—Anda, Enzo, no es tan mala idea —lo llamé mientras él seguía avanzando. Siempre era más rápido que yo, pero cuando intentó apartarse de mi camino, se movió aún con más agilidad. —Ni lo sueñes —respondió con firmeza mientras se dirigía hacia el jardín. —¿Por qué no? —pregunté, acelerando un poco el paso para alcanzarlo. Parecía que estábamos en una especie de persecución dentro de nuestra propia casa. Podría ser muy terca, pero Enzo me igualaba en testarudez al ciento por ciento. En lugar de sentarnos a hablar tranquilamente en algún cuarto, nuestra conversación se convirtió en una especie de carrera ligera. El ejercicio nunca hacía mal, pero hablar mientras corría me dejaba completamente sin aliento. Enzo aflojó un poco el paso, así que aproveché la oportunidad y corrí hacia él por de

