencio.
Sentí a Kiska estremecerse en mis brazos, su pequeño cuerpecito tembló, y luego, se quedó quieto.
No entendí al principio.
No quería entender.
Miré a papá con los ojos muy abiertos, Él no me miró a mí, solo guardó el arma y se pasó la mano por el cabello, como si con eso pudiera calmarse, como si nada hubiera pasado.
Mamá ni siquiera parpadeó, solo resopló, cruzándose de brazos.
Yo bajé la vista a Kiska, no se movía.
—Kiska… —susurré, sacudiéndolo con cuidado, demasiado cuidado, como si con suficiente suavidad pudiera traerlo de vuelta.
Pero su cuerpo ya no tenía calor.
Papá finalmente me dirigió la mirada, pero no hubo arrepentimiento en sus ojos, solo impaciencia.
—Tienes que aprender a ser fuerte.
Nada más.
Como si no acabara de arrancarme lo único bueno que tenía.
Aprender a ser fuerte.
Las palabras se sintieron como una sentencia, como un veneno que se filtró en mis huesos y me dejó vacía por dentro.
Me tragué las lágrimas.
Me tragué el dolor.
Me tragué las palabras que quería gritarles a ambos.
Esa noche, entendí que nadie vendría a salvarme.
Me encerré en mi habitación con Kiska en mis brazos hasta que su cuerpo se enfrió y se volvió rígido, hasta que no quedó más remedio que aceptar que se había ido.
No recuerdo cuando empecé a llorar, pero sí recuerdo que fue en silencio, siempre en silencio.
Hasta que la puerta se abrió.
Zarevich entró, no dijo nada, no preguntó nada, solo se sentó en el suelo y me abrazó.
Yo me aferré a él, temblando, ahogando sollozos en su camisa.
Él siempre entendía.
Él siempre estaba ahí.
Desde entonces deje de llamarle papa, y usaba honoríficos para referirme a él o a mi madre, aquella mujer que solo me uso para sacar de quicio a mi padre.
Años después, cuando entré a la unidad, me dio un cachorro de pastor alemán, no entendía, había tratado de mantenerme alejada de los animales casi toda mi vida luego de eso y la venia y me daba un ¿perro?
Me lo puso en los brazos con una sonrisa cansada y dijo
—Para que no te sientas sola.
Y por un tiempo, funcionó.
Hasta que lo mataron.
Zarevich murió en una misión. no hubo funeral, no hubo palabras, no hubo luto.
Papá ni siquiera pestañeó. Solo siguió con su vida, como si nada, como si mi hermano nunca hubiera existido.
Como si yo no existiera.
Me ahogué en mi propio dolor, en la sombra de lo que quedaba de mí.
Si no hubiera sido por Zar, yo habría seguido a Zarevich.
Pero ahora Zar también se había ido.
No quedaba nada.
No quedaba nadie.
Mi respiración se volvió errática. Sentía el eco de mis propios latidos en los oídos, vacío, un vacío tan grande que me tragaba desde adentro, que me reducía a nada, que me hacía querer arrancarme la piel para ver si aún había algo vivo debajo.
No quería estar aquí.
No quería existir en un mundo donde todo lo que amaba terminaba muriendo en mis brazos.
Me aferré a mis rodillas y presioné mi frente contra ellas, tratando de contener la ola de desesperación que me sacudía.
Aprender a ser fuerte.
Esa maldita frase.
Ese maldito veneno que me habían obligado a tragar desde niña.
¿De qué servía ser fuerte si igual terminaba rota y sola?
Me quedé allí, en aquella habitación húmeda y oscura, con el peso de los muertos aplastándome el pecho.
Sintiéndome exactamente igual que Kiska, la noche en que su corazón se detuvo.
Muerta.
Solo que aún respiraba.
Por ahora.